Otras miradas

'Todo a la vez en todas partes' y sobre todo en el Parlamento

Guillermo Zapata

Un instante de la película 'Todo a la vez en todas partes'

Los Daniels (Dan Kwan y Daniel Scheinert) son una pareja creativa que ha dirigido dos películas. La primera, Swiss Army Men, partía de una premisa muy original que incluía un cadáver interpretado por Daniel Radcliffe que recupera la capacidad del habla a través de los procesos de descomposición de su cuerpo y sirve de terapia y doble amistoso de un joven creativo-pero-introvertido interpretado por Paul Dano. Es una pena que la premisa de partida acabara por acercarse peligrosamente a ese territorio en el que "lo hipster" y "lo incel" comparten senda.

Su segunda película, estrenada este mismo año, se llama Todo a la vez en todas partes (Everything, Everywhere, All At Once, es su título original) y es, además de un salto de madurez impresionante, la película que mejor captura el estado de cosas presente y las mareas de fondo del mismo. La película, protagonizada por Michelle Yeoh y Jamie Lee Curtis, cuenta la historia de una mujer chino-estadounidense que tiene una lavandería y problemas con hacienda, que quiere cerrar su negocio. La cosa es que, además de eso, es una guerrera multiversal que existe en una infinidad de realidades paralelas con diversas (o enormes) variaciones en relación a la nuestra y que puede coger habilidades de cualquier de sus "yos" de esos mundos para ayudarla a pelear en su realidad -la nuestra- y evitar que el universo tal y cómo lo conocemos se descomponga. Este es un resumen somero de la coctelera emocional de la película más 2022 de todo 2022, que incorpora además un discurso sobre los cuidados, el arraigo y la empatía como la fuerza esencial para luchar contra la extrema derecha, la uniformidad y el miedo al futuro. Todo a la vez en todas partes es antifascismo del siglo XXI.

La película consigue producir la sensación que engalana su título y que domina nuestro presente: la idea de que todos los lugares y todos los momentos están volcándose encima de nuestro "aquí y ahora". Las redes sociales intensifican esa sensación con unos "timelines" acelerados algorítmicamente para producir mayor enganche y una sensación de irrealidad permanente que mezcla en el mismo minuto un video de un perro mono, bombas en Ucrania, la última polémica política, una canción nueva que ha salido y lo que resulta estar haciendo un compañero de trabajo. Todos esos universos aparecen a la vez y desaparecen con la misma velocidad. La película, sin embargo, no toma una posición reactiva ante esta realidad, sino que parte de ella para pensar la potencia del presente. No la vuelta a una falso pasado mejor puro y analógico, sino la mezcla entre ese torrente de realidades dispersas y nuestra capacidad para conocer el mundo, disponer de mayores herramientas y volcarlas en construir relaciones que permitan mayor bienestar colectivo y supervivencia.

El Congreso de los Diputados lleva siendo noticia desde hace ya casi dos semanas y lo que parecía un debate sobre el papel que una extrema derecha en sus horas más bajas estaba tomando en la política parlamentaria  se ha convertido, a través de la figura de Meritxell Batet, en un debate sobre el gusto en el lenguaje. El planteamiento de Batet se relaciona con Todo a la Vez en Todas Partes imaginando que el Parlamento es el ágora dOnde diferentes realidades se juntan a llegar a acuerdos y el lenguaje debe pulirse hasta ser reconocible por todas esas realidades vengan de la realidad paralela que vengan. Así, a través de una neutralización del conflicto, parece que se está defendiendo una casa común, la democracia.

Durante el metraje de Todo a la Vez en Todas Partes hay momentos en los que podrías pensar que eso es lo que va a pasar, una fascinación por las múltiples formas en las que podemos imaginar el mundo que hace embarrancar la historia en sí, quedándose quieta, extasiada. Pero la película escapa de ese cepo reconociendo que hay opciones que son exteriores a ese sistema multiversal y que lo único que quieren es destruirlo. Un antagonismo que enlaza perfectamente con un cambio en las narraciones mainstream de los últimos 5 años.

Lo vemos en La Casa del Dragón que deja de ser una ficción en la que "todos son malos" (ese claim un tanto torpe, pero útil, con el que se defendía Juego de Tronos) y plantea que hay bandos y que esos bandos están determinados por algo más que biografías y pasiones individuales. Lo vemos en García, la inteligente adaptación del estupendo tebeo de Santiago García y Luis Bustos en la que la historia de España se convierte en un pastiche popular y superhéroico que jamás pierde de vista quién es "el otro" al que la democracia debe vencer. Lo vemos, por último, en Los Anillos de Poder, que nos muestra como en una Tierra Media aparentemente pacificada de todo mal está, en realidad, larvando el peor de los retornos mientras los gobernantes se dedican a sus pequeñas supervivencias.

No, el Parlamento no es un ágora donde diferentes se encuentran para llegar a acuerdos y someter el debate institucional a lo que el crítico cultural Jordi Costa denominó "gusto socialdemócrata". Eso lo que produce es el borrado de una historia. La historia de cómo hemos llegado aquí, una historiografía que empieza considerando ilegítimo un gobierno salido de las urnas y de los acuerdos parlamentarios. Pero más aún, implica encerrar el debate público a "las cuestiones del hemiciclo" y despreciar el mayor aprendizaje de Todo a la vez en todas partes, que ver todo y tener todo a nuestra disposición sólo sirve si se vuelca fuera de los espacios de la representación, fuera del juego multiversal, en el vinculo y los derechos de quien está vivo aquí y ahora.