Otras miradas

Lo intangible y este momento

Marta Nebot

MADRID, 30/11/2022.- La ministra de Igualdad, Irene Montero, durante su intervención en la sesión de control al Gobierno este miércoles en el Congreso. EFE/ J.C. Hidalgo

El miércoles devolví a mi perro. Solo fue mío una semana. Goldo, que así lo bautizamos por el mundial, es un pointer inglés mayor –calculan que tiene más de siete años– y nunca ha vivido en una casa. Fue perro de caza y abandonado. Es noble, es guapo y busca cariño de un modo desesperado. No se acerca solo para que le acaricies; se te tira encima para que lo abraces hasta el infinito y, cuando lo haces, se queda quieto como absorbiendo el instante; inmóvil como si estuviera cargando unas pilas muy vacías, recargándose de calor, de fuerzas, de alegría. Es abismalmente cariñoso.

Goldo era eso para mí también: una fuente de alegría gratuita. Ésa que he descubierto que tanto se necesita. Casi con cincuenta años he entendido por qué más de medio mundo tiene un animal de compañía. De hecho, aquí, según el Estudio de Mascotas realizado en junio de 2021 por Veterindustria con la Asociación de Fabricantes de Alimentos para Animales de Compañía (ANFAAC), el 50,2% de las familias españolas tiene una mascota. En 2019 el porcentaje era del 39,7%.

La pandemia y su confinamiento son la explicación más común para este gran incremento. La mía tiene más que ver con la digestión de tanto sinsentido. Dedicada a la actualidad y sus palabras, al presunto conocimiento de los hechos, viviendo de ellos y ellas, respirándolas, devorándolas, admirándolas y aborreciéndolas, es decir, abrazándolas y quitándomelas de encima, empiezo a ser consciente de la importancia trascendental de ponerlas en su sitio. Porque las palabras pueden ser tan incomprendidas, tan retorcidas, tan maltratadas que hacen que se añore el silencio y sus maneras de comunicar.

Esta semana, por ejemplo, mientras vivía mi particular duelo por no ser capaz de cuidar de mi perro, entre otras cosas, las palabras me han agredido pero desde más lejos, como cuando te duele fuerte algo y tomas analgésicos, que te duele pero a más distancia.

Los episodios de "la cultura de la violación" y "la huelga política" han ejemplificado muy bien la locura en la que estamos viviendo y la necesidad imperiosa de antídotos de presente, de antiactualidad, de vida cotidiana, de intangibles más allá de las palabras.

La cultura de la violación está tipificada con ese nombre por Naciones Unidas. Es la que culpa a la víctima, a sus actitudes o circunstancias de la agresión recibida.

Este tuit con recopilación gloriosa la resume más allá de cualquier relato:

La performance "Un violador en tu camino", creada y escrita por el colectivo chileno LasTesis, basada en los trabajos de la antropóloga feminista argentina Rita Segato, se ha interpretado por todo occidente y ojalá su senda siga. Y ojalá, después de que la cultura de la violación haya sido mencionada en el congreso de los diputados, sus señorías, incluida la Presidenta del Congreso, se enteren de lo que es y empiecen a pelear contra esta cultura que criminaliza a las víctimas. Por muy de lejos que me doliera, todavía no me recupero de que Meritxell Batet pidiera a Irene Montero "contención en las expresiones" para no enturbiar la "convivencia ni dentro ni fuera de la Cámara", por mencionar algo tan conocido y luego no se disculpara por su desconocimiento. Y, sin embargo, dicen y repiten que no falta formación feminista y que el patriarcado es una mentira.

Los diputados del PP, a los que se sumaron algunos de Vox, llegaron a manifestarse en la puerta del Congreso, para pedir la dimisión de Irene Montero, un día después de que les acusara de "fomentar la cultura de la violación" por sendas campañas publicitarias, una gallega y otra madrileña, que claramente ponen en las mujeres la carga de la responsabilidad ante las agresiones machistas.

Además, anunciaron que reprobarán a la ministra y que escribirán una carta al Presidente del Gobierno para quejarse por estas "palabras indignas". ¿Hasta dónde se pueden retorcer los términos?

La otra locura colectiva más sonada de la semana, aunque para mí sonara con sordina, ha sido la de la grabación de una sanitaria que, presuntamente, reconoce que la huelga de los médicos madrileños de atención primaria es una "huelga política". He escuchado el audio con atención varias veces y lo único que reconoce la sanitaria es que esta vez no piensan parar hasta conseguir sus reivindicaciones. Piden, básicamente 30 pacientes al día; al menos 10 minutos para cada. Lo mismo que negociaron hace dos años con la Consejería de Sanidad de la Comunidad de Madrid pero nunca cumplió. Esta vez no se van a conformar solo con palabras.

¿Es eso una huelga política? No. Por mucho que se quiera retorcer lo que significa. Es una huelga que no para hasta que se negocia y que esta vez va a costar más porque solo creerán en los hechos, que son los 80 millones de Euros que se calcula que les faltan, algo menos de la mitad de lo que se gastaron en el Zendal.

Nada nuevo bajo el Sol, podría decirme cualquiera, con razón; las palabras siempre son retorcidas en la contienda política, tanto que a ratos parece que se quedaran secas, vacías, sin sustancia. Quizá la novedad de estos días es que me he hecho consciente de lo huérfana que me siento por los navajazos dentro del Gobierno, por ejemplo retrasando leyes aprobadas ya en Consejo de Ministros como la ley del bienestar animal que protegería a Goldo y a todos los perros de caza o por la batalla interna entre Podemos y Sumar, ese sinsentido que no parece aflojar. Y tal vez por eso se me hace más apremiante agarrarme a lo cotidiano, a lo más esencial para mantenerme ilusionada.

Lloré todo el camino de vuelta a la perrera, antes de terminar el plazo de prueba que nos habían dado. Acogí a Goldo para intentar que fuera nuestro y no lo conseguí ni un poco. Me costó reconocer que no podemos cuidarlo, que no tenemos las rutinas que necesita, que está mejor donde está que con nosotros. Él no me puso la cabeza en el hombro mientras conducía, como hizo cuando vino. Le dejé sin decirle adiós. Él tampoco miró atrás ni un segundo. Saludó contento a su amo verdadero, a sus paseos siempre a la misma hora, a su comida siempre a tiempo, a su libertad de hacer de vientre en donde quiera, a sus horas de encierro conocidas, a su frío compartido con sus compañeros.

Goldo se fue dándome una lección más, además de su gigantesca enseñanza de presente continuo. Ni el amor, ni el trabajo, ni nada ni nadie son suficientes si no te dan lo mínimo que necesitas.