Otras miradas

'MasterChef' y el terror psicológico

Anita Botwin

Los miembros del jurado del programa 'Masterchef': Jordi Cruz, Pepe Rodríguez y Samantha Vallejo-Nágera, en una imagen de noviembre de 2021. Lorena Sopêna / Europa Press

La verdad es que nunca me ha interesado demasiado MasterChef. No le veo la gracia a ver cocinar y después no poder probar nada. Tampoco me apasionan los realities. Y sobre todo desde que murió Verónica Forqué todavía me interesó menos. Llevaba tiempo sin ver a la actriz en pantalla y encontrármela ahí de pronto en algún zapping reconozco que me impactó. Esa imagen suya frágil e inestable me preocupó, pero no sabía hasta qué punto era parte del espectáculo. Show must go on...

Después vino el suicidio y las redes sociales ardieron. Muchos culparon al programa por no haberla cuidado, por haber hecho caja de un problema de salud mental. Este reality ha querido vender platos jugosos, pero lo que más ha cocinado ha sido la polémica, de la que bebe. No entiendo como un canal público puede gastarse dinero que es de todos los contribuyentes para hacer audiencia a través de programas que transmiten valores tan poco cooperativos y tan de terror psicológico. Forqué abandonó la edición anterior porque dijo entre lágrimas que estaba agotada y no podremos olvidar esas últimas imágenes de la que fue una gran actriz, pero a la que no se cuidó lo suficiente.

En esta edición ha sido Patricia Conde la que ha denunciado a la productora y ha puesto el grito en el cielo tras ser acusada de consumo de drogas. La actriz disgustó a los jueces del programa por tener una actitud pachorra y "no esforzarse tanto como sus compañeros" y ella respondió que no lo hacía adrede, sino que estaba cansada. De esta manera se volvía a poner sobre la mesa el agotamiento, consecuencia del ritmo exigente y competitivo que traslada este programa de entretenimiento.

En el Instagram de la presentadora podía leerse que se había bloqueado ante tanta presión, y sentía no haber sido más competitiva y más ambiciosa. A Patricia le echaron en cara no haber dado el cien por cien y Patricia respondió que lo que necesitaba era dormir. Conde ha insinuado que el programa manipula y boicotea el trabajo de los concursantes. "Soy sensible y vulnerable y mi salvavidas es el sentido del humor", publicaba la presentadora en su cuenta de Instagram con valentía. Pero todos y todas sabemos que la vulnerabilidad no es caballo ganador de los programas que tratan de sacar lo peor de las personas.

Poco sé de este reality más allá de que el jurado representa lo más rancio de la hostelería española. Por un lado está Jordi Cruz, que llegó a vanagloriarse de no pagar a sus trabajadores al considerar que por ser becario en un restaurante de alta cocina no debes cobrar por ello. Por otro lado está dirigido por Samantha Vallejo-Nájera, nieta del psiquiatra que utilizó los campos de concentración franquistas contra el "gen rojo". Pero no es necesario hacer a nadie responsable de las maldades de sus antepasados cuando se puede retratar sola diciendo en una entrevista concedida a Papel en 2018 que no creía en la igualdad entre hombres y mujeres y añadiendo que "el hombre es más fuerte y tiene más capacidades que las mujeres no tenemos". De casta le viene al galgo.

De todos modos no sé qué podíamos esperar de un programa que invita a comer a líderes de extrema derecha, como fue el caso de Juan García-Gallardo, vicepresidente de la Junta de Castilla y León. Se supone que un canal público debería velar por unos principios democráticos y no difundir valores ultraconservadores y ya de paso blanquear al fascismo e invitarnos a degustarlo entre plato y plato.

Este programa, que podría explotar más el humor, el gusto por la cocina, la enseñanza de valores en torno al compañerismo hace todo lo contrario, exhibir la explotación laboral como algo de lo que enorgullecerse. Este talent show apuesta por la superación constante aderezada de clasismo desmedido. Por un lado están los concursantes que deben esforzarse al máximo y por otro lado están los jueces que aparecen para abroncar a los primeros, algo que puede pasar en cualquier bar u oficina. Lo sorprendente es que a la gente le guste todavía llegar a casa y verse reflejado en la pantalla de nuevo, con un jefe que sigue dándole latigazos. ¿Es que no tuvimos suficiente?