Otras miradas

Anestesia moral

Anna I. López

Doctora en Ciencias Políticas en la Universidad Internacional de València.

El líder de Vox, Santiago Abascal. -Alejandro Martínez Vélez / Europa Press
El líder de Vox, Santiago Abascal. -Alejandro Martínez Vélez / Europa Press

Hannah Arendt afirmó que Eichmann, enfrentado a las dudas morales que le producía el exterminio masivo de judíos que él tan diligentemente gestionaba, acabó superando-anestesiando «la necesidad de sentir, por lo general". Él era un humilde servidor del Estado y se limitaba a cumplir la ley, aunque esa ley ofendiera los principios más intuitivamente básicos de la dignidad humana. La insensibilización moral, por tanto, no es asunto nuevo. Matar al nervio ético es a veces una operación más larga pero tan sencilla como hacer lo mismo con el de la muela que nos molesta. Esto parece estar ocurriendo ahora mismo en España con las propuestas políticas de Vox y parte del PP que resucitan a viejos fantasmas españoles herederos de la dictadura franquista, como la animadversión hacia las autonomías y su particular defensa de una única identidad nacional española. Un sentimiento primario electoralmente muy beneficioso que ya explotaron durante la campaña electoral del 10-N de 2019:  el nacionalismo y la idea de que lo propio es lo mejor.

En este sentido, Vox ha logrado representar la declinación hispana de la ola reaccionaria global que, al igual que Bolsonaro, Trump, Orbán o Kaczyński y recientemente Meloni, se encuadraría en torno al neoliberalismo autoritario que se basa en combinar una defensa a ultranza del libre mercado, con valores morales reaccionarios y con una concepción profundamente autoritaria de la política. El partido ultraderechista se construye en la confrontación directa con los consensos sociales: aborto, derechos LGTBI, memoria histórica, feminismo o ecologismo a los que cataloga como «consensos progres». Sería un efecto de «cultural backlash» como han explicado Pippa Norris y Ronald Inglehart[1], es decir, una reacción conservadora ante el avance y la expansión de los valores social liberales, que son percibidos como una amenaza a las formas tradicionales de vivir y de entender el mundo.

Un extremismo que, tras la experiencia de los gobiernos de  Trump o Bolsonaro, sabemos que comportará inevitablemente conflicto, desigualdad y exclusión social. Tarde o temprano, incluso sus seguidores españoles verán a sus emperadores desnudos. Pero lamentablemente, antes de su caída, muchos ciudadanos pagarán las consecuencias de sus acciones allí donde gobiernan en coalición con el PP. Como advierte Federico Finchelstein en Breve historia de la mentira fascista[2] «la mezcla de fascismo, post fascismo y xenofobia, tiene resultados letales. Estas ideas se basan en la irresponsabilidad absoluta».

Todo, eso sí, convenientemente edulcorado con mensajes que apelan directamente a las emociones más primarias, éstas que en tiempos de crisis están a flor de piel. De esta forma recoge votos protesta, pero también fideliza a más votantes que otros partidos de amplios sectores sociales, especialmente de la derecha tradicional y fascista, que antes se subsumía en propuestas más «pragmáticas» como el PP, que era un caso típico de partido «atrapalotodo» (catch-all party), y ahora se ha emancipado y alimenta a Vox.  No obstante, la base electoral de estos partidos es más ancha y transversal: los resultados demoscópicos muestran que la extrema derecha europea pesca votos en todos los grupos sociales. Por ejemplo, Vox, con más de 3,6 millones de votos en las últimas elecciones generales del 10 de noviembre de 2019, obtuvo sus mejores resultados en Barcelona en el distrito más rico y en el más pobre de la ciudad.  En Francia, el 43% del votante de Le Pen se posiciona ideológicamente muy a la izquierda. Los escenarios electorales actuales son muy volátiles en Europa y el voto ya no tiene ningún rubor en pasar de la extrema izquierda a la extrema derecha en el espacio de un ciclo electoral. Esta volatilidad entre bloques no se ha producido todavía en España de manera tan radical, aunque vivimos un proceso de cambio en la base social de apoyo a la extrema derecha.

Esta nueva extrema derecha, que hasta hace poco había sido residual en España, ahora fluye por las calles, discute e insulta en los parlamentos, levanta la voz en las televisiones y se propaga por las redes sociales, principalmente a través de la mentira, la post-verdad o fake news y así reemplazar a la verdad empírica.

Además, la formación de Abascal ha logrado otra victoria insólita en democracia: fagocitar a los marginales partidos situados en el espacio ideológico de la extrema derecha española caracterizados por la desorganización, falta de cohesión ideológica y proyecto político común de diferentes autonomías. Así, España 2000, Democracia Nacional, La Coalición Nacional o el Movimiento Social Republicano seguramente no se presentarán en las próximas elecciones generales y pedirán el voto para Vox. Tan sólo ha quedado la Falange Española de las JONS como representante de una España del pensamiento del yugo y la flecha y que ha estado presente en el último 20 de noviembre para conmemorar el aniversario de la muerte de Francisco Franco. En la Plaza De Oriente de Madrid o en el cementerio donde se encuentra enterrado Primo de Rivera en Alicante se escucharon proclamas franquistas, elogios al dictador y gritos neofascistas, a pesar de la vigente Ley de Memoria Democrática que impone determinadas sanciones cuando haya exaltación del franquismo siempre que entrañen descrédito, menosprecio o humillación de las víctimas de la dictadura o sus familiares según el artículo 38 de la norma.

El aislamiento profiláctico del extremismo español es ya historia. Ahora la pregunta más inquietante es la delimitación del espacio de convivencia tanto con su socio habitual, el PP, como con el resto de partidos e instituciones dentro de los parámetros democráticos, especialmente en el Congreso de los Diputados donde cada intervención de los diputados de Vox se ha convertido en un examen para la Mesa presidida por Meritxell Batet. No hay que olvidar que la Europa culturalmente heredera de la democracia ateniense, la Ilustración francesa y el socialismo reformista alemán dejó entrar en la arena política a las ideas que consolidaron a los totalitarismos.

Es cierto que sabemos lo que pasó en los años treinta y sabemos cómo acabaron los experimentos democráticos de entonces (la República española, la de Weimar, la Checoslovaquia de Masaryk, etc.), pero no sabemos qué pasará ahora con gobiernos liderados por la extrema derecha, si podrán minar los pilares de la democracia desde dentro, como Steven Levitsky y Daniel Ziblatt sugieren que mueren actualmente las democracias.

 

[1] Pippa Norris y  Ronald Inglehart. Cultural Backlash: Trump, Brexit and Autoritharian Populism. Cambridge University Press, 2019

[2] Federico Finchelstein. Breve historia de la mentira fascista. Editorial Taurus, 2022