Otras miradas

La utopía comprometida de Robert Castel

Juan Tabares

Tras una breve pero fatal enfermedad, el sociólogo francés Robert Castel murió en París el pasado 12 de Marzo. La definición de la sociología para él era muy restrictiva y radical. Solo es sociología aquélla que responde a la demanda social, no a la demanda del mercado o de los poderes públicos, sino a la  manifestada por las personas en situación de riesgo o vulnerabilidad social. Su sociología realiza una lectura crítica de la sociedad en aras a contribuir a su transformación radical.

Nació en 1933, en Brest en el seno de una familia de origen popular, pero la temprana y trágica muerte de sus padres y el decisivo impulso de un profesor superviviente del campo de  Buchenwald le abrieron el camino de la Universidad. Tras una estancia como profesor de Liceo en Meaux, en 1962 es nombrado Assistant de philosophie en la Universidad Lille. Allí comienza una larga relación de amistad con el también profesor, el sociólogo Pierre Bourdieu. Por sugerencia de éste en 1966 se inscribe en el Centro de Sociología  Europea, dirigido a la sazón por prestigioso Raymond Aron. En esta célebre institución se inicia en el oficio del sociólogo, abandonando el registro de la filosofía. Castel declara a este respecto que no supuso un cambio drástico en su itinerario que para él se caracteriza por una profunda continuidad "de la misma manera que no he pensado mi pasaje hacia la sociología como una ruptura en relación a la filosofía; de un objeto al otro, de la psiquiatría al salariado es preferentemente un deslizamiento que se opera, con, sin duda, en los dos casos un gusto, un interés, una curiosidad por las trayectorias un poco inciertas, las situaciones  límite".

Comprometido en la aventura de Vincennes en 1969, funda y dirige con Jean Claude  Passeron el importante departamento de sociología. En esta universidad contestataria entra en contacto directo con Michel Foucault. En la línea de la  sociología de las instituciones impulsada por este sociólogo y por Bourdieu, Castel desarrolla una sociología inédita de la salud mental, un campo marginal y poco apreciado por la academia y por los psiquiatras, sus teóricos interlocutores. El orden psiquiatrico, El psicoanalismo y otras son aportaciones significativas de este primer período que se prolonga por espacio de 15 años.

El contexto en el que arranca estos primeros trabajos está marcado por la implantación de una ambiciosa reforma psiquiátrica así como por el desarrollo del movimiento antipsiquiátrico. Castel establece una relación de alianza con el psiquiatra Basaglia que pretende democratizar esta práctica social. Y ello sin pretensiones de hegemonía teórica y lejos del modelo del intelectual orgánico de partido. Estas luchas sacan el debate de la locura del estrecho circulo profesional, contribuyendo a mitigar el racismo anti-loco, a la vez que consiguen  arrancar la ley que consagra el cierre del manicomio. Un oscuro espacio social fuera de derecho e incompatible con la democracia, como la prisión que Foucault y Donzelot combaten con el Grupo de Investigación sobre Prisiones (GIP), otro grupo militante. Castel  cuestiona en el psicoanálisis la pretensión de ser una alternativa revolucionaria a la psiquiatría y en general en el campo social cuando lo cierto es que alimenta una poderosa cultura psicológica y un individualismo sin restricciones. El último proyecto de Castel,  "si Dios, en el que no creo, me da fuerzas", es una genealogía del individuo como forma de cuestionamiento de un neoliberalismo que exalta su preeminencia social a la vez que destruye las protecciones que lo sustentan.  Un  proyecto que quedó inconcluso.

Desde 1981 la obra de Castel experimenta un profunda inflexión coincidiendo con el giro neoliberal y el desarrollo de una nueva cuestión social que desafía los códigos sociológicos críticos desarrollados en el momento álgido de los años 60 y 70. Tras casi quince años de semisilencio, en los que publica poco, y ocupando ya el cargo de  Director de Estudios de La Escuela de Altos Estudios, aparece Metamorfosis de la cuestión social. En este texto monumental de 1995 realiza un ajustado diagnóstico de las transformaciones sobrevenidas en la condición salarial, que había sido la referencia esencial del pensamiento critico. A este propósito declara: "Sigue habiendo obreros, incluso en tan gran número como en los años 70. Pero en absoluto son los mismos obreros, ni los mismos problemas. Hablar de clase obrera hoy no es evocar la posibilidad de un cambio revolucionario o incluso de progreso social asegurado. Es fundamentalmente subrayar la importancia del paro, de la precariedad, de la reaparición de la categoría de trabajadores pobres".

Respecto a los análisis en términos de exclusión tan de moda en la época, Castel subraya que ésta no es sino el final de un proceso de desestabilización de una sociedad que por la generalización de las protecciones laborales se había llegado a convertir en una sociedad salarial. Una sociedad que para algunos sociólogos como Ulrich Beck por la desregulación laboral y otros peligros añadidos se ha transformado en una sociedad de riesgo. Castel ha salido al espacio público señalando, por un lado, el peligro de impugnación que conlleva para un Estado social protector una sensibilidad exagerada al riesgo, dado que impulsa la privatización de su gestión. Y por otro, observando,  frente a las propuestas del fin del trabajo de Gorz y otros, que aunque hoy el trabajo este precarizado históricamente, merced a las protecciones y derechos ha sido el fundamento de una condición social estable y reconocida que llegó a gozar de los derechos de ciudadanía, convirtiéndose en clave de la existencia social. En los textos posteriores Castel continúa tomando el pulso a un mundo en el que El ascenso de las incertidumbres y La inseguridad social, como rezan los títulos de dos de sus últimos libros, se han convertido en moneda corriente.

En el contexto de la mundialización apuesta por el redespliegue de un  Estado social flexible frente al modelo neoliberal que pretende adaptar el conjunto social a las exigencias del beneficio privado. Y es que como señala él mismo, "lo que se hace en ciencias sociales se inscribe siempre en el marco de un debate de sociedad que exige se tome partido". A este respecto ha defendido una posición reformista de izquierdas. Considerando como ideal "ser una suerte de radical socialista intransigente". En su diagnóstico crítico frente a los emprendedores y las supuestas potencialidades liberadoras de las transformaciones en curso no ha temido defender la "civilización del trabajo". Y lo cierto es que otorgar el papel de gran regulador del vínculo social al trabajo y no al mercado contiene una dimensión utópica, propia del pensamiento crítico. En este sentido se puede aplicar al propio Castel el epitafio con el que abría su texto La gestión de los riesgos, dedicado a su amigo Basaglia, muerto años antes: "A Robert Castel, vivo, por lo que nos ha mostrado: que la utopía, es decir el pensamiento generoso y desinteresado, tiene poder sobre la realidad cuando se persigue hasta el final con suficiente empeño".