Otras miradas

La voz de Aurora

Oti Corona

@LaCrono__

La ministra de Igualdad, Irene Montero. -Alejandro Martínez Vélez / Europa Press
La ministra de Igualdad, Irene Montero. -Alejandro Martínez Vélez / Europa Press

Aurora sabe que la vida es más sencilla si no habla. Lo sabe desde los diez o doce años, cuando las intervenciones de los niños comenzaron a sonar por encima de las de las niñas: más potentes, más insistentes, más cargadas de razones, más dispuestas a interrumpir y a corregir. Lo sabe desde que su hermano era bien aceptado en los debates de los mayores durante las sobremesas mientras a ella la mandaban a por azúcar para el café ante cualquier intento de participar. La charla en voz alta pertenecía a los hombres, que conocían todo de Fraga y de Suárez, de las bujías, de sintonizar la tele, de penaltis y del tute. A Aurora, como al resto de las mujeres de su familia, le quedaba la apostilla, el susurro asertivo, el petit comité de la cocina entre pilas de platos por fregar. Le quedaba el silencio, que es el refugio de las que no quieren que las tachen de locas, de exageradas, de charlatanas, de malcriadas o de violentas. Siempre lo supo, como siempre lo supieron, sin haberlo comentado jamás entre ellas, todas sus amigas. Un secreto a voces.

El silencio se paga, de eso también es consciente Aurora, pues los varones, sin detenerse a pensar demasiado en esas compañeras, hermanas, madres y parejas que se conformaban con todo, aprovecharon el mutismo para imponer unas normas sociales de horarios imposibles y espacios desiguales en los que ellas salieron perdiendo.

En una transformación que cuajó a fuego lento, las voces de las mujeres exigieron su espacio en la vida pública, y esa demanda se trasladó a las casas y a los centros de trabajo. Aurora, como muchas otras, estaba harta de la discreción forzosa y el sigilo impostado, así que decidió tomar a toda costa la palabra.

Encontró resistencias, claro. No iban los varones de la tribu a callar y escuchar, con todo lo que tenían por decir. Una cosa era que las chicas de la casa avanzasen en sus estudios y en sus trabajos y otra muy distinta que arruinasen las celebraciones familiares con sus monsergas. Para el abuelo fue traumático dejar de ser el centro cuando reunía a los suyos. A ver qué clase de persona no desea reproducir en su madurez los recuerdos de una infancia feliz, quién no va a querer que los suyos sientan el calor de ese hogar, el jolgorio y la risa en la conversación, el ajetreo, el ir y venir de platos, y cómo diablos se consigue eso si esposas e hijas dejan de servir y se ponen a charlar. Los jóvenes lo llevaban mejor, pero para ellos tampoco era ninguna fiesta. Estaban creciditas, se apoyaban unas a otras, a veces les dejaban totalmente de lado y, lo peor: cualquiera les llamaba la atención.

De manera espontánea, los hombres interrumpían a sus compañeras, y tan acostumbrados estaban a apagarlas que se sorprendían cuando se enfrentaban a una respuesta hostil. "Calla un momento, que estoy hablando yo", es una réplica que nunca habían recibido por parte de una mujer. Probaron entonces aquello de mandar a la parlanchina de turno a por la salsa o el queso o lo que fuera que faltara en la mesa porque ella (quién si no) lo había olvidado. "Ve a buscarlo tú" era una contestación que ninguno esperaba y muchos hallaron, como también lo fue "Mi hijo tiene padre" cuando se recriminaba a una madre que estuviese de cháchara mientras el crío pedía agua o tenía un ataque de tos.

No fue fácil ni en casa ni en la oficina pero Aurora, que hoy peina canas, se siente orgullosa al recordar su esfuerzo en el camino que nos ha traído hasta aquí, y feliz porque intuye que las niñas ya no tendrán que pagar un peaje tan alto a cambio de hablar.

En estas que nuestra protagonista llega a casa en su tarde de descanso, enciende la tele y se topa con Irene Montero callada frente a un tumulto en el Congreso de los Diputados. Ha declarado que una campaña del PP promueve la cultura de la violación –lo cual es cierto– y lo ha expresado en el tono que la ocasión requiere: con seriedad y firmeza. La ministra espera a que la turba pare de chillar y patalear para proseguir su discurso, y tarda dos minutos en conseguirlo. A continuación, desde distintos grupos políticos, tribunas y titulares de prensa e incluso desde perfiles feministas, se la acusa (¡a ella!) de armar bronca, de gritar en sede parlamentaria y de no sonreír.

Aurora no da crédito. "No podemos haber retrocedido a mi infancia", se dice. Y cuando Meritxell Batet, presidenta del Congreso, ordena borrar del diario de sesiones las palabras sensatas de Montero, Aurora se ve de pronto en la invisibilidad de su niñez y sabe que le roban, que nos roban, de nuevo, la voz.