Otras miradas

Kamala Khan, Ms. Marvel y los marroquíes felices

Guillermo Zapata

Imagen del tebeo de Ms. Marvel

Ms. Marvel es una superheroína de Marvel que ha tenido diferentes encarnaciones. La más conocida es Carol Danvers. En la ficción audiovisual es interpretada por Brie Larson y es un elemento central del MCU (Marvel Cinematic Universe) con un papel clave en Vengadores: Endgame. Además tiene su propia película como Capitana Marvel, una interesante (y poco valorada) reflexión sobre los sistemas de dominio patriarcal con el formato de una película de espías-a-la-fuga con aire noventero y ecos de la magnífica Memoria Letal, de Renny Harlin, escrita por Shane Black (que también dirigió su propia aventura en Marvel con Iron Man 3) y donde Samuel L. Jackson interpreta también el papel de "compañero de fatigas".

En el año 2013, Ms. Marvel vivió una nueva encarnación en los tebeos y empezó a ser encarnada por Kamala Khan, el primer personaje musulmán de la historia del universo Marvel. Kamala es una joven nacida en New Jersey cuya familia es de origen Pakistaní. La guionista y creadora de la serie G. Willow Wilson partió de su propia experiencia tras convertirse al Islam desde el ateísmo y vivir en Egipto durante muchos años (es muy recomendable su primer tebeo, Cairo, a partir de esa experiencia) El éxito del personaje ha hecho que hace apenas unos meses se estrenara en Disney Plus una serie protagonizada por Kamala, que es un pequeño prodigio.

Lo más interesante del tebeo (y de la serie, pero quizás de forma más explícita en el tebeo) es como el elemento religioso y cultural ocupa una posición central, pero no problemática. O problemática en la misma medida que lo serían para cualquier otro adolescente fan de Marvel (eso y no otra cosa es Kamala Khan) las obligaciones propias de cualquier religión. Los padres de Kamala son sensatos y cuidadosos y ella es básicamente una persona feliz. O todo lo feliz que puede ser alguien que tiene que enfrentarse a supervillanos o recorrer unas catacumbas acompañando a Lobezno.

En nuestro mainstream, pre y post atentados del 11 de septiembre, las personas musulmanas sólo habían tenido dos posibles aproximaciones: la de enemiga, como fanáticos terroristas, o la de la víctimas. Tenían vedada la felicidad y mucho más la felicidad cotidiana. El tono de comedia adolescente de instituto que impregna la serie de Ms. Marvel y el propio casting de Kamala, una Iman Vellani (también de familia pakistaní) estupenda que irradia buen rollo, torpeza y deseo de superación, suponen una apertura muy importante para entender la relación entre representación, democracia e inclusividad.


El pasado martes la selección marroquí eliminó a España en el mundial de Qatar y por primera vez en mi vida adulta pude ver a mis vecinos y vecinas marroquíes siendo felices por televisión. El pensamiento me asaltó mientras en mi pantalla, sobre un off que contaba las celebraciones en distintos puntos de nuestra pais, una mujer de origen marroquí viviendo en Murcia, bailaba alegre en la calle con una sonrisa de oreja a oreja. Se sucedieron también los reportajes sobre esos chicos y chicas que, como Kamala, han nacido aquí, pero tienen el corazón también allí. Una composición, por cierto, que explica la propia selección, formada por jugadores que en muchos casos habían nacido lejos de Marruecos. Otro joven salía en un informativo de la televisión catalana y hacía viral una pieza en la que decía que estaban contentos y que iban a celebrar con respeto y tranquilidad, pero a celebrar.

Durante los días anteriores al partido las redes de extrema derecha habían lanzado amenazas y bulos preparando al país para poco menos que una insurrección y, si bien no todas las celebraciones estuvieron exentas de algún incidente, estos incidentes fueron similares a los que cualquier otra afición futbolística provoca cuando gana su equipo. De pronto, una parte de la población descubrió que un grupo de hombres adultos pegando gritos sin camiseta y moviendo una bandera por una calle semi desierta mientras se portan bengalas resulta un tanto amenazante, pero nada de la locura violenta que nos habían prometido. Toda esa producción de amenazas, angustia y bulos tenía por objetivo construir de nuevo la imagen de la amenaza, pero también borrar el goce y la alegría.

Tenemos la mala costumbre de pensar que la conciencia nace de la representación del padecimiento, algo muy atado a las narrativas de lo que se llama "cine de autor" o "cine comprometido" en el que hombres blancos cuentan la experiencia de personas migrantes para que otros hombres y mujeres también blancos vaya al cine y se sientan, por un rato, cerca de esa experiencia. En el mejor de los casos, esa empatía va de arriba a abajo y si genera algún tipo de conciencia desde luego no es en los representados, sino en los representadores o en los consumidores de esas imágenes. Para producir esa empatía vertical es necesario la victimización de los sujetos, por eso la alegría no suele estar representada, por eso la risa suelen estar vedadas de esos discursos, peso es justo desde esa posición de alegría como más fácil es reconocernos como iguales, ¿quién no se alegra de que su equipo gane un partido? ¿Quién no entiende que otros se rían o se quieran?


Quizás es el momento de plantearnos empezar a contar historias como Attack The Block, en la que una raza alienígena atacaba Londres y la única linea de defensa eran un grupo de chavales de unas torres de protección oficial. Los habituales delincuentes número uno, esos que nunca salen riendo en la tele, las y los Kamala Khan de nuestro presente.