Opinion · Otras miradas

La falacia de la “nueva” política

María Pilar García Negro

Profesora de la Universidade da Coruña y escritora

María Pilar García Negro
Profesora de la Universidade da Coruña y escritora

Sintomático el uso de los verbos “vender” y “comprar”, en el vocabulario de moda actual, no para referirlos a mercancías o productos sino a discursos y propuestas políticas. Como la semántica siempre es delatora, el léxico político de quien usa estos términos queda ipso facto contaminado de la lógica capitalista: todo se puede comprar y vender; por tanto, todo es convertible en oferta comercial, todo se puede mercantilizar, incluidos cuerpos e identidades femeninas (la barbaridad, por ejemplo, de los “vientres de alquiler”…).

Viene esto a cuento de la autodenominada “nueva política”, que utilizan unos y otros, tanto en el margen derecho como en el margen izquierdo. Veamos uno de sus frutos recientes. El pasado 14 de este mes se constituyó en el Congreso de los Diputados la Comisión de Cultura. Por acuerdo previo de todos los grupos, recayó la presidencia de la misma en Marta Rivera de la Cruz, diputada de Ciudadanos. Podemos-En Marea apoyó sin ningún problema tal elección, que acompañó de la nominación del diputado de este grupo Miguel-Anxo Fernán Vello como secretario primero de la Mesa.

Las lectoras y lectores de Público conocerán probablemente a la ahora presidenta de la Comisión de Cultura del Congreso como escritora y periodista. Lo que tal vez ignoren es que se ha manifestado, de forma reiterada y beligerante, contra derechos mínimos de la lengua gallega, consagrados además en y por la legislación vigente. Es decir, esta diputada no ha ingresado todavía en la legalidad: Estatuto de Autonomía de Galicia (1981), Ley de Normalización Lingüística (1983), Carta Europea de las Lenguas Regionales y Minoritarias (ratificada como legislación superior por el Jefe de Estado español en 2001), Declaración Universal de Derechos Lingüísticos (asumida por la UNESCO, votada por unanimidad por el Congreso de los Diputados en 1996, así como por el Parlamento gallego y otras cámaras legislativas). Haciendo gala de una ignorancia y de una insolencia ilimitadas, ha realizado esta diputada reiteradas manifestaciones de desprecio respecto de la toponimia gallega correcta (y legalmente establecida), ha llamado “talibanes” a quienes la defienden y practican o se ha mofado de la literatura gallega.

Todo esto es de sobra conocido  —por público y notorio en Galicia—  por el diputado de Podemos-En Marea que antes citamos. Ante el escándalo suscitado por su apoyo, se escudó en un acuerdo inter-grupos que parece ser que obliga a tragar con carros y carretas… ¡Vaya por Dios! Y para esto, tanto cargar las tintas en la “novedad” y en la “ruptura”. Retorno al franquismo, en lo relativo a la cuestión lingüística mencionada, es lo que la presidenta de la Comisión de Cultura representa.

En Galicia sabemos muy bien lo que es la “vieja” y la “nueva” política, sin cabriolas semántico-léxicas. Lo “viejo” es la sumisión a Madrid (Madrid como metonimia de la política española dominante); lo “viejo” es supeditar la autónoma capacidad de decisión y de escrutinio a una fuerza política estatal. Lo “nuevo”, miren por dónde, viene representado por el nacionalismo gallego que, en la contemporaneidad, cumple precisamente este año su centenario (“Irmandades da Fala”, fundadas en A Coruña en 1916). De él deriva, no por casualidad, el BNG (Bloque Nacionalista Galego), con décadas de existencia y actuación política. Sin ataduras, sin subordinación a designios exteriores y superiores a la voluntad del pueblo gallego. Organización política, en fin, de ámbito y obediencia gallega, que durante 20 años tuvo representación en el Congreso de los Diputados y la hizo valer para exteriorizar y defender un temario político gallego, absolutamente ausente hasta su llegada a esta Cámara en 1996. En el Grupo Mixto, sí, pero con entera libertad y autonomía de palabra y de acción.

Comprar y vender… Vender ilegalidad y discurso rancio y de conveniencia. Comprar demagógicamente voluntades y votos, a base de una mercancía falsa.