Otras miradas

Un mundo responsable

TONI RAMONEDA

Doctor en Ciencias de la Información y de la Comunicación

Las sociedades capitalistas contemporáneas han desarrollado una ideología individualista que sitúa a la persona como pivote del orden social y protege de este modo al sistema de las consecuencias de sus disfunciones. Se trata de lo que llamamos post-modernidad. Así, el humanismo renacentista –que se caracterizó por situar al hombre en el centro del mundo, primero como concepto y luego como proyecto– creó las bases para la aparición del individualismo contemporáneo. Luego, la política moderna, es decir, la que nace con las revoluciones burguesas de mediados del siglo XIX, se caracterizó precisamente por articular en una forma dialéctica aquel concepto del hombre y los individuos. La post-modernidad se caracteriza, al fin, por la desaparición de esta forma de equilibrio y evolución.
Los programas televisivos del tipo "Tengo una pregunta para usted" son, en este sentido, el paradigma de una política basada exclusivamente en la individualidad, porque quienes participan en ellos se expresan sólo a partir de su propia experiencia vital. Así ocurrió el pasado 26 de enero en la cadena privada TF1 en Francia, en la que Nicolas Sarkozy participó en un programa junto a una decena de ciudadanos anónimos cuya especificidad (una productora de leche, un sindicalista, un empresario, una joven diplomada en el paro...) les permitía oponer al presidente argumentos concretos a casos precisos. La preparación de la que hizo gala Sarkozy (conocía de antemano a sus interlocutores y había trabajado cada uno de sus casos) le permitió mejorar su imagen pública mostrándose como un verdadero experto en cada uno de los temas abordados. El presidente francés se sentía, en efecto, como pez en el agua, pues había reducido la política a la resolución de los problemas concretos de la vida cotidiana y podía dejar todo lo que atañe al hombre (como entidad abstracta y también como portador de valores éticos y morales) en manos de la identidad nacional y del republicanismo pervertido que la acompaña; lo mismo que los neoconservadores lo dejan en manos de Dios.
Ante esta política del individuo, la crisis económica actual ha reforzado la pregunta que tomó forma hace diez años en el foro social de Porto Alegre: ¿se puede pensar en una alternativa al individualismo neoconservador sin abrazar los cantos de sirena del mesianismo propios de las revoluciones modernas? En el lenguaje médico, la crisis designa una situación en la que el organismo se ve confrontado al crecimiento de una enfermedad que amenaza con llevarlo al colapso. Entonces el organismo tiene dos opciones: una es la muerte y la otra es la creación de una realidad biológica nueva. En ningún caso es posible, sin embargo, retornar al momento anterior a la crisis. De ahí que resulte tentador extrapolar el lenguaje médico a la realidad social y aseverar que dos opciones se le ofrecen actualmente al sistema capitalista: la muerte o la reinvención. A este discurso se aferran tanto los más acérrimos defensores del sistema, a imagen del presidente francés Nicolas Sarkozy y su regulación del capitalismo, como sus mayores detractores, con sus predicciones de colapso total (algunos de ellos prestos incluso a elevar odas al régimen cubano).
Pero ello es olvidar que lo que está en crisis no es el sistema capitalista, sino una cierta concepción del ser humano. De la persona emancipada que nació con la Ilustración y sus ansias de libertad. Conviene recordar que ser libre no es ser distinto de los demás, ni disponer del mayor número posible de elecciones antes de tomar una decisión, ni estar en condiciones siempre de tomar aquella decisión que más beneficios puede aportar. La libertad no es un estado, ni siquiera un ejercicio, la libertad es un valor político ligado a la responsabilidad, entorno al que se puede construir un modelo de convivencia. Así lo entendió Zapatero en su primera legislatura cuando siguió los pasos del filósofo Philip Pettit: sólo puedo ser libre si tengo la certeza de que seguiré siéndolo mañana, y para ello debo tener la certeza de que los demás ciudadanos son y serán igualmente libres, pues de otro modo la amenaza de una intervención en mi libertad se convierte, por sí misma, en un obstáculo a su ejercicio. De ahí surgió, por ejemplo, la ley de dependencia. Dicho de otro modo: libertad e igualdad van de la mano en un proyecto político común y lo que hubo al origen de la crisis actual fue, precisamente, una perversión de la libertad como valor.
La burbuja especulativa que explotó en Estados Unidos tenía como principales actores a individuos convertidos en consumidores irresponsables: banqueros que acuerdan créditos que saben impagables; ciudadanos que los suscriben; inversores (grandes pero también pequeños) que invierten en los productos derivados de estas operaciones y así sucesivamente. Nadie en esta cadena puede considerarse libre porque nadie asume la responsabilidad de sus actos: el banquero transforma el crédito basura en un producto financiero; el ciudadano suscribe un crédito sin ser consciente de que será incapaz de pagarlo y el inversor compra unas acciones cuya naturaleza desconoce y tampoco le interesa porque de todos modos su objetivo es venderlas más adelante.
Así, en respuesta a ese individualismo irresponsable, los foros sociales reclaman con insistencia un principio de responsabilidad acomodado al mundo líquido de la post-modernidad que demuestre que un mundo responsable y post-moderno es posible. Eso sí, habrá que renunciar, de una vez por todas, al romanticismo y a los cantos de sirena del mesianismo: es una cuestión de responsabilidad.