Opinion · Otras miradas

Una propuesta para los libros de texto: suprimirlos

Augusto Klappenbach

Escritor y filósofo

Augusto Klappenbach
Escritor y filósofo

Henrik Hdez. Villaescusa ha publicado en Público el 18/9/16 un excelente artículo titulado Cómo ahorrar en libros de texto (educando). Una de sus frases resume perfectamente su tesis: “un libro que no merece una segunda lectura, no mereció la primera”. Y los libros de texto, en general, no la merecen. Son libros “de usar y tirar”, como también los califica el autor. Un libro es otra cosa. Sería mejor que en lugar de sobrecargar las mochilas de nuestros escolares con ejemplares de uso efímero se incentivara a los alumnos a leer libros “de verdad”. Con suerte, algunos de ellos los conservarán toda la vida y hasta los recomendarán a sus hijos. Cosa que difícilmente sucederá con ejemplares pensados para aprobar una asignatura antes que para ser leídos por sus propios méritos.

Y todo ello no porque los libros sean malos en sí mismos o sus autores incompetentes sino porque constituyen un mal sustituto del papel que debe cumplir el maestro o profesor. Es a él o a ella –y no al libro-  a quien corresponde seleccionar los temas y las lecturas, determinar el ritmo de la clase, elegir recursos didácticos, promover la participación de los alumnos, determinar los criterios de evaluación, tener en cuenta la diversidad de la clase  adecuando su trabajo a la realidad concreta del grupo a su cargo, cosas a la que un libro de texto nunca podrá atender.

Parece curioso que algunos profesores que claman contra todo tipo de pedagogía, que consideran que no necesitan ninguna formación en métodos de enseñanza que les capacite para conducir el aprendizaje de sus alumnos ya que les basta con sus conocimientos en la materia que enseñan, no tengan inconvenientes en seguir fielmente los procedimientos pedagógicos de un libro de texto que ha sido escrito sin conocer la realidad de sus alumnos. Porque la pedagogía, como la ideología, es inevitable. Si por pedagogía se entiende el estudio de los métodos y técnicas de enseñanza, no hay profesor ni libro de texto que no adopte algún sistema pedagógíco, aunque sea el primitivo sistema de la clase expositiva y la memorización. Despreciar la pedagogía en general implica renunciar a la crítica y superación de esos métodos y técnicas y aceptar complacientemente los que el libro de texto –o la costumbre- propone.

El problema central de la calidad de la enseñanza radica en la formación de los maestros y profesores, que los libros de texto no pueden suplir. Y esa formación implica dos aspectos. Por una parte la competencia del enseñante en la materia que enseña: no se puede ser un buen profesor de química o de matemáticas sin conocer a fondo esas disciplinas. Incluso es necesario un conocimiento acaso más profundo e internalizado que el necesario para la enseñanza superior o la investigación, porque despertar el interés de un auditorio infantil o adolescente por temas ajenos a sus preocupaciones cotidianas exige un dominio del tema que sea capaz de conectarlo con otras dimensiones de la vida del estudiante, de modo que no basta para el profesor una formación  puramente académica.

Pero ello no es suficiente. Se ha acusado a la pedagogía de construir un discurso inoperante, de ser una charlatanería vacía de contenidos que pretende “enseñar a enseñar”, como si el dominio de la materia que se enseña no fuera dotación suficiente para llegar a ser un buen profesor. Pero calificar de charlatanería el trabajo de autores como Piaget o Vygotsky, que se han ocupado de estudiar la estructura cognitiva del sujeto del aprendizaje y la necesidad de adecuar la enseñanza a esas condiciones, constituye una opinión que recuerda aquella frase de Machado que acusaba a Castilla de “despreciar lo que ignora”. Todos hemos conocido profesores tan sabios en su disciplina como incapaces de transmitirla, y si bien la capacidad de empatía y la intuición personal pueden suplir siquiera en parte la ausencia de competencia pedagógica, también es cierto que esas condiciones personales pueden desarrollarse mejor si se utilizan métodos adecuados. Y esto requiere una formación específica para el trabajo docente. Quienes hemos vivido mucho tiempo recordamos a más de un enseñante que se limitaba a señalar las páginas del libro de texto que había que aprenderse para la clase siguiente, hasta el momento en que el alumno debía repetir lo más fielmente posible lo leído en un examen que decidía su destino.

Por supuesto que la mayoría de los profesores no utilizan los textos de esta manera. Y también es verdad que hay libros de texto que incluyen un material interesante. Pero estos textos pueden servir de consulta al profesor y no sustituirlo. Es el profesor quien debe organizar el proceso de aprendizaje, y para ello la acumulación –y compra- de libros de cada asignatura resulta, en el mejor de los casos, inútil, y en el peor, contraproducente. Todo ello sin contar con el esfuerzo económico que implica para el Estado o las familias o para ambos, según el caso, la dotación de libros para cada una de las materias y cada uno de los alumnos, aunque se pretenda aprovecharlos durante varios cursos. La lectura de textos es indispensable, pero textos de verdad y escogidos por el docente según las necesidades del grupo. Una biblioteca del centro y del aula bien dotada es capaz de sustituir con ventaja y menor coste esa multiplicidad de libros cuyo destino es ser usados más que leídos. Porque estos libros se utilizan habitualmente para realizar los ejercicios que el mismo libro incluye y la lectura se limita a la necesaria para resolver esos mismos ejercicios.

La sufrida educación española ha padecido recortes que han deteriorado su calidad, supuestamente porque era imposible financiarla. En lugar de ahorrar de esa manera podríamos seguir el consejo de Hernández Villaescusa y ahorrar educando.