Opinion · Otras miradas

Marcos Ana en el tiempo. El tiempo en Marcos Ana

Guillermo Gracia Santos

Juan Carlos García-Funes y Historiadores

Juan Carlos García-Funes y Guillermo Gracia Santos
Historiadores

Marcos se ha ido. Y nos ha dejado en tiempos extraños. A nuestros teléfonos están llegando constantemente fotografías suyas, muchas con fragmentos de sus poemas. Las nuevas tecnologías, más allá de tecnofilias o tecnofobias, siguen moldeando nuestros hábitos. Hoy, sentimos con emoción intercambiarnos su rostro y sus versos tan instantáneamente. Más aún, sabiendo que muchos de esos versos, en su momento salieron clandestinamente, se distribuyeron y se tradujeron mundialmente gracias a la labor cómplice de sus camaradas de partido, compañeros, amigos y luchadores por la libertad de los presos y presas antifascistas.

La muerte de Marcos Ana nos ha hecho reflexionar sobre la subjetividad del paso del tiempo: ¿cuántas cosas suceden en 23 años de libertad?, ¿cuántas suceden en 23 años de cautividad?, ¿cómo sintió Marcos el paso y el peso de cada una de las 24 horas de cada uno de esos años?, ¿cómo las vivimos nosotros? Ver su imagen enviarse y reenviarse estos días, en un trasiego veloz pero que cada vez será más pausado, hasta detenerse, nos ha hecho recordar el momento que relata en sus memorias sobre el valor de una imagen tras ser torturado. «Bajo la tortura, y para poder resistir todo el dolor físico y psicológico sin doblarse, juega un papel muy importante la imaginación y la capacidad para representarte el futuro», escribió. Solo, aislado, buscando sus carceleros que el desmoronamiento fuera lo único que lo invadiera. Él, tratando que el dolor no impregnara su lucidez, tratando de atisbar si sería capaz de resistir a las próximas torturas y no delatar a sus compañeros. Tirado en la manta de aquel calabozo de Porlier, una mano furtiva anónima dejó caer un fragmento de un libro que mostraba un retrato de Lenin. Fotografía que en las tinieblas del dolor ilimitado abrió el butrón mental que le mantuvo en el «nosotros», en el saberse acompañado; acompasado en la inquebrantable voluntad de resistencia de quien le pasó el retrato, de quienes fuera anhelaban y anhelarían leer sus versos por su boca recitados. Bien explicaba en sus memorias, brillantemente, el componente de misticismo revolucionario que rodeaba esta herramienta de lucha contra la aceptación de una derrota que se resistía a ser total.

Al recuerdo nos ha venido ese momento que relataba. Recibimos imágenes de Marcos, recordamos su alerta frente al misticismo, pero no nos encontramos en esa manta, ni en ese calabozo. Y somos de los que nos negamos a aceptar un aspecto dramático del tiempo que nos ha tocado vivir: la banalización del terror, la altivez de quien desconoce los sacrificios de quienes tiempo atrás dieron su juventud y lo mejor de sus vidas por forjar un futuro mejor a las generaciones venideras, el cinismo de los que utilizarán la falacia de la Causa General franquista para ennegrecer su recuerdo. Lo importante estos días ya no son sólo estas imágenes que nos llegan. Tampoco recordar los fugaces momentos que pasamos con él. Es la palabra escrita, la que se mantiene incólume en su obra, la trascendencia de su memoria. Sus experiencias vividas y transmitidas, que rellenan los huecos abismales que la documentación jamás podrá iluminar. Su obra escrita inmortal que nos regaló un torrente de dignidad y resistencia.