Opinion · Otras miradas

Un lavado rosa para la ‘Europa fortaleza’

Jon S. Rodríguez
Asesor de Izquierda Unida en el Parlamento Europeo en materia de migraciones

Tras décadas de lucha por el derecho a la libre vivencia de las identidades sexuales y de género, es innegable que el movimiento LGTBi ha conseguido numerosos avances en diferentes lugares del mundo. Las personas que nos identificamos y socializamos como lesbianas, gays, maricas, trans, o cualquier otro de los términos que suponen romper con la norma cis y hetetero-normativa tenemos hoy en el Estado español una vida con unos niveles de violencia y opresión cotidianas que, aún existentes y presentes, son muy inferiores a los de nuestras mayores. Sin embargo, se está dando la perversión de que estos avances han sido y están siendo utilizados por sectores conservadores para promover la normatividad en un fenómeno de cooptación que conocemos como pinkwashing.

Se trata de eliminar el cuestionamiento de las estructuras sociales y políticas que se hacía desde el movimiento LGTBi para proteger el modelo heteropatriarcal que sustenta un sistema social y económico basado en la perpetuación del privilegio masculino cisgénero.

Es importante que seamos conscientes de la importancia de este concepto, el de pinkwashing, que nace de la lucha contra el colonialismo. Empieza a extenderse gracias a las compañeras y compañeros del activismo LGTBi palestino que, a través de organizaciones como al-Qaws, denuncian la instrumentalización que hace el Estado sionista de sus derechos, promocionando una imagen internacional de defensor de los mismos.

Sin embargo, esto no es más que un mecanismo para hacerse un lavado de cara y ocultar así las violaciones sistemáticas de derechos de la población palestina, incluidas las palestinas y palestinos cuya orientación sexual o identidad de género difiere de la norma.

El colonialismo, como estructura de poder, debe ser cuestionado desde una perspectiva feminista y LGTBi, y el Estado sionista ha hecho todo lo posible por romper los lazos de solidaridad y dificultar aún más la vida de las personas LGTBi palestinas.

Académicas y académicos que han teorizado el concepto de pinkwashing como Jasbir Puar o Joseph Massad, hablan de la promoción y universalización de una “identidad gay” asociada a una masculinidad normativa; a valores conservadores sobre la familia y el matrimonio; a posiciones políticas liberales; y, sobre todo, a una identificación cultural con Occidente.

Esto obvia la enorme diversidad de identidades, experiencias e identificaciones culturales de las personas no cisgénero y/o no heterosexuales, al tiempo que permite que desde las instituciones y los poderes fácticos se venda una imagen progresista, mientras se sigue aplicando discriminación y violencia contra quienes no quieren o pueden ser parte de las estructuras de poder hetero y ciscéntricas.

La Unión Europea vive hoy una situación excepcional de xenofobia institucional, en la que las instituciones comunitarias y los gobiernos de los Estados miembros están respondiendo al mayor desplazamiento de población desde la Segunda Guerra Mundial con unos niveles de violencia desmesurados. Conservadores, socialdemócratas y liberales están respondiendo al auge de la extrema derecha con políticas racistas y xenófobas propias de la extrema derecha, para poder competir con ella en lo electoral.

En los últimos dos años los socios de la gran coalición están tolerando todo y el mejor ejemplo de esto es el primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, quien no ha tenido reparos en decir que “Europa y su cultura están siendo atacadas por los inmigrantes musulmanes”. En torno a esta idea, que está más extendida de lo que podamos pensar, se ha elaborado un discurso dicotómico igual de perverso que aceptado por una mayoría en Occidente.

Numerosos dirigentes europeos están justificando sus políticas racistas y xenófobas con las personas refugiadas y migrantes como una forma de proteger los derechos de las personas LGTBi de la Unión Europea. Sin embargo, estos mismos personajes públicos mantienen una posición de paternalismo insultante con las personas LGTBi venidas de fuera, cuando no un silencio cómplice.

Es decir, la Unión Europea está llevando a cabo una operación de pinkwashing por la que, como el Estado de Israel, justifica la violación de los derechos humanos en sus fronteras con una hipotética protección y defensa de los derechos de las personas LGTBi.

En esta espiral hipócrita y cínica de los socios de la gran coalición también tiene cabida la ultraderecha. Partidos como el Frente Nacional de Marine Le Pen o el Partido de la Libertad de Geert Wilders han promocionado a dirigentes homosexuales en su proceso de presentarse como aceptables para la mayoría de la sociedad. Esta estrategia también la observamos en el UKIP británico, con su eurodiputado y líder de la formación en Escocia, David Coburn, a la cabeza, quien recientemente declaró que entre las personas que están llegando a nuestras costas hay muchos a los que les gustaría lapidarle.

Al igual que los partidos, los movimientos de extrema derecha están siguiendo la misma estrategia. Lo vemos en hechos como que la English Defence League haya inaugurado una sección gay, o en las declaraciones de la número dos de los fascistas alemanes de Pegida, Tatjana Festerling, que denunció en televisión que la política de asilo europea está poniendo a los gays europeos en peligro.

La idea que subyace la promovió en a finales de los noventa el político xenófobo y liberal holandés Pim Fortuyn al decir que la igualdad de derechos es un “valor europeo” que podría verse amenazado por las personas extranjeras, particularmente las musulmanas. Y esta idea ha terminado calando hondo en más partes de las que pensamos. Así, la exministra de Interior austriaca, Johanna Mikl-Leitner, del Partido Popular, puso como excusa para cerrar la ruta de los Balcanes las diferencias en cuanto a valores -incluidos los derechos LGTBi- con las personas refugiadas.

Como decimos, los socios de la gran coalición que gobierna la Unión Europea defienden con gran vehemencia de cara al público la igualdad. Sin embargo, de puertas para adentro, su política migratoria está orientada en el sentido contrario, ya que las reformas que están hoy encima de la mesa ponen en serio riesgo que las personas perseguidas por cuestión de orientación sexual o identidad de género puedan solicitar asilo en la Unión Europea.

Un ejemplo sería la denominada “lista de países seguros”, una clasificación con la que las autoridades europeas excluirán del derecho de asilo a personas provenientes de lugares que la propia UE considera seguros. Ucrania y Turquía forman parte de esta lista, dos estados donde las personas LGTBi jamás podrán encontrar un espacio seguro por su orientación sexual o identidad de género, por mucho que la Unión Europea los considere “países seguros”.

A esto hay que añadirle otras dos medidas concretas que está planteando Bruselas: acotar el número de personas que pueden entrar en la Unión Europea mediante cupos anuales y reducir el concepto de asilo a aquellas personas que huyen de un conflicto armado. Es decir, se reduce la política de asilo a dar refugio única y exclusivamente a aquellas personas que huyen de una guerra.

De este modo, la opinión y las vivencias de las personas migrantes y refugiadas no heterosexuales o cisgénero son sistemáticamente ignoradas a la hora de diseñar políticas referentes a ellas. Desde las supuestas pruebas para demostrar, por ejemplo, su orientación sexual -que son todo un ejercicio de violencia-, hasta los materiales de promoción de la diversidad y la igualdad destinadas a población migrante. Nada se ha hecho con ellas.

Quienes piden asilo por motivos de persecución en base a su orientación sexual o identidad de género no sólo ven sus derechos recortados, junto al resto de personas refugiadas, sino que se enfrentan además a humillantes pruebas para demostrar la veracidad de sus palabras, habiéndose denunciado numerosos casos de maltrato por parte de las autoridades europeas. En el Estado español tenemos el caso de la camerunesa Christelle Nangnou, retenida durante 24 días en el Aeropuerto de Barajas por la Guardia Civil, que intentó expulsarla de vuelta a Camerún hasta en tres ocasiones, y llegando incluso a provocarle lesiones. En su país de origen, su vida corría peligro al haber publicado un periódico su imagen señalándola como lesbiana.

Las políticas exteriores y migratorias de los socios de la gran coalición europea también tienen consecuencias directas sobre las vidas de las personas no heterosexuales y/o cisgénero de terceros países. A través de una medida como el vergonzoso Acuerdo UE-Turquía se pone freno al derecho al asilo y se condena a miles de personas a no poder huir de las bombas o a vivir una vida de miseria y explotación en los países de tránsito. Si miramos esta realidad desde una perspectiva LGTBi, nos encontraremos casos como el del joven gay sirio Mohamed Sankari, que quedó atrapado en Estambul debido a la decisión política de las autoridades europeas.

Mohamed había denunciado ante organizaciones LGTBi turcas en diferentes ocasiones estar sufriendo amenazas y haber sido violado en una ocasión. Las autoridades no atendieron sus denuncias y Mohamed desapareció en agosto del año pasado. Fue hallado varias semanas después decapitado. Su cuerpo estaba tan mutilado que sus amigos sólo pudieron identificarle por la ropa. Quienes le identificaron fueron sus tres compañeros de piso, también homosexuales y también sirios, que viven en Turquía aterrorizados, afirmando que los secuestros, las palizas y las violaciones son algo que se ha convertido en diario.

El discurso que hoy usa, con diferente vocabulario, tanto la extrema derecha como la gran coalición en Europa, es heredero directo de la ideología colonial. La definición de la igualdad como un principio europeo contrapuesto a las realidades de otros contextos, ignora la realidad LGTBifóbica actual e histórica de las sociedades europeas, y es profundamente xenófoba.

La homofobia, la bifobia, y la transfobia son fenómenos globales, y cada realidad cultural cuenta con diferentes experiencias de resistencia a esta discriminación, que no es posible romper sin un cuestionamiento real del sistema. No es casual que, hablando como en este caso de las políticas migratorias de la Unión Europea, sea imposible separar los intereses económicos de las empresas que se benefician de la explotación de estas personas, las relaciones coloniales de Europa con los países de su alrededor, y la discriminación LGTBifóbica.

Las personas que no cabemos en la cis- y heteronormatividad, hemos sido capaces de tejer alianzas de solidaridad en diferentes espacios. Es urgente que sigamos creando nuevas redes y que reforcemos nuestra lucha contra la xenofobia y la política colonial. Para eso es imprescindible que las personas LGTBi de Occidente seamos capaces de analizar y cuestionar las relaciones de poder que genera el modelo político y social hegemónico y que podamos mirar a nuestros compañeros y compañeras de otros contextos de igual a igual y sin imposiciones. Esto, precisamente, significa luchar contra unas políticas migratorias y de asilo que nos utilizan para justificar el plan xénofobo de la Europa fortaleza.