Opinion · Otras miradas

Los que ponen las tiritas a un sistema gravemente herido

Lucila Rodríguez-Alarcón
Directora de la Fundación porCausa de investigación y periodismo.

Refugiados lleva habiendo muchos años. El campo de refugiados más grande del mundo está en Kenia y fue creado en 1991. El más antiguo se sitúa en la franja de Gaza y fue construido en 1948. Lo que es bastante novedoso es que los refugiados, en cantidades millonarias, se agolpen en las fronteras de Europa.

Al empezar la guerra en Siria, la población empezó a huir en masa y pilló a Europa desprevenida. Ni el Gobierno de la Unión Europea, ni las agencias de la ONU, ni las grandes ONGs se imaginaron que esto se iba a convertir en una de las mayores crisis humanas de la historia. Y siguen perdidos.

Sin embargo, esta situación ha generado una oleada de ciudadanos europeos independientes que se ha volcado con toda esta gente, abandonada a su suerte por un sistema paralizado por el miedo al cambio y a lo desconocido.

Estos días visitan Madrid una pareja de voluntarios españoles independientes que llevan muchos meses en Atenas atendiendo a grupos de refugiados. Empezaron trabajando en los campos. Me contaban como a las 5 de la tarde todas las organizaciones oficiales se van y solo permanecen los voluntarios independientes que se quedan a dormir por turnos. Atienden partos y emergencias nocturnas, porque la vida no tiene horario. Pero también son un habitante más. Rompen el binomio del Nosotros / Los Otros y se funden en un único nosotros.

Mis voluntarios se quedaron sin campamento en julio de 2016. Estaban en Pireo, un campo al borde del mar que fue desmontado por las autoridades griegas porque se veía desde los cruceros que atracaban en el puerto. El cierre de Pireo dejó a varios miles de personas en la calle, tal cual, sin protección, sin comida, sin techo, sin baño. Me contaban cómo, cuando llegaron las excavadoras a llevarse por delante el campamento, los trabajadores de algunas oenegés miraban desde fuera, mientras que los voluntarios independientes se enfrentaban a las máquinas sin ningún éxito.

Ahora que no existe el Pireo, todo el trabajo se hace en la ciudad. La situación en Atenas es apocalíptica. Los sitios oficiales de ayuda están absolutamente desbordados y los niveles de vulnerabilidad de los refugiados son altísimos. El trabajo que hacen estos voluntarios independientes es enorme. El sistema se ha colapsado pero esta gente funciona y es útil porque ellos están fuera, como los refugiados.

El voluntariado ciudadano tiene, sin embargo, grandes riesgos. El principal de ellos es la falta de profesionalización. Mis voluntarios están en España haciéndose pruebas médicas que no diagnostican ninguna enfermedad porque, en realidad, lo que tienen es un fuerte estrés ya que la cabeza no aguanta tanta crudeza.

Además, la falta de recursos económicos contribuye a que todo resulte más complicado, y el problema parezca más grande. Y eso sin contar que están creciendo las pequeñas oenegés como champiñones, y algunas de ellas hacen trabajos de dudoso interés real, consumiendo recursos que se podrían utilizar con una mejor estrategia.

Este boom de solidaridad ciudadana es la prueba de que la humanidad puede triunfar sobre el horror. Nos recuerda de dónde venimos y cuál es la esencia misma de la generosidad hacia el de al lado. Así fueron los orígenes de todas las organizaciones que hoy, mal que les pese, forman parte del sistema roto.