Otras miradas

Cambio de hora. Robo al tiempo

Andrés Piqueras

Profesor Titular de la Universidad Jaume I de Castelló e Investigador de l’Observatorio Internacional de la Crisis

Andrés Piqueras
Profesor Titular de la Universidad Jaume I de Castelló e Investigador de l'Observatorio Internacional de la Crisis

El tiempo como dimensión esencial de las relaciones de poder, ha estado marcado a lo largo de la existencia del capitalismo por una tensión permanente. Este modo de producción se ha denodado por convertir los tiempos de los seres humanos y de la Naturaleza en un tiempo para el beneficio. Dinámica que ha trazado una contradictoria relación entre la producción del tiempo del capital y la reproducción del tiempo de vida. Un tiempo de vida que deja de ser nuestro al venderlo a cambio de un salario, por lo que ya sólo podemos hacer con él lo que quien nos lo ha comprado nos ordene.

Por eso, para el Capital la cuestión clave es extraer el máximo rendimiento del tiempo comprado. Ya no sólo se trata de evitar a toda costa los tiempos muertos (fordismo-tylorismo), ni siquiera de no tener trabajo contratado que no esté rindiendo al máximo (toyotismo). El objetivo del capitalismo actual es una disponibilidad permanente de la fuerza de trabajo cómo y cuándo se requiera, así como una multifuncionalidad de la misma en cada instante; pero sin que esa disponibilidad de tiempo sea traducida en salario: esta es la base de la llamada "economía gig".

La contrapartida de todo ello es una pobreza de tiempo para las personas. Unas porque cada vez tienen que vender más parte de su tiempo de vida a través del empleo. Otras, sobre todo mujeres, porque su tiempo está cada vez más destinado a sostener al trabajo asalariado (según el salario se contrae y se hace más raro), viéndose forzadas a romper su propio ciclo vital.

El último eslabón radica en subordinar el tiempo de la Naturaleza al del capital. No sólo dominarla en su dimensión físico-espacial, sino también temporal, para hacer de ella una naturaleza abstracta, convertida en mercancía, y así conseguir unificar sus ritmos con los del trabajo generador de plusvalía.

Tengamos en cuenta que mientras que el tiempo asalariado es lineal y viene marcado por el reloj, el tiempo de la reproducción social está basado en ritmos y patrones recurrentes de actividades que son a menudo cíclicas, basadas en la propia actividad más que en el reloj y que dependen a menudo de la Naturaleza.

Por eso, para lograr la total sumisión a los tiempos del capital, es tan importante manipular el tiempo natural, para mantener la ilusión de que se le puede trascender.

Esta semana nos vuelven a manipular el tiempo. Nos quitan una hora de vida, nos trastocan todos nuestros ritmos vitales y sociales, y nos ponen a dos por encima del tiempo solar ancestral. Para ahorrar energía, dicen. Si se tratara de eso dejarían de promocionar la obsolescencia programada de las mercancías, la fabricación de productos de usar y tirar, la prohibición a las personas de aprovechar la energía solar (para que las grandes compañías eléctricas se sigan forrando a nuestra costa), dejarían de fabricar coches a gasolina y de promocionar el coche en vez del transporte público, dejarían de producir cosas cuya única utilidad es que los capitalistas sigan obteniendo beneficios, etc., etc.

No. Se trata más bien de exhibir el dominio del capital sobre del tiempo de los seres humanos, sobre el conjunto de su vida. Y al hacerlo demuestran que lo "natural" es también social, al igual que la economía es política.

Cuantas más disposiciones de control, regulación, supervisión y vigilancia nos pongan y no nos rebelemos, más llegaremos a la autovigilancia, al autocontrol, a la autodenuncia, a la efectiva disponibilidad entera de nuestras vidas a los requerimientos del capital. Hoy utilizan la propia amenaza terrorista que han creado ellos mismos, como forma de consenso de muchas de esas medidas. Para que las aceptemos "por nuestra seguridad".

Hay lugares, sin embargo, en donde todavía ese autodisciplinamiento no ha calado tan hondo. Así por ejemplo, cuando el Estado mexicano promulgó el cambio de hora en aquel país, pueblos zapotecos de la sierra de Oaxaca, igual que comunidades de otros lugares, declararon su insumisión a tal medida. Unos y otras seguirían llevando la hora solar, la que rige los ciclos de la Naturaleza.

Los europeos en cambio, mucho más disciplinados por las revoluciones industriales al tiempo lineal del reloj, aceptamos sumisos los cambios de hora, como aceptamos la exculpación de nuestras Infantas, y la sustracción del tiempo de vida a cambio de un salario que cada vez da menos para vivir. El empresariado, no contento con eso, apoyado por algunos gobiernos autonómicos como el balear y el valenciano, presiona para que nos mantengamos dos horas por encima del sol, forzando si pudiera la propia rotación de la tierra.

¡Cuánto le gustaría a nuestra clase capitalista que la jornada laboral pudiese llegar a las 24 horas!