Otras miradas

‘Thirteen reasons why’ y cinco lecciones personales sobre el bullying

Virginia Perez Alonso

Adjunta a la directora de ‘Público’

Virginia Perez Alonso
Adjunta a la directora de 'Público'

Hace unos años viví de cerca un caso de bullying infantil. Aprendí mucho, a mi pesar. Lo primero, que el niño acosado es el más vulnerable de toda la cadena; algo que parece muy obvio, pero que luego en la práctica no lo es tanto. Eso supone que hay que protegerlo contra viento y marea, porque en esa cadena habrá quienes intenten defenderse a sí mismos caiga quien caiga. Y ese ‘caiga quien caiga’ incluye, sin dudarlo, al niño acosado.

Lo segundo que aprendí es que es difícil prototipar el acoso, o más bien, las percepciones del niño acosado. Los acosadores suelen estar cortados por un patrón muy similar y actuar contra sus objetivos con unos esquemas bastante definidos. Sin embargo, su acoso puede ser percibido por los niños de tantas maneras como niños hay. Habrá chicos que ante ciertos comportamientos ni se inmuten y habrá otros que, ante exactamente los mismos comportamientos, vivirán un auténtico calvario.

Lo tercero, y también fundamental, es ser muy conscientes de que en el bullying en el ámbito escolar los acosadores son niños o adolescentes. Obviamente han de tomarse medidas para prevenir estas situaciones y, si se acaban produciendo, para corregir a estos chavales, pero nuestra obligación como adultos es tener siempre presente que son menores y que, como tales, no siempre miden las consecuencias de sus actos. Eso por no hablar de que en numerosas ocasiones estos chavales son víctimas directas de su entorno.

Hay otra cuarta lección esencial: la importancia de hablar a las claras con los niños del acoso, de sus consecuencias, de lo importante que es ponerse en el lugar de los demás, de que no todos somos iguales y por tanto no todos sentimos de la misma manera, de que tan respetables somos los unos como los otros, los ‘distintos’ al niño y los ‘iguales’; en definitiva, educar en la diversidad.

De la misma manera, para los chicos es vital también comprender que la presión del grupo y las inseguridades que derivan en cobardía pueden acabar dañando mucho a terceras personas y a ellos mismos. Más vital aún, por su propia seguridad emocional (presente y futura), es enseñarles a mantenerse al margen de personas/compañeros tóxicos, y por tanto, a detectar estos perfiles.

Mientras son niños, es relativamente fácil poner todo esto en práctica. Cuando entran en la adolescencia, la cosa se complica, porque lo que sale de nuestras bocas como adultos (sea cual sea nuestro papel: padres, madres, abuelos, tíos o profesores), ellos suelen recibirlo como la ‘chapa’ del momento, la charlita de turno, y automáticamente queda archivado en su cajón de naderías.

A medida que iba viendo Thirteen reasons why quedaba más convencida de que es una herramienta muy útil para que los chicos en edad adolescente comprendan el alcance de algunas de sus acciones. Y, en el mismo nivel de importancia, para que los adultos nos demos de bruces con una realidad: la mayor parte de las veces estamos ‘a por uvas’ en lo que respecta a la cotidianidad de nuestros hijos fuera del entorno familiar.

Y por eso me ha resultado tan sorprendente el revuelo levantado y las críticas que ha suscitado: que si promueve el suicidio (¿?) o no disuade a eventuales suicidas de hacerlo, que si es demasiado explícita (muestra una agresión sexual y la imagen de una niña bañada en sangre...), que si no es el formato para poner sobre la mesa el tema del bullying...

La serie (imagino que a estas alturas todos conocéis de sobra el argumento; si no es así, aquí os dejo esta sinopsis) narra los motivos que llevan a una chica a suicidarse tras sentirse perseguida y acosada de diferentes maneras por chavales de su instituto. A mi juicio, es un relato realista (a la americana) y centrado en la dificultad (lógica) de los chicos de estas edades para manejar sus sentimientos.

Entra de lleno, de una manera natural pero sin tapujos, en la forma de desenvolverse en el mundo de los chavales de hoy, en las relaciones que se establecen entre ellos, en el machismo, en la cosificación de la mujer, en el limbo en que viven los adultos a su alrededor, en la manera de afrontar las primeras relaciones sexuales, en las inseguridades de todos ellos y en sus maneras de taparlas, en la diversidad tanto emocional como sexual, en la aparente falta de sensibilidad con la que afrontan ciertos asuntos y en cómo su entorno adulto es incapaz de llegar al fondo de esa apariencia...

A ellos los conecta de inmediato con la realidad que viven. Y a nosotros también, con la suya. Por eso veo esta serie como un magnífico punto de partida para iniciar una conversación interesante con los chicos, ya sea en casa, ya sea en el instituto, y a mi juicio debería ser de obligado visionado para adolescentes en los centros escolares y objeto de debate en las tutorías o asignaturas correspondientes.

Como padres de menores somos responsables de lo que ven y, por tanto, debemos intuir o saber qué contenidos pueden o no ser perjudiciales para ellos en ciertos momentos. Dando esto por asumido (y también que desconocemos mucho del contenido audiovisual al que tienen acceso ahora de manera indiscriminada), a quienes critican las escenas explícitas de la serie les recomiendo que se den una vuelta por los vídeos que ven sus retoños a diario o por ciertas películas calificadas como aptas para todos los públicos. A quienes creen que se presenta el suicidio como algo romántico o justificado y que puede incitar a chavales a cometerlo, sólo puedo decirles que podemos empeñarnos en meterlos en una burbuja, pero que esa burbuja no los protege ni protegerá de la realidad que ellos viven cada día, que es, sin duda, más explícita que cualquier serie.

Más allá de series y películas, el bullying ocurre; el suicidio también. Pretender lo contrario e intentar taparlo ante nuestros hijos sólo los convertirá en personas más vulnerables, en unos casos; y en cómplices, en otros. Y a nosotros, los adultos, en ignorantes voluntarios de circunstancias que nuestra responsabilidad debería obligarnos a atender y en vertebradores de una sociedad ñoña y pusilánime.