Opinion · Otras miradas

¿Hegemonía en la izquierda o en el país?

Javier Franzé

Profesor de Teoría Política, Universidad Complutense de Madrid

Javier Franzé
Profesor de Teoría Política, Universidad Complutense de Madrid

La victoria de Pedro Sánchez en las primarias del PSOE puede entenderse como un hito más de la tendencia principal de la política española de los últimos años: la creciente demanda de mayoría de edad de la sociedad civil. La protesta por la Guerra de Irak, el castigo electoral al PP en 2004 por la manipulación de los atentados de Atocha, y el 15M, son algunos de los jalones precedentes. Todas estas movilizaciones, no casualmente, se produjeron de abajo arriba, organizadas por la propia sociedad civil a través de sus movimientos, en un país acostumbrado a movilizarse cuando el Estado lo convocaba.

Es un modo de poner fin a un rasgo clave de la Transición: la política cupular, la notable separación entre clase dirigente y gobernados, según la cual los asuntos públicos son cuestión de los políticos. Esto permitió la reificación de la clase política de la Transición, pero también la actual crítica de las élites.

La impotencia política de estas élites, expresada de modo inmejorable en el editorial de El País sobre la victoria de Sánchez, radica en su incapacidad para entender que se asiste a un reimpulso de la democracia, lo que insisten en ver como un alocado salto al vacío. Se expresa sobre todo no en su secreta inquietud ante esa tendencia, sino en su incapacidad para neutralizarla apropiándose de alguna de sus banderas. Son elites débiles porque no pueden ensayar ni un mínimo de transformismo.

La victoria de Sánchez no expresa algo radicalmente nuevo. Cada vez que la militancia socialista ha podido expresarse directa o indirectamente en unas internas ha elegido al candidato más progresista y opuesto al aparato: Borrell, Zapatero y ahora Sánchez. También Borrell fue derrocado por el aparato, como Sánchez en octubre. El mayor impacto de este último hecho quizá sea síntoma de esa tendencia al mayor protagonismo de la sociedad civil.

Si en el campo de las fuerzas transformadoras esta victoria es vista exclusivamente como la de Pedro Sánchez, se verá poco y lo menos importante de cara a un proyecto de transformación. Esta victoria es “la rebelión del coro”, como se ha escrito. El coro ya no quiere serlo. Ahí está la clave.

Por lo tanto, esa voluntad de protagonismo debe ser acompañada y cuidada por esas otras fuerzas, sobremanera si se entiende que el problema de España es la oligarquización del poder. Lo contrario equivaldría a dejar esa voluntad incipiente a merced de la llamada “trama”. Más iluso es pensar que esa voluntad será seducida a golpe de regaño. Interpelar no es interrogar.

En ese sentido, no es momento de preguntarse quién tendrá la hegemonía “de la izquierda”, ni de guiar la propia política en esa dirección. Se trata de pensar qué metas reúnen a las distintas bases y sensibilidades que conforman esa voluntad transformadora transversal que ya está actuando, y llevarlas adelante. El pivote de la política está así en la voluntad de esas bases, no en la astucia táctica de las elites y los aparatos en su lucha por la hegemonía de una parcela.

La nueva política no significa glorificar al pueblo per se. Es más bien al revés: la nueva política es posible porque se está constituyendo un sujeto político nuevo, capaz de emanciparse de las dirigencias que lo tratan como menor de edad. De todas ellas.

El debate sobre la moción de censura condensa esas tensiones entre tendencias nuevas y viejas. Hacer la propuesta sin subordinarla a la posibilidad de ganar es poner la ética política, la deliberación y la democracia como metas para que esa nueva mayoría social converja. Ofertar al PSOE retirarla si presenta una, cuando en esa formación se está manifestando una voluntad de base aun débil y precaria, es privilegiar la lucha por la parcela. Del mismo modo, la propuesta de Compromís de retirar la moción para elaborar una conjunta con el PSOE, al darle tiempo a esta formación para reorganizarse, va en la buena dirección. El modo de presentarla parece vieja política porque ni siquiera sabe disimular (como recomendaba Maquiavelo) los intereses de partido en un territorio.

No se trata de que las legítimas aspiraciones de partido no deban ser contradictorias con esas bases que convergen. Se trata de que esos intereses de partido, precisamente porque el coro ya no quiere ser tal, no resultarán útiles electoralmente si obstaculizan la construcción de un nuevo sujeto transformador. El terreno de la hegemonía es el todo, no la parte.