Otras miradas

Seamos serios, que estoy enfermo

Javier González Caballero

Consultor financiero

Javier González Caballero
Consultor financiero

Ya llevo leídos dos artículos del señor Juan Ramón Rallo, y al terminar cada uno de ellos, cuando pude volver en mí, me llevó varios minutos recobrar la humedad normal de mis córneas y aflojar los músculos faciales que habían mantenido altas mis cejas. El primero acabó en mi pantalla gracias a alguien que me aseguró que no me lo podía perder, tal era el poder de persuasión de su pedagogía, que aquella vez trataba sobre la conveniencia de eliminar las puertas giratorias. Decía allí el doctor que la mejor forma de evitar dichas puertas giratorias era quitarles el poder a los políticos, llegando a esta conclusión mediante una serie de reflexiones que sigue más o menos la misma lógica que la que subyace en cortarle la cabeza a quien tenga jaqueca, o suprimir la propiedad privada porque se cometen robos.

Quitémosles el poder a los políticos, vaciemos de contenido su mandato popular y así no se meterán en los líos en los que se meten. O, puestos a ir a por todas y ya que parece que por el momento no hay manera de librarse de ellos, sueño último viejoliberal, que los nombren los presidentes de las empresas (de las más grandes que, si no, es un jaleo). Venía a hacernos ver, para engorde del pasmo de los no devotos, lo molesto que es esto de la democracia, habida cuenta de lo bien que se vive sin el incordio de los votos, sin la serpiente estatal que arruinó la paz del Edén privado. Aún hoy se busca el respeto a sus lectores, pero cuentan que se le vio perdido en una puerta giratoria, dando una vuelta tras otra sin poder encontrar la salida.

Con el segundo artículo tropecé (y caí) el pasado lunes. Esta vez el objeto de su docencia era la elección entre un modelo de hospitales públicos y otro de público-privados. Pronto dejaba claro que su opción preferida no sería ni una ni otra. «Defiendo una alternativa genuinamente privada: un mercado libre, transparente, abierto a la competencia y sin interferencias gubernamentales constituye el marco institucional óptimo para lograr tanto una mejora continuada de la calidad cuanto una reducción progresiva de los costes». La frase es de Juan Ramón Rallo (que me parta un), pero el pensamiento de fondo es el clásico según el cual, desde la atalaya ideológica del dogmatismo que cimenta la reiteración de una idea, lo gestionado desde lo privado es bueno, eficiente y razonable, mientras que lo gestionado desde lo público es malo, ineficiente e irracional.

Vamos a ver primero algunos datos de costes, sacados todos de las Estadísticas Sanitarias Mundiales de 2014 (no he encontrado otros más recientes) de la Organización Mundial de la Salud y del estudio que publica la International Federation of Health Plans, formada por compañías relacionadas con la salud de veinticinco países. Comparamos Estados Unidos y España como modelos opuestos de gestión sanitaria: uno privado en líneas generales, y otro, público en líneas generales.

- Gasto total en salud, porcentaje del PIB: Estados Unidos, 17,7. España, 9,3.
- Gasto en salud per cápita (dólares): Estados Unidos, 8.467. España, 2.978.
- Coste medio de un día de estancia hospitalaria en Estados Unidos (dólares): 5.220. En España, 424.

Más costes: ¿te quieres quitar ese molesto apéndice inservible que se te ha infectado y hace que te retuerzas de dolor como si tuvieras que ver entera toda la sección de la pizarra de Juan Ramón Rallo en La Sexta Noche? Entonces prepara 15.930 dólares si vives en Estados Unidos, cantidad que pagará tu seguro privado a menos que seas alguna de esas 40 millones de personas que no tiene cobertura sanitaria en ese país, en cuyo caso ve pensando en cómo conseguir el dinero. Si eres español, tranquilo, no sólo estás cubierto porque así lo queremos la mayoría de los españoles, sino que el ineficiente Estado de Bienestar en el que vives, inconsciente parásito ibérico, ha conseguido que la misma operación básica tenga un coste de 2.003 dólares. ¿Qué me dices? ¿De verdad necesitas un bypass? Lo siento, American friend, pero el tema éste de seguir viviendo te costará, a ti o a tu seguro privado, más de 78.000 dólares de media. Amigo español, enhorabuena: en tu caso no llegará a 15.000. Ésta debe de ser la llamada eficiencia del libre mercado. O quizá ésta: el precio del medicamento de la hepatitis C, en Estados Unidos, es de unos 32.000 dólares. En España, 18.000. ¿Necesitas Avastin, un medicamento indicado para distintos tipos de cáncer? Entonces, paga 4.000 dólares si estás dentro del libre sistema americano, o 1.500 si eres una víctima del sistema extractor de España. ¿Tendrá algo que ver que un Estado como el español, que representa a 46 millones de personas, tenga un poder de negociación con las farmacéuticas mucho mayor que el que tienen en Estados Unidos aseguradora a aseguradora?

Bueno, vale, gastan más, mucho más. El mismo servicio es más caro. Mucho más caro. Pero es que tener un sistema mucho más eficiente y de mayor calidad gracias a la competencia y la ausencia de interferencias del Estado no sale barato. Sólo faltaría. Dejando de lado que haya o no cobertura universal, que eso es una minucia que se acepta como daño colateral de la impagable sensación de libertad individual, ahí están los datos (algunos), esta vez de resultados:

- Esperanza de vida al nacer: Estados Unidos, 79. España, 82.
- Médicos por cada 10.000 habitantes: Estados Unidos, 24,5. España, 37.
- Camas hospitalarias por cada 10.000 habitantes: Estados Unidos, 29. España, 31.
- Tasa de mortalidad infantil en menores de 5 años (por cada mil niños): Estados Unidos, 7. España, 5.
- Tasa de mortalidad materna (por cada 100.000 nacidos): Estados Unidos, 28. España, 4.

Cuánto más evidente sería esta diferencia de resultados si se lograra que todas las empresas pagaran los impuestos que deberían de acuerdo al principio de progresividad que me ha parecido leer en alguna Constitución, y si además se eliminara el fraude fiscal, es un dato que no he podido encontrar.

¿Dónde están en la práctica los beneficios que proclama la teoría hegemónica de la libre competencia y la privatización? ¿Por qué cuando se habla de sanidad se les olvida a sus partidarios que conseguir peores resultados con una inversión mayor es exactamente lo contrario de lo que ellos pretenden defender? Quizá la pregunta sea otra: ¿para quiénes es mejor un sistema privado? Allí al fondo levantan la mano aseguradoras y farmacéuticas.

Por favor, señores liberales de lo económico, dejen en paz la sanidad. Si no es por motivos éticos y humanos, que está visto que son criterios que no merecen su atención, juguemos en su campo y háganlo por los estadísticos. Fíjense en la realidad. Dejen de ignorar los datos y de repetir ideas falsas encaminadas al recorte de derechos y de bienes públicos a los que como país queremos seguir accediendo, sin renunciar a mejorarlos entre todos, y de los que estamos orgullosos.

El epílogo del artículo dice que «la sanidad es demasiado importante como para dejarla en manos de la demagogia política». Ojalá a todos nos lo pareciera como para no dejarla tampoco en manos de la demagogia económica.