Otras miradas

“Recordando a Juan Goytisolo desde EE.UU”

Linda Gould Levine

Catedrática emérita de español de Montclair State University (NJ) y autora de Juan Goytisolo: la destrucción creadora (Joaquín Mortiz) y dos ediciones críticas de Don Julián (Cátedra).

Linda Gould Levine
Catedrática emérita de español de Montclair State University (NJ) y autora de Juan Goytisolo: la destrucción creadora (Joaquín Mortiz) y dos ediciones críticas de Don Julián (Cátedra).

Conocí a Juan Goytisolo en el verano de 1971 en París. Él tenía 40 años y yo tenía 25.  Él acababa de publicar su novela monumental, Reivindicación del Conde don Julián y yo acababa de escogerlo como tema de mi tesis doctoral en Harvard University.  O más bien el tema me escogió a mí, a esta estudiante posgraduada que era yo, que leía como jamás había leído ninguna novela anterior las páginas desgarradoras, enigmáticas y violentas de Don Julián y sabía que tenía que descifrarlas, entregarme a ellas y seguir al seductor canto de sirenas por donde me llevara.  Desde el primer momento de nuestro encuentro, Juan demostró la calidad humana que le caracterizaría siempre.  No solo era generoso sino también transmitía dejos de timidez y un sentido exquisito del humor que nunca perdió.  

Al enterarme en París que iba a dictar un seminario sobre la novela española del siglo XX en la universidad de Nueva York en el otoño, ya comencé a planear mi estrategia.  ¿Quién mejor que el mismo autor para interrogar sobre las innumerables referencias literarias esparcidas por las páginas de Don Julián sin identificarse, sin distinguirse de la descripción de la realidad física en que se movía el narrador anónimo?  Así comenzó realmente mi relación de 46 años con Juan Goytisolo a cuya hora de oficina acudía cada semana del semestre de aquel otoño armada con mi ejemplar requetesubrayado de Don Julián, mis preguntas infinitas y mi profunda curiosidad por un autor que me regalaba con gran generosidad su tiempo y sus respuestas y que expresaba una mezcla de admiración y espanto ante los mil comentarios que había apuntado en los márgenes de su novela.  Y que siempre demostraba su gran sentido del humor hasta el punto de decirme cuando publiqué mi primer artículo sobre su ficción que no solo era famosa sino rica ya que me pagaron unas cuantas pesetas por mis palabras.

A lo largo de los años mis preguntas sobre la intertextualidad en Don Julián se convertían en conversaciones sobre las palabras en árabe en Juan sin tierra y Makbara, la obra del poeta Ibn Árabi en Las virtudes del pájaro solitario y La cuarentena, el feminismo enigmático de Ms. Lewin-Strauss en La saga de los Marx, Las semanas del jardín y Carajicomedia y el vaivén entre vida, muerte y ciberespacio en El exiliado de aquí y allá. De la misma manera, los encuentros en su oficina de NYU se convertían en reuniones y cenas en Montreal, Madrid, Almería, París, Santillana del Mar, Marraquech, Norwich y Montpellier y en llamadas telefónicas entre Nueva Jersey y Marraquech donde me hizo reír y sonreír con sus comentarios irónicos sobre la política actual y sus expresiones de cariño por sus nietos adoptivos.

Juan Goytisolo, a quien se le calificó en su momento como ‘gangster de la palabra,"  "écrivain maudit", "oveja negra" y "Juan sin tierra", era todo esto más el entrañable ser humano cuyos esfuerzos por lograr que la plaza Xemaá-el-Fná de Marraquech fuese designada Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad eran también indicación de su propia y más profunda humanidad.  Una humanidad que abarcaba no solo las peripecias de la vida y los abusos del poder sino también la desposesión de la vida y la vislumbre de la muerte. El escritor que penetró con tanta hondura en los recovecos del ser reflexionaba también en su obra tardía sobre los recovecos del no ser. "Luego la oscuridad se adensó y con ella el silencio.  Había vuelto a las entrañas de la materia sin saber el cómo, el porqué, el fin, la distancia, los ritmos", escribió al final de Telon de boca.  Ahora, al lado de su gran amigo Jean Genet, Juan Goytisolo ha vuelto a estas entrañas en el cementerio español de Larache. Sus palabras resuenan en una distancia tan, tan cercana que se dejan oír, anulando así con fuerza poética y humana el silencio de la muerte.