Opinion · Otra vuelta de tuerka

El último secretario general

La muerte de Santiago Carrillo me ha sorprendido en una reunión de comunistas. Acababa de tomar la palabra Yolanda Díaz, la candidata de la Syriza galega, en un comité de planificación de campaña en el que me tocaba actuar de asesor de comunicación. Yolanda, tras mirar el móvil, ha interrumpido su intervención diciendo “Ha muerto Carrillo” y un silencio de varios segundos se ha impuesto en la sala. No despertaba Carrillo muchas simpatías entre los presentes, pero una cosa son las simpatías y otra el respeto. Y si de algo fue siempre merecedor Santiago fue, precisamente, de respeto.

Le conocí hace menos de un año, cuando le entrevisté durante más de dos horas en su casa. Recuerdo que me conmovió el contraste entre su lucidez y su fragilidad física. Quizá la mía fue la última entrevista a Carrillo que repasó el conjunto de su trayectoria política. En su vivienda madrileña, un piso humilde cerca de Conde de Casal, comprobé que Santiago era lo que yo siempre consideré un comunista “de derechas”, pero un comunista al fin y al cabo que, a pesar de sus enormes claroscuros, siempre mantuvo una talla política gigantesca.

Hablé con él de muchas cosas, compartimos cigarros y algo más, una confianza mutua que me confirmó días después cuando me llamó por teléfono para nada en concreto; simplemente para seguir hablando de política.

Durante aquel encuentro le pregunté por su apuesta por la unidad de acción con los trotskistas, antes de que estos fueran condenados por el comunismo oficial; le pregunté también por la Junta de defensa de Madrid y me impresionó escucharle sin ambages que, a pesar de los desmanes injustificables de aquellas fechas, gracias a la determinación revolucionaria del pueblo en armas “salvamos Madrid”. Me conmovió escucharle reconocer que, tras saber que su padre era cómplice de la traición de Casado, lloró a lágrima viva. Hablamos del pacto Ribbentrop-Molotov, de la política de reconciliación, de Dolores, de Claudín y Semprún y comprobé que, en estos temas, Santiago seguía diciendo lo que siempre dijo. Hablamos de Suarez, de la bandera, del 23F, de que Tamames sabía, de su salida del partido que nunca le dejó de doler y del presente político de España.

La entrevista me sirvió para reafirmarme en que no estaba de acuerdo con él en muchas cosas, pero también me hizo admirarle. Créanme si les digo que siendo hijo de un militante del FRAP y habiendo militado donde milité, tiene su mérito admirar a Carrillo. Frente a Santiago descubrí que estaba ante al secretario general que condenó irremediablemente a la mediocridad a todos los secretarios generales que llegaron después. Nadie estuvo a su nivel.

Santiago pudo tener muchos defectos y es seguro que fue responsable de decisiones innobles contra otros comunistas, pero nunca fue un mediocre. En mi vida he tenido la oportunidad de conversar con figuras políticas prominentes que no puedo mencionar aquí, pero ninguna me hizo sentir el honor  y el privilegio histórico que sentí al conocer a Santiago.

Nadie ejerció con tanta altura la dignidad de ser Secretario General. A pesar de todo, Santiago era uno de los nuestros. Hasta siempre.