Día 4. En ocasiones veo científicos…


Tras seis días de navegación he descubierto que no estamos solos en el barco. Igual que en el Nostromo… hay otros pasajeros. ¿Aliens en el Jan Mayen? Esto se pone emocionante.

Los descubrí por casualidad anoche, mientras trataba de dormirme con el ronroneo de los motores diesel del barco.

Es como una canción de cuna de dos mil caballos de potencia a la que, por extraño que parezca, te acabas acostumbrando. Pero la nana-diesel fue sustituida por una canción que me sonaba bastante. Sin darme cuenta empecé a tararearla. Era el Comes a time de Neil Young.

¡Neil Young en el barco! Me levanté de la cama y me fui en busca del origen de la música. Mi sorpresa fue en aumento cuando me encontré en mitad del laboratorio del barco con un grupo de chicas, y un chico, españoles que me miraban sonrientes. Los misteriosos aliens eran los jóvenes científicos de la expedición, rodeados de probetas y chismes raros.

Su presencia en el barco es muy discreta, de ahí que no me hubiese dado cuenta antes de su existencia. Se levantan los primeros, se ponen a trabajar y se acuestan los últimos.

Todos tenemos el estereotipo del joven científico: es un chico inadaptado y desaliñado. Viste con la ropa que heredó de un primo que le sacaba dos cabezas, juega al ajedrez, no se corta las uñas y por supuesto, no se atreve  a hablar con las chicas.

Pues ese estereotipo ha muerto, amigos míos. Si no estuviésemos en un barco en mitad del Ártico pensaría que nuestros jóvenes científicos son un grupo de amigos a punto de irse al festival de Benicassim. Trabajan escuchando música, llevan piercings y apuesto que algún tatuaje (aunque el vestuario del Ártico no sea muy propicio para lucirlos)

Me gusta pensar que el futuro inmediato de nuestra ciencia está en manos de chavales así.

Me quedé un rato con ellos, interesándome por sus cosas. Siempre que les preguntaba cómo veían su futuro en el mundo de la investigación hacían lo mismo: resoplaban con un gesto de impotencia en la mirada.

Asumen en bloque que su futuro tras su post-doctorado pasa inevitablemente por irse al extranjero a buscar trabajo.

Si lo piensas un momento es algo inaceptable. Pagamos un montón de impuestos para su formación: Universidad, becas, etc… y después dejamos que otros países se aprovechen de esa formación.

No tiene sentido.

Me cuentan que los que tienen la suerte de optar a trabajar como becarios pueden llegar a los treinta y cuatro años sin haber cotizado ni un solo día a la seguridad social.

Repito: Son investigadores, científicos… los tipos que cambian el mundo…

Los que van a arreglar el desastre del cambio climático no son los tenistas, ni las tertulianas cocainómanas de la tele, ni por supuesto los banqueros… son las mujeres y hombres que se dedican a investigar. O al menos son los que van a descubrir las herramientas que las próximas generaciones tendrán que utilizar para arreglar el desastre que van a heredar.

Me dicen que se sienten un poco olvidados y poco valorados  Les cuesta explicarles a sus propios amigos que lo que hacen con sus  vidas es importante. Miran con cierta envidia a los estudiantes extranjeros con los que coinciden en alguna expedición: Los holandeses, daneses, americanos… Sus países les cuidan y les pagan bien. (Saben que van a exprimirles durante muchos años)

Sin embargo si les pregunto si cambiarían su situación por la tener   otro trabajo más “normal” y mejor pagado todos tardan una milésima de segundo en contestar con un rotundo: ¡NO!

Sus trabajos son vocacionales, y una vocación es muy difícil de doblegar. Sé de lo que hablo.

Otra cosa llamó mi atención. Una estadística reciente demuestra que ellas, la jóvenes científicas, son más numerosas que ellos durante la carrera. Después, tras el doctorado la presencia de las mujeres en la investigación se reduce drásticamente: ¿Por qué?

Os lo explico: cuando un chico termina su doctorado y tiene que irse dos años a Australia a terminar su especialización o embarcarse un año en un buque oceanográfico no pasa nada. Puede hacerlo. Si su chica o pareja le sigue, bien. Si no, también.

Pero si una científica le dice a su novio que se va a embarcar un año… la cosa cambia.

Muchas científicas, brillantes científicas, abandonan sus carreras, que hemos pagado todos nosotros, porque…

¡¡¡¡¡tienen un novio idiota!!!!!

Les pregunté al respecto a las científicas alienígenas y me respondían con resignación que sí, que ahora tenían 25 años, que su vida era la investigación y la ciencia, pero que tenían asumido que cuando tomasen la decisión de formar una familia tendrían que decirle adiós a la ciencia. Es un trabajo demasiado exigente y absorbente… para una mujer, claro.

Me fui indignado del laboratorio. Pensando lo injusto que era que nuestras mejores mentes no pudiesen desarrollar todo su potencial por culpa de un chantaje emocional o un embarazo mal calculado.

¿Y si una de ellas es la que acaba descubriendo la bacteria que se come las mareas negras? ¿O la que va a inventar los motores que funcionan con perejil?

Llegué al comedor del barco,  me tomé un capuccino de la máquina de café y me comí una galleta noruega con forma de reno.

Los noruegos son especialmente golosos y sus galletas son… cómo decirlo… llevan tanta mantequilla y azúcar que pueden llegar a ser alucinógenas. El subidón de azúcar fue inmediato… y me hizo ver la luz:

¡Debemos prohibir los novios idiotas de las jóvenes científicas brillantes!

Si pudimos erradicar el tabaco de los lugares públicos podemos hacer lo mismo con un grupo de novios rancios que están torpedeando el avance de la humanidad.

Cuando una estudiante se matricule en una carrera de ciencias debe jurar, con su mano derecha en el corazón y con la izquierda sobre El Origen de las especies, que jamás, bajo ningún concepto tendrá un novio idiota que no la deje embarcar en un buque oceanográfico o irse a investigar por el mundo mundial. Y en el legítimo caso de querer tener cachorros de humano, será él y sólo él el que se quede en casa mientras ella sigue investigando.

¿Con qué harán el capuccino en este barco?

Los jóvenes científicos de la expedición son:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Iñaki García Zarandona, 27 años, de Galdakao (BIÓLOGO).

Johana Holding,26 años, (Washington)(BIÓLOGA)

Lara Silvia García Corral,25 años (Madrid) (AMBIENTÓLOGA) Inés Mazarrasa,25 años (Santander). (BIÓLOGA)

Clara Gallego Urzaiz,24 años, (Sigüenza)(AMBIENTÓLOGA)

Seguid así, chicos. Aunque no os lo digamos muy a menudo, os necesitamos.

Keep on rockin´!!!!