Día 6. ¡¡Asturias a la vista!!


Si durante un viaje en barco; mientras contemplas el paisaje apoyado sobre la barandilla; piensas en que tienes que hacer la declaración de hacienda… quiere decir que el viaje ha terminado.

Ya estamos en el noveno día de navegación. Y se nota. Las carreras frenéticas que hacíamos desde la sala de trabajo hasta la proa cada vez que alguien gritaba ¡Un glaciar!¡Una morsa!¡¡¡UN OSO!!!.. han terminado.Ya no se oyen los enjambres de los “clic,clic,clic,clic,clic” de nuestras cámaras cada vez que nos plantábamos ante algún monumento esculpido por la naturaleza a golpe de milenio.  Ahora solo se oye algún “clic” perezoso del que saldrá una foto distraía y desmotivada, consciente de que nunca llegará ser salvapantallas. Las conversaciones de los primeros días,  atropelladas, entusiastas, nerviosas ante la incertidumbre del viaje que acababa de comenzar se van aletargando y dejan paso a territorios más reconocibles por todos: “Dame tu mail, tenemos que quedar cuando vayas a Madrid, como vea un salmón no sé lo que le hago…”

En cuanto a todo lo visto y aprendido… tengo una sensación extraña. Como de haber llegado tarde a una fiesta. Donde antes había gente bailando, riendo y coqueteando ahora solo hay silencio y los restos pringosos de los que se han ido. Y por mucho que espere con una copa, sin hielo, en la mano nadie va a volver a esta fiesta. Nadie vuelve a las fiestas que ya no son divertidas.

Todo lo que los científicos del barco nos han contado durante estos días sobre el Ártico se puede resumir en una palabra: CODICIA

El deshielo, que para unos significa catástrofe. Para otros, que a lo mejor son menos pero tienen más jardineros que mantener, significa más dinero.

La ecuación es tan simple que te sientes idiota al despejar la incógnita.

“Enhorabuena, Tom. Buen chico. Toma tu plátano”

Pero es así. Mientras todos mirábamos los paisajes árticos sin creernos del todo que estuviésemos allí había un montón de hombres de negocios frotándose las manos hasta que les dolían. Como si el calor que provocaban pudiese acelerar aún más el deshielo. Ni siquiera pueden a esperar a que eso ocurra. Los rusos están ampliando su flota de rompehielos nucleares de forma abrumadora. Cortarán el hielo como mantequilla y servirán de guías a los convoyes de cargeuros que les seguirán como una tétrica  caravana de pioneros hacia el oeste americano.

Lo peor de todo es que al final la destrucción de un ecosistema como el Ártico. Fauna marina, fauna terrestre, flora… y no nos olvidemos de los Inuits, una cultura de más de 4000 años de antigüedad. (Porque los osos polares molan, pero los Inuits son de los nuestros)solo va a servir para que alguien tenga más coches en su garaje. Nadie dice:

Eh, siento mucho más que vosotros lo del Ártico, pero si no busco petróleo en sus aguas echarán de la residencia a mi pobre madre enferma.

No. Es solo por amasar más y más dinero. Apelarán a la necesidad de la gente “normal” de tener asegurado el suministro energético, pero nadie ha preguntado a la gente “normal” si quiere seguir con el mismo modelo energético.

Como me temía, he recibido una paliza de realidad al bordo del Jan Mayen. Y una paliza de las que al día siguiente duelen más todavía. Porque en el barco no había líderes medioambientales mediáticos, ni se recitaron los mantras ecologistas que se repiten desde los setenta y , afortunadamente, nadie tocaba los bongos. Hemos navegado con hombres y mujeres de ciencia. Dicen lo que dicen porque lo han demostrado. Y todos coinciden en lo mismo:

Date prisa en besar a la chica que te gusta porque la fiesta se acaba y no la vas a volver a ver en tu vida.

Ahora bien, si ellos no arrojan la toalla… ¿quiénes somos nosotros para hacerlo?

Porque, no se cansan de repetirlo, somos nosotros; los ciudadanos, los que  tenemos la posibilidad de cambiar el guión de la película.

No hay que lanzar las llaves de nuestros coches al mar, ni renunciar a comprar esos chismes tecnológicos que tanto nos gustan. (Yo no pienso hacerlo)

Simplemente hay que bajar un poco el ritmo. Estamos corriendo un maratón sin haber entrenado.

Y ya sabemos lo que le pasó al bueno de Filípedes después de darse el carrerón desde Maratón a Atenas.

Tranquilicémonos, dejemos de correr, miremos a los carros de nuestras compras y respiremos con calma… contemos hasta diez… seguro que llegamos a interesantes conclusiones… ¿Para qué necesito veinte yogures de melocotón si no me he comido un melocotón fresco en mi vida?  Puede parecer una tontería de las mías. Vale, lo es. Pero creo que en esos pequeños detalles está el principio del gran cambio.

¿Utópico? Puede.

¿Ingenuo? Seguro.

Pero, amigos míos, o eso o la cosa se puede complicar mucho. Lo he visto con mis propios  ojos y no mola nada.

 

Ahora todo depende de nosotros. Porque los próximas inundaciones, sequías y tsunamis llevarán en su etiqueta de origen nuestros nombres y apellidos.

Bueno, ha llegado el momento de despedirse. Antes de nada querría agradeder al diario Público y muy especialmente a Nacho Rojo la oportunidad que me han dado de compartir este viaje con todos vosotros.

Y como recomendación muy especial, si el Ártico os ha llamado la atención, no dejéis de leer el fantástico libro de Javier Reverte EN MARES SALVAJES (Un viaje al Ártico) Plaza y Janés.

Javier fue uno de los compañeros de esta travesía y nos conquistó a todos con su humanidad y su soberbia forma de narrar sus viajes. Imprescindible, de verdad.

Mañana tomaré rumbo a Gijón.

Y como me conozco como si me hubiese parido ya puedo verme remoloneando por el muro de la playa de San Lorenzo mirando a la mar de reojo  con algo de picardía. Ya no somos tan desconocidos como antes. Hemos tenido diez días de cortejo y conseguí desabrochar su blusa hasta el botón del los 80°N. Luego me dio un merecido manotazo. Estaba siendo demasiado lanzado. Pero creo que si lo intento otra vez me dejará llegar más lejos.

“El paso del noroeste” empieza a sonar como una melodía pegadiza en mi cabeza… y como me conozco como si me hubiese parido…

Pero ahora hay que volver a casa, deshacer la mochila, y sobre todo… ver anochecer. Llevo diez días sin ver la oscuridad de la noche ni las estrellas. Es una sensación muy confusa. Pero, curiosamente, lo que más eché de menos estos días sin noche fue el sonido de los grillos.

Cri,cri… cri,cri… cri,cri…

Una noche sin grillos no es lo mismo, ¿no os parece?

Gracias por acompañarme estos días. Espero haber sido un digno narrador.

Buenas noches a todos

Cri,cri… cri,cri… cri,cri…

Bailando entre morsas.

Tom Fernández