TARSICIO BERTONE – Va provocando.

Berto Romero.

tarsicio-bertone.jpg

El número dos del Papa Benedicto XVI, Tarsicio Bertone, con el que por desgracia me une una cierta coincidencia nominal, ha sido el encargado, esta misma semana, de añadir un nuevo insulto a la ya larga lista de la Iglesia católica. En este caso, una vez más, contra la comunidad homosexual. Dice Bertone, supuestamente para combatir los argumentos que vinculan la pederastia con el celibato: “no hay relación entre celibato y pederastia, pero muchos psiquiatras han demostrado que sí la hay entre homosexualidad y pederastia”. No sé exactamente qué quiere viene a decir con esta aclaración, como no sea insinuar que los curas que han practicado la pederastia no lo han hecho tanto por ser célibes como por ser homosexuales. En esta ocasión, el alto cargo vaticano no ha añadido, como hizo en su día el obispo de Tenerife, Bernardo Álvarez, en unas declaraciones del mismo tenor, que hay niños que “provocan”. De momento.

 ¿Realmente está ocurriendo esto? ¿Todavía es posible oír a un alto cargo de la Iglesia resucitando el viejo mito del homosexual depravado y sodomita envilecido por Satán? Este nuevo insulto, repugnante, injustificado y arbitrario, tan en la línea de la homofóbica historia de la iglesia católica, no sirve más que para añadir un nuevo nivel en la escalada de vergüenza de la santa institución. ¿De verdad es necesario repetirlo? La enfermedad, la desviación, lo intolerable no reside en el libre ejercicio del amor y la sexualidad consentidos entre seres humanos adultos. Lo retorcido está en el abuso de poder, en la corrupción del menor, del puro, del inocente. Ese es el pecado más sucio de todos. Y alcanza su punto álgido de retorcimiento cuando es perpetrado por alguien que se hace llamar a sí mismo “padre”. Convirtiéndolo así, tornándolo aún más malsano, en una suerte de versión espiritual del incesto.

Lo único que podría devolver una pizca de dignidad a una institución que históricamente se ha arrogado el derecho de conceder el perdón sería precisamente pedirlo. Eso para empezar. Sería el primer paso, el único posible, para volver a recuperar algo de autoridad moral, algo de la virtud perdida que de ninguna manera va a volver resucitando viejos fantasmas medievales.