ANTONIO OZORES – Verdades ininteligibles.

Berto Romero.

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Este miércoles murió el cómico Antonio Ozores a la edad de 81 años. En estos últimos tiempos recibía numerosos homenajes a su carrera, 70 años como actor y en activo hasta el último día. Y haciendo gala de esa lucidez que tienen los que se pueden permitir el lujo de decir la verdad bajo el disfraz de la comedia acostumbraba a repetir lo siguiente: “He trabajado muchísimo y quedamos pocos, porque todos se han muerto. Me dan homenajes, porque no estoy más que yo. Me da igual cómo vaya a ser recordado. Como no voy a estar, que piensen lo que quieran”.

En los 80, los dos videoclubes de mi pueblo redactaban interminables listas de espera para alquilar las películas en las que él aparecía. Los vhs de “Los Bingueros”, “Los Energéticos”, “Yo hice a Roque III” y “Los Liantes”, por poner algunos ejemplos, corrían de casa en casa. Mi familia, recuerdo, las visionaba en comunión con gran alborozo. Películas todas ellas de difícil reivindicación actualmente, tremendamente incorrectas, sexistas, cafres y de consumo rápido. Pero absolutamente populares y queridas por el público en su momento.

 Conocí a Antonio Ozores en su reciente visita al programa Buenafuente. Instalado ya en la última etapa de su vida, este currante del humor era un tipo irónico, cálido y delirante. Surrealista y tierno. Nos confesó que en su hogar mantenía encendidas un montón de luces de navidad, todo el año, porque le gustaban y no quería resignarse a disfrutar de ellas sólo cuando el calendario así lo exigía. Hablo de su perra, a la que, según él, no le importaba tener dieciséis años porque no lo sabía. Hizo un repaso a toda su carrera, enumeró sus películas, programas de televisión y radio, obras de teatro y libros publicados. Aseguró que había trabajado muchísimo y seguía haciéndolo, llegando entonces a la conclusión que debía de ser un imbécil si aún no había conseguido poder dejarlo. Para acabar, parapetado tras unas gafas con filtros amarillos que le coloreaban el mundo a su gusto, volvió a ofrecernos uno de sus ininteligibles soliloquios. Así, aparentemente sin decir nada que se entendiera, nos dejó tras su visita un puñado de verdades. Adiós, Antonio Ozores. Gracias por las risas.