EMPATÍA – Persona o pellejudo.

Berto Romero

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En 2019, en Los Ángeles, según Ridley Scott, un blade runner llamado Rick Deckard aplicaba el test Voight-Kampff a los sujetos susceptibles de ser replicantes, conocidos en el argot de su oficio como “pellejudos”. El ficticio test de empatía consistía en un examen científico-psicológico que medía las respuestas dadas a un cuestionario orientado a provocar reacciones emocionales. Una máquina se encargaba de medir la variación de respuestas no conscientes tales como la respiración, la sudoración o la dilatación involuntaria del iris del ojo. Así, el detective podía llegar a saber si su interlocutor era humano o artificial. Persona o pellejudo.

La empatía fue sabiamente utilizada en esa película (adaptación de la novela “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” de Philip K. Dick) como rasgo definitorio de la humanidad. Si bien es sabido que otros animales la poseen, como el delfín y ciertos animales domésticos, la empatía es quizá la más característica y distintiva bandera de nuestra especie: la capacidad de percibir en carne propia lo que un individuo diferente puede sentir, lo que se conoce como “ponerse en la piel del otro”. Piedra angular de la vida en sociedad y motor evolutivo.

A 9 años de alcanzar el futuro previsto por Dick se acumula trabajo para los futuros blade runner. Sin embargo, quienes habían de venir a ponernos en peligro no han resultado ser hombres artificiales sino nosotros mismos. Carentes de empatía, los replicantes se agazapan en cada rincón, en la clase política y empresarial, en la televisión, en las redes sociales, en su oficina, incluso en su familia. Relea este diario. Percibirá la huella de la actividad de uno de ellos en todas y cada una de sus malas noticias. Quizá ya conozca a esta amenaza bajo algún otro apelativo: egoísta, interesado, desconsiderado, aprovechado. No se engañe, son los mismos pellejudos que perseguía Deckard. El gran reto sigue siendo desenmascararlos y desactivarlos. Aplíqueles el test Voight-Kampff. Pero cuidado, como en la película, la última gran duda es saber si uno mismo es también el enemigo. Así que aplíqueselo también.  Yo voy a hacerlo ahora mismo: “el galápago yace sobre su espalda cociéndose al sol…”