Persona, animal o cosa

PUÉRPERA-Vivir sin pensar

Marta Nebot



Nueve meses compartiendo todo con un parásito deseado pero parásito al fin y al cabo (incluyendo cuerpo, calorías y oxígeno) y una despedida por la puerta grande -es mejor describirla con una metáfora-, para acabar siendo llamada puérpera, que suena a insulto infantil: "guarra, asquerosa, puérpera...". El término proviene del latín: puer (niño) y parere (parir). Parir es, sin duda, una experiencia gore y hasta ahí voy a leer. Lo de después, visto desde una cierta perspectiva, puede tener su gracia porque ahora las puérperas ya no somos lo que éramos. Las puérperas modernas ya no tenemos depresión posparto, tenemos "baby blues"; que nos hace llorar lo mismo pero es mucho más fashion. También sufrimos el recientemente bautizado como el síndrome de Roberto Carlos o del Caballo Percherón, cuyo síntoma más destacado es que la retención de líquidos nos inflama las piernas más que las del futbolista. Las que damos pecho, además, padecemos la subida de la leche que nos lo pone como a Sabrina pero con los pezones irritados; a lo que se sobrevive gracias a ir con el sujetador de lactancia con las aberturas abiertas. Vamos que, de estar por casa, parecemos un cruce entre Dominatrix y Afrodita A pero en versión Mimosín. Además las puérperas vivimos en un universo paralelo distinto. Por ejemplo: ¿Cuánto dura una idea en la cabeza de una puérpera que atiende personalmente a su pequeño? Pues lo que dura la toma del bebé, siempre y cuando no se alargue tanto que la madre acabe dando una cabezadita en medio.  Si da biberón y el padre lo suministra la mitad de las veces, la idea durará el doble de tiempo. Sin embargo, este hecho a la mayoría de las puérperas no nos preocupa porque el insomnio y tantos males juntos nos proporcionan una clarividencia tan reveladora que nos descubre que el mundo de las ideas está sobrevalorado. De hecho llegamos a creer que el mundo entero lo está. Toda puérpera llega a la conclusión de que somos animales pequeños que conocemos grandes cifras pero cuyo universo es a nuestro tamaño y no al de los datos que manejamos. Nos pasamos la vida intentando aprehender el mundo y luego resulta que lo que nos hace felices es una porción de realidad muy pequeña.