PESCADO – S.P.M.

Berto Romero

Los restaurantes que presumen de disponer de pescado fresco suelen acercar una bandeja con los cadáveres de los peces para que el comensal examine su estado. Cada vez que me he encontrado en esta situación he asentido con la cabeza y, en tono grave, he mascullado algún “muy bien”, o un “excelente” u otra estupidez semejante. Siempre miento. Soy incapaz de percibir el grado de frescura de un pez observando su cuerpo inerte. Seguro que se puede hacer, por el grado de dilatación de las muertas pupilas, el color y turgencia de las escamas, o vaya usted a saber qué otro parámetro que yo, hipócrita, finjo conocer. Admito que en un pescado muerto sólo sé ver un  pescado muerto. Si me lo muestran nadando en una pecera sí soy capaz de saber que está fresco. Pescado que se mueve = pescado vivo = pescado fresco. Una vez muerto en la bandeja ya puede ser descongelado, o de plástico, que yo seguramente soltaré un “adelante”.

Me pasa algo parecido con el vino. Aprendí de mis padres que si el vino venía envasado en cristal era un vino bueno. Si venía en cartón, era de batalla. He construido todo lo que sé de los caldos sobre esa máxima, nacida en un tiempo en que aún nadie era capaz de apreciar las sutilezas de los taninos, los estorninos, o lo que sea que haga a un vino mejor que otro. Sin embargo, también he logrado parecer un entendido en los mismos, asintiendo gravemente a las explicaciones de los expertos, y murmurando “magnífico” y “perfecto” ante sus análisis, tan crípticos para mí como el manual de instrucciones de un acelerador de partículas. De modo que cuando el vino me gusta, pienso que es bueno. Y cuando no me gusta, creo que es porque en el fondo no sé apreciarlo.

Me pregunto cuántos hipócritas sociales como yo fingen a todas horas en todos los restaurantes del mundo, tragan lo que sea sin saber si beben ambrosía o vinagre, comen gato o liebre, pescado fresco o maloliente raspa semi-pútrida. Y a cuántos, como a mí, cuando leen en la carta de pescados “S.P.M” (según precio de mercado), la mente les remite a la otra frase popular con las mismas siglas que hace referencia a la madre de alguien. S.P.M. Seguramente la del que inventó tanta tontería de la que cuesta tanto prescindir.