BELEN ESTEBAN 2 – Princesa, presidenta, mártir.

Berto Romero

Calma, el 2 del título es porque ya escribí una columna en este diario sobre su operación de cirugía estética. También la llamé “Belén Esteban”, entonces con el subtítulo “la cara de Dios”. Lo aclaro antes de que algún lector empiece a hacer las maletas rumbo al exilio ante el temor una segunda parte del fenómeno. “Belén Esteban 2, La Venganza”. Traigo de nuevo aquí este tema sensible al constatar que El Jueves, quizá la más interesante y seria de las revistas de nuestro país, se ocupaba de la hipotética posibilidad de ver instalada un día a la Esteban en la Moncloa. Ojo que la definición de El Jueves va sin ironía. Cada semana toma el pulso en sus páginas a las noticias que realmente preocupan e interesan a la nación, abordándolas además desde la que frecuentemente sea la única perspectiva posible: el humor.

La, a priori, bizarra suposición de política ficción partió de los resultados de una encuesta promovida hace unas semanas por la cadena de televisión en que trabaja esta señora, y que decía que, en caso de que se presentara, podría llegar a convertirse en la tercera fuerza parlamentaria de este país.

Soy de tomarme las cosas de broma muy en serio. A veces, éstas se subliman en realidades. Sé de qué hablo, estuve entre los responsables de llevar al Chikilicuatre a Eurovisión. Y, además, creo en la verdad absoluta escondida en ese dicho popular que reza: “se empieza riendo y se acaba llorando”. Como también creo que, en el momento en que los pensamientos se verbalizan, recorren de golpe más de la mitad del camino a hacerse realidad, empiezo a estar seriamente preocupado.

Lo último ha sido un bulo que anunciaba el fallecimiento de la susodicha. Un rumor que se desmintió rápidamente, pero que pregonaba una muerte trágica para ella. No puedo evitarlo: este rumor a mí me suena a la expresión del subconsciente de todo el país. Y no estoy seguro de qué quiere decir exactamente: si pretende darle un colofón a su altura, convirtiéndola en una mártir rosa, una Lady Di poligonera, convertida para siempre en un mito congelado en ámbar; o simplemente expresa el inconfesable anhelo de librarse de una vez de ella antes de que esto se nos escape de las manos. Aún más.