CRUASÁN – Lo que existe y lo que no.

Berto Romero

Estoy en la panadería, comprándome un cuasán, cuando la dependienta, que anda mirándome con curiosidad de entomólogo desde que he entrado, acaba de decodificar por fin mi cara y me suelta, “oye, ¿tú no salías con Buenafuente? ¿Cómo te llamabas? recuérdame tu nombre”. Y yo: Berto. “Eso era, Berto. Ya hace tiempo que no sales, ¿verdad?”. “No, no, continuo allí cada noche”, respondo. La dependienta arruga el morro, el dato no le cuadra. Breve silencio incómodo. De golpe, siento una especie de iluminación y entiendo lo que ocurre. “¿Hace mucho que no ves el programa?” pregunto. “Pues sí, tienes razón. Hace mucho que no lo veo”, admite. Me voy de la panadería saboreando un cruasán metafísico. Para esa telespectadora en concreto he dejado mi trabajo. No existo. Porque ella no me ve.

Esa misma noche hay cena familiar navideña. Alegría y estrés a partes iguales. Mantengo con mi tío una discusión de esas en las que uno se enzarza casi por aburrimiento. Él enarbola el argumento clásico “la tele es una porquería» y me veo en la obligación de terciar. De hecho, se espera que lo haga. Desde hace unos años, mi familia me pregunta todo tipo de cuestiones relacionadas con la televisión, desde valoraciones morales y éticas hasta soluciones técnicas, sobre cómo sintonizar canales de TDT y cosas así. Haciendo de abogado del diablo, defiendo a capa y espada que entre todos esos canales existe una oferta interesante y que si no la encuentra es porque no ha hecho el ejercicio consciente de buscarla. Le acuso de haberse quedado clavado ante la telebasura igual que cuando pasa junto a un accidente en la carretera. No puede dejar de mirar, aún sintiéndose mal por ello. Le recrimino que habla desde la pasividad. Y a medida que hablo me doy cuenta de que yo hago lo mismo.

Así que cuando vuelvo a casa, enciendo la tele y redistribuyo los canales sin seguir una lógica numérica tradicional acorde con sus nombres, sino por preferencias. También establezco una zona de castigo a partir del canal 50. Un limbo, un Guantánamo televisivo donde algunos van a permanecer ignorados hasta mejorar su conducta. Empiezo el año decidiendo lo que existe y lo que no. Para mí.