OBRAS – 0’91 metros/día.

Berto Romero

Durante los últimos dos años, cada mañana, al salir de casa, me cruzaba con un señor jubilado que se entretenía mirando las obras de ampliación de una acera. Siempre era el mismo anciano y siempre eran las mismas obras. Hace dos semanas, sin embargo, le sorprendí haciendo algo diferente. No sólo las miraba: ¡estaba fotografiando las obras! Me sorprendió mucho. No podía dar crédito a lo que veía. Imaginé al jubilado enseñándolas a sus amigos ancianos, como quien muestra fotos de los nietos, comparándolas, discutiendo cuál está más avanzada para su edad, cuál parece más fuerte, cuál reúne mayor cantidad de trabajadores. Qué gracia me hizo.

Pero a partir de ese día no le he vuelto a ver. Y me he ido sintiendo cada vez más inquieto. Formaba parte del paisaje de mi día a día y le había llegado a coger cariño. He llegado a preguntar por él en la pescadería, pero no me han dado ninguna señal. Se me ha pasado por la cabeza que pueda haber muerto. Hasta ayer.

Se lo conté a un familiar de aproximadamente la misma edad, que vive en la otra punta de la ciudad. Conocía los trabajos en la acera de pasar por allí con el coche. Precisamente, comentó, había hecho un somero análisis de su desarrollo. Me dijo que llevaban en marcha aproximadamente un año y medio (y no dos, como yo recordaba) y que en ese tiempo habían ampliado unos 400 metros de acera, según sus cálculos. Y no sólo eso, os ahorraré las operaciones exactas, pero había dedicado un rato a sumar los días de año transcurridos, le había restado los domingos, festivos, puentes y vacaciones, para acabar dividiendo los metros construidos por los días hábiles. El resultado que arrojaba la operación era de una obra avanzando a razón de 0’91 metros al día. Un ritmo ridículo comparado con los estándares alemanes que pudo comprobar in situ en su juventud.

Si un jubilado puede llegar a ese tipo de dedicación a una obra que simplemente ve de vez en cuando, qué no podía hacer mi desaparecido vecino, que iba cada día a verla crecer durante casi dos años. Sin duda, se mudaba del barrio y tomaba aquellas fotos para llevárselas como recuerdo a su nueva residencia. Le mando un saludo. Y le aseguro que cada día las miraré un poco por usted, desconocido amigo. Siguen ahí.