Persona, animal o cosa

MEDIOCRIDAD - La nueva vanguardia.

Berto Romero

El martes pasado unos amigos insistieron en que conociera un bar de copas muy especial, como seguramente no había visto ninguno igual antes. Ni que decir tiene que mi curiosidad se excitó tanto que directamente le salió un sarpullido. A estas alturas de la película, ¿de dónde podría venir la sorpresa?

No soy la persona que ha estado en más bares del mundo pero creo que conozco la mayoría de permutaciones posibles. El bar guarro de toda la vida, la taberna tradicional, el de diseño que simula el puesto de mandos del Enterprise, el irlandés prefabricado, el barroco lleno de trastos y telarañas, el de bocadillos regentado por chinos, los temáticos, los de los años 80 con neones lilas, etcétera. Escribe aquí el que se te ocurra: (……………….).

Me adentré en el establecimiento con altas expectativas. Y sí, se vieron satisfechas. El bar era feo. De verdad. Era tan feo que ni siquiera tenía gracia por ser demasiado feo. No respondía a criterio estético alguno. Las estanterías de las bebidas no estaban demasiado recargadas, ni demasiado vacías. Los objetos que se alternaban con las botellas eran inverosímiles y no respondían a lógica alguna. Las paredes alternaban unas cristaleras con molduras con el yeso pelado, pintado a desgana, sin pósteres o cuadros. El suelo era un insulso linóleo como de bolera a dos colores con un línea asimétrica en medio. Al fondo, empotrada en una hornacina de espejos, descansaba la escultura de un caballo dorado de metro y medio de alto.

Alguien anunció "voy al servicio a ver cómo es", y los habituales del local le respondieron "no tiene nada de especial". Y así era, insulso. El dueño del local tampoco era especialmente pintoresco. Se daba un aire a James Brolin en "Hotel" y era conocido por sacar tapas diferentes cada noche. Un abanico que iba desde la almendra salada a la ensalada de patata pasando por las gambas cocidas o embutidos variados.

Después de años de sobreestimulación allí estábamos, boquiabiertos ante la gracia de no encontrarle la gracia a un sitio. Sorprendidos por la potencia de su mediocridad. Puede que se trate de la nueva vanguardia.