REPETO – Agencias de calificación.

Berto Romero

Lo peor que puede pasar en una relación, del tipo que sea, es que una de las partes le pierda el respeto a la otra. En un trabajo, en la pareja o entre amigos, la pérdida del respeto es la antesala de alguna desgracia. Yo recuerdo habérselo perdido a las agencias de calificación internacionales cuando supe que, en 2008, en plena crisis financiera, se habían estado dedicando a conceder sus famosas letras (de la triple A a la triple C) sin responder a criterios realistas (éticos ya sería pedir demasiado). Se ocuparon de favorecer sus propios intereses y los de los especuladores de los entramados subprimes. Solo dos días antes de que Lehman Brothers quebrara y fuera intervenida,  Standard & Poor’s, Moody’s y Fitch le estaban dando aes mayúsculas a tutiplén.

Esto ocurrió hace sólo 3 años, y no se ejerció ninguna medida punitiva contra estas agencias por su negligencia (o corrupción). Hoy siguen accionando el electrodo que aplica descargas en los genitales a la economía mundial, y sus análisis siguen siendo tomados en cuenta.

Esta misma semana toda la prensa nacional anunciaba de nuevo el terror de los mercados ante la rebaja de la calificación de la deuda española por parte de Moody’s. Y días más tarde sometía a examen a algunas de nuestras comunidades autónomas y bancos. Quizá es mi problema, porque soy demasiado rencoroso, pero me saca de mis casillas que se siga haciendo caso a los bomberos pirómanos.

En el momento de escribir esta columna leo que en un informe emitido el jueves, Moody’s se refería a nuestro país como “República de España”. Es un fallo, claro, pero se puede leer entre líneas algo de recochineo, una demostración a partes iguales de cutrez e impunidad.

Imagina que el encargado de la seguridad de tu domicilio deja entrar a un grupo de  borrachos en tu casa. Se beben tu mueble bar y antes de irse vacían los restos de las botellas en tu alfombra. Al día siguiente vuelve para decirte que, tras un sesudo análisis, considera que tu hogar no es seguro, y además, te llama por otro nombre. Ese hombre no merece tu respeto, claro. Merece una patada en el culo.