SANIDAD – Guantes y sillas.

Berto Romero

Esperábamos a la pediatra en el box de urgencias del hospital de Sant Pau en Barcelona. Se me ocurrió sacar uno de los guantes desechables azules que asomaba de un dispensador. Lo hinché y anudé para que pareciera una ubre de vaca y con ella le expliqué un cuento a mi hijo, para entretenerle y calmar así su llanto. Cuando entró la doctora le expliqué lo que había hecho. Amablemente, pero de forma sincera y sin ocultar su preocupación, me explicó que por ella no había ningún problema, pero que en breve, al ritmo de los recortes que estaban experimentando en el hospital, quizá tendría que reprender a otro padre que quisiera hacer lo mismo. Ambos reímos sin ganas la ocurrencia sin gracia.

El Hospital General de Manresa concentra las urgencias de gran parte de los pueblos de la zona, de cuyos centros de atención primaria también se han suprimido servicios. Mi padre, aquejado de una severa enfermedad crónica pasa demasiadas noches en él. Le acompaño todas las que puedo, turnándome con mi hermano. Las últimas veces, después de pasar unas horas en el box, podía ir a una habitación. Pero el hospital está cada vez más saturado. Y en la última visita, los boxes, pensados para acoger uno o dos enfermos, albergaban un mínimo de 3, con su correspondiente familiar pasando allí la noche en blanco, hecho un cuatro en una silla de tijera junto a la cama.

Imposible dormir, me levantaba periódicamente para estirar las articulaciones y tomar algún café o ir al baño. Al volver de una de estas excursiones, sobre las 4 de la mañana, me encontré con que alguien se había llevado mi silla de tijera. Nadie supo darme razón del hurto, pero me di cuenta de que había un cierto trajín de gente llevando y trayendo sillas de un box a otro.

Y a esas horas de la madrugada, con la flojera, me entró la risa nerviosa. Porque si no fuera tan triste y peligroso, si no hubiera vidas y sentimientos en juego, sería incluso cómico observar el sistema de salud pública resquebrajándose a través de un guante hinchado como una ubre de vaca y un siniestro y nocturno juego de la silla.