¿Nos anticiparemos o tan sólo aguantaremos los impactos del cambio global?

La especie humana es inusual en muchos aspectos. Quizá uno de los rasgos mas llamativos es su comportamiento contradictorio donde el altruismo  se alterna dramáticamente con el egoísmo y las decisiones razonadas se entreveran con decisiones ilógicas. Los científicos estamos intentando aportar información útil para la toma de decisiones ante las presiones que estamos ejerciendo al medio ambiente del planeta. Pero las decisiones serán colectivas y, presumiblemente, no del todo lógicas.  Ante el cambio global podemos mirar al presente y cuantificar impactos o hacia el futuro y estimar impactos y por tanto proponer alternativas. Pero también podemos mirar al pasado. Dicen que una sociedad sin pasado es una sociedad sin futuro y nadie duda de las enseñanzas que se extraen de una mirada analítica del pasado. El pasado nos muestra que nuestra especie ha experimentado desafíos ambientales similares (aunque a escalas regionales y no globales como ahora) y que nunca se anticipó al cambio ambiental, que se limitó a sobrevivir al mismo. El pasado nos muestra que el medio ambiente ha estado en el centro de la crisis de muchas sociedades, culturas y razas humanas y que el eventual colapso  tuvo lugar por una mala gestión de la crisis ambiental. Lo interesante y quizá esperanzador es que no todas las sociedades colapsaron. Esta comparación entre sociedades enfrentadas ante desafíos ambientales es el eje del libro “Colapso: por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen”  publicado en 2005 en inglés por Jared M. Diamond, profesor de  geografía en la Universidad de California, Los Ángeles. “Colapso” trata, como su nombre indica, de colapsos sociales y aunque en general la imagen es bastante trágica, el autor se afana en presentar ideas que justifiquen cierto optimismo ante el cambio global en el que estamos inmersos. En la evaluación de los ecosistemas del milenio avalada por las naciones unidas se plantean cuatro opciones resultantes de combinar anticiparse o no con actuar de forma regional o global. Estas cuatro opciones dan lugar a mundos muy diferentes, con niveles de bienestar muy distintos y con presiones sobre los recursos naturales muy contrastadas. El que estemos en uno u en otro de los escenarios es cosa de todos.

      Hay, no obstante,  ciertas novedades que podrían hacer que nuestra especie aparcara la insensatez y reaccionara a tiempo evitando un colapso de dimensiones mayúsculas. Estas novedades son básicamente tres: un conocimiento científico y tecnológico sin precedentes,  una capacidad de comunicación rápida y unos mecanismos internacionales probados para la coordinación de respuestas globales. Estas tres novedades de la sociedad del siglo XXI serían suficientes para anticiparnos al cambio y para atenuar, al menos en parte,  sus efectos negativos sobre la población humana. Pero la mirada al pasado nos revela que sería la primera vez en la historia de la humanidad que nos anticiparíamos y que actuaríamos de forma proactiva.  El pasado sin duda nos enseña, pero el futuro no es la simple proyección del pasado. Y me gusta pensar que la especie humana, por contradictoria, ilógica y egoísta que se muestra con frecuencia, es capaz de alterar esa proyección y reconducir algunas de sus devastadoras  decisiones.