Refugiados climáticos

Muchas  especies de plantas y animales han quedado relegadas a pequeñas zonas de microclima especial tras los cambios que el clima ha sufrido en los últimos millones, miles o apenas cientos de años. Lo que cuesta entender es por qué entre estos refugiados climáticos no se incluye  a los millones de humanos que huyen de sequías e inundaciones, ya que son parte del mismo fenómeno. La biología y las ciencias naturales han puesto su foco tradicional en las especies salvajes de flora y fauna y se han dejado fuera a una cada vez más importante para el funcionamiento y el equilibrio futuro del planeta: nosotros.  Es fácil encontrar  información sobre refugiados climáticos no humanos. Y hay mucho que se puede aprender de estos refugiados. Los abetales  de  pinsapo en las serranías de Cádiz y Málaga son, por ejemplo, uno de los numerosos bosques relictos que existen en el mundo y que deben su limitada distribución  actual a cambios climáticos que les han obligado a  refugiarse en zonas lluviosas de montaña. El Sáhara albergaba hasta hace no mucho grandes mamíferos propios de las sabanas, y hubo leones y guepardos en el sur y en el este de la cuenca mediterránea hasta hace apenas un siglo. La aridificación del clima diezmó estas poblaciones muchas de las cuales fueron finalmente exterminadas por el ser humano. El estudio de estas extinciones recientes así como de las especies que aún persisten en sus pequeños refugios en zonas de montaña o en fondos de valles húmedos permite comprender qué rasgos funcionales y qué características vitales hace a las especies más vulnerables a cambios en el clima.  La cuestión es ¿Por qué dejamos fuera de este análisis a la especie humana?

     Sorprendentemente, las Naciones Unidas reconocen la figura de refugiado político, pero no la de refugiado climático. Esto es llamativo porque son muchas más las personas que buscan refugio por razones climáticas que por razones políticas. No obstante, parece que las Naciones Unidas están cambiando de opinión y ya se plantean estudiar esta figura. No sólo sequías e inundaciones promueven éxodos humanos. La elevación del nivel del mar por un agua más cálida (y por tanto de mayor volumen) y abundante por los aportes de la fusión de los  glaciares continentales lleva a muchos países de escasa elevación a solicitar asilo a otros. Tal es el caso de países del Pacífico como Tuvalu, cuya altitud media es de 5 metros y que ha visto como Nueva Zelanda y Australia le dan la espalda mientras las olas del mar van entrando hasta la cocina. Migraciones humanas debidas a cambios ambientales o a sobrexplotación de recursos no es nada nuevo; una vez mas la novedad  reside en la escala y en la velocidad con que crecen estas migraciones.  Esta creciente importancia del fenómeno ha llevado al concepto de emigrante ambiental, que no está exento de polémica,  para el que no hay consenso en su definición y sobre el que existen problemas teóricos y científicos para establecer relaciones de tipo causa-consecuencia que sean claras y unívocas. De todas formas, sea cual sea el mejor concepto para definir estas migraciones humanas y tal como se muestra en el documental sobre el lado  humano del cambio climático (The human face of climate change), el fenómeno global de los refugiados climáticos está causando conflictos en numerosas fronteras. Hasta el propio Pentágono habla ya de guerras climáticas y contempla el cambio ambiental como algo clave para el equilibrio diplomático y bélico del Mundo.

     Mientras algunos discuten si el clima cambia y si tenemos que ver algo en ello, y mientras la sociedad centra sus preocupaciones en la crisis económica, millones de personas recogen sus cosas y se van porque donde han estado hasta ahora el clima hace imposible la vida. Con sus éxodos no solo nos muestran una de las caras más adversas de los cambios en el clima sino que generan grandes tensiones sociales y problemas de seguridad internacional frente a los cuales no cabe mirar a otro lado.