El maldito carbono acelerado

Los ciclos biogeoquímicos naturales se caracterizan por estar en equilibrio. La influencia humana sobre estos ciclos altera su equilibrio y ello repercute en su velocidad. Con el ciclo del carbono lo que estamos haciendo es liberar en pocas décadas el carbono que los sistemas naturales han ido almacenando durante miles y millones de años y lo mantenían almacenado entre las rocas con una movilidad muy limitada. Esta alteración de la velocidad a la que funcionan los ciclos naturales tiene grandes consecuencias y la de acumular carbono en la atmósfera es de las mejor conocidas al  generar un calentamiento de la misma mediante el llamado efecto invernadero. El balance de carbono en el planeta  es cero. No entra ni sale más carbono del que tenemos desde un principio. Lo que hacemos con nuestras actividades, sobre todo a partir de la revolución industrial, es movilizar el carbono del subsuelo (en forma de carbón, gas o petróleo) y ponerlo en la atmósfera. Y la velocidad a la que lo hacemos es más rápida de la que los sistemas naturales desarrollan para el proceso inverso, es decir para fijar el carbono atmosférico (en forma de dióxido de carbono o CO2) e  inmovilizarlo como materia orgánica (órganos y tejidos fotosintéticos) o inorgánica mediante procesos físico-químicos no biológicos. No hay nada de malo en el CO2 ni en el ciclo del carbono, lo malo es que lo hemos acelerado y nos encontramos con mas CO2 en la atmósfera del que desearíamos para mantener las temperaturas promedio del planeta de los últimos cientos de años.

      Hasta aquí posiblemente nada nuevo para el lector.  Pero hay al menos un ingrediente nuevo que cada vez vamos comprendiendo mejor y que viene a complicar las cosas: el calentamiento de la atmósfera promueve procesos naturales que incrementan a su vez más liberación de CO2 y otros gases con efecto invernadero. Los suelos permanentemente congelados (permafrost) que existen en latitudes elevadas, sobre todo en el hemisferio norte, almacenan inmensas cantidades de carbono orgánico. Su descongelación conlleva la movilización de grandes cantidades de CO2 y también de otros gases de fuerte efecto invernadero como el metano. En un reciente estudio de Koven y colaboradores publicado en la prestigiosa revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) se muestra como la inclusión de los procesos que afectan al permafrost puede cambiar completamente el sentido de los ecosistemas boreales que pasan así de ser sumideros de carbono a fuentes netas de carbono y metano para finales del siglo XXI.

      Sin embargo, la Tierra ya ha pasado por esto antes. Hace 56 millones de años, en el máximo térmico del Paleoceno-Eoceno, no había rastro de hielo en millones de hectáreas que hoy permanecen congeladas todo el año;  el nivel de los océanos era unos 70 cm más alto que la actualidad, suficiente para dejar la mayoría de la península de Florida bajo el agua por ejemplo. Este mundo tan diferente surgió bruscamente  debido a una liberación masiva de carbono en un periodo de tiempo muy corto. Absorber el CO2 que se liberó a la atmósfera en este breve lapso de tiempo le llevó al planeta 150.000 años y durante ese tiempo la vida en la Tierra sufrió grandes cambios. De hecho, se conocía este periodo tan inusual mucho antes por las dramáticas extinciones de especies que por el incremento de carbono y de las temperaturas. En un artículo de National Geographic  de octubre de 2011 se explican las consecuencias que este fenómeno tuvo y se demuestra como el CO2 determina el clima.

      A las causas naturales que modifican la concentración de CO2 en la atmósfera hay que sumar  las causas de origen humano y no sólo debemos pensar en las actividades industriales más recientes. Los seres humanos han alterado la superficie de la tierra desde los principios del paleolítico y ello ha generado una huella ambiental perceptible y creciente. En un artículo publicado en el último número de la revista Holocene, Kaplan y colaboradores muestran cómo los cambios en la cubierta de la tierra debidos a la tala de los bosques y a la preparación de las tierras para la agricultura generaron unos cambios en la concentración atmosférica de CO2 que concuerdan con las alteraciones en los isótopos almacenados en los testigos de hielo de los últimos 8000 años. Estas actividades humanas preindustriales estuvieron implicadas en la estabilización de concentraciones atmosféricas de CO2 que han hecho de nuestro planeta un mundo más cálido del que hubiera sido sin ellas.

      Si hay alguna enseñanza en todo esto es que nos interesa que el ciclo del CO2 vaya despacio. El exceso de velocidad, como en el caso de los vehículos, lo sufrimos todos. Aunque como viene siendo habitual, las consecuencias las sufrimos unos mas que otros.