¿Cambio global si o no?

El sábado 15 de octubre de 2011 decenas de miles de personas en 951 ciudades de 82 países  del mundo salieron a la calle pidiendo un cambio global. Sin embargo, durante décadas los científicos hemos estado mostrando la magnitud del cambio global tanto en lo económico como en lo ambiental y sus desastrosos efectos sobre la esperanza y la calidad de vida de muchas personas. ¿Queremos un cambio global como pedían los manifestantes este sábado de octubre o queremos frenar el cambio global como se aconseja en los informes de los científicos?

      Aunque parezca que estemos hablando de dos tipos de cambio diferentes, en realidad son distintas manifestaciones del mismo proceso. Un proceso por el cual las actividades humanas están más y más conectadas entre sí a escala de todo el planeta. La globalización está aquí para quedarse. Nos guste o no cada vez somos más personas, estamos más conectadas y nuestras acciones son más globales. Desde la economía y nuestras interacciones sociales hasta la explotación de los recursos naturales y nuestra interacción con el medio ambiente, cada vez somos más conscientes de la escala global de nuestras acciones. El que esto sea bueno o malo, el que tenga consecuencias positivas o negativas para la calidad de nuestras vidas, dependerá en buena medida de cómo encajemos la dimensión global de las actividades de nuestra especie en este siglo veintiuno. Los problemas son globales y por tanto las soluciones deben serlo también. Por ello los manifestantes pedían un cambio global, una democracia global, en clara alusión a la crisis económica y al fracaso del sistema político y de gobernanza mundial. No es posible poner parches a la política o a la economía resolviendo problemas puntuales mientras los grandes problemas de fondo, que son globales, ni siquiera se abordan.

     Un lema muy extendido entre el movimiento conservacionista y ecologista es “pensar globalmente, actuar localmente”. Un rasgo distintivo del movimiento 15M y de los indignados de ese centenar de países que salieron el pasado sábado a la calle es que la suma de voluntades y acciones individuales puede hacer tambalear al sistema. Según sus propias palabras “si los de abajo se mueven, los de arriba se caen.” Tanto en la puerta del Sol como en Wall Street, los medios de “seguridad ciudadana” o fuerzas del “orden” no han sabido como disolver sentadas y manifestaciones pacificas que reclaman cosas sensatas con palabras amables. Estos indignados bien podrían estar poniendo en práctica el lema ecologista, apuntando a un cambio global a partir de acciones locales. No hay nada más local que la plaza de un pueblo o ciudad donde se hacen asambleas y manifestaciones, ni nada más global que la economía actual dictada por mercados y entidades internacionales.

     Una forma de reconciliar opciones tan  contrastadas sobre el cambio global (empujar frente a frenar el cambio global)  es considerar que hay dos escalas diferentes. La más próxima es la escala en la que podemos cambiar cosas. En esa escala, equivalente a lo local de los movimientos ecologistas, pequeñas acciones tienen un impacto global, sobre todo cuando están coordinadas y se planean con un entendimiento de los procesos globales. La más lejana es la escala en la que son las cosas las que nos cambiarán a nosotros. En esta escala se imponen leyes generales que  establecen cómo funcionan los procesos y que marcan límites o condiciones de contorno. Si la temperatura de la atmosfera sube dos grados, ya no será posible la vegetación actual en determinadas zonas áridas, del mismo modo que si la confianza de los inversores disminuye, la deuda pública se encarece mucho, suben los tipos de interés y ya no será posible pagar la hipoteca para muchas familias. Esa es la escala del cambio global que queremos mitigar. El cambio global que queremos promover es aquel que permita atenuar el calentamiento de la atmósfera, del mismo modo que los manifestantes del sábado promueven un cambio global en el sistema económico que permita atenuar la presión sobre los más pobres (ese famoso 99% que al final somos “todos”) repartiendo riesgos, costes y beneficios. Un cambio global que modifique la forma en la que hacemos las cosas en lo ambiental y en lo económico puede evitar o atenuar las consecuencias de un cambio global, en lo ambiental y en lo económico, que podría venir por si mismo si dejamos que las cosas sigan como van. Por tanto ante la cuestión de cambio global si o no, la respuesta es depende. En este caso, de la escala.