El triste orgullo de superar a la naturaleza

La historia del ser humano es la de la lucha por dominar la naturaleza, protegerse de las inclemencias del tiempo, domesticar animales y plantas, y controlar la fuerza de los ríos y los mares. Cada año que pasa aumenta el potencial de nuestra especie en este sentido y se baten records que dejarían atónitos a nuestros antepasados no tan lejanos. Hazañas como la generación artificial de nieve no ya con cañones sino alterando  las propias nubes, algo que China ha realizado varias veces, eran impensables hace apenas unas pocas décadas. Pero también eran impensables las consecuencias, y, hasta cierto, punto aun lo son. La era de enorgullecerse de nuestra capacidad de someter la naturaleza a nuestros designios está llegando a su fin. Comienza a predominar el respeto y la apreciación por la naturaleza a la vez que crece nuestra comprensión del impacto ambiental de nuestras actividades.

En la actualidad, las emisiones humanas superan a las de los volcanes, generando en cuatro días la misma cantidad de dióxido de carbono que los volcanes generan durante todo un año. Todavía sobrecogen las espectaculares imágenes del volcán chileno Puyehue expulsando magma y vertiendo toneladas de cenizas que cubrieron extensas regiones de bosque lluvioso valdiviano, que cruzaron los Andes y llegaron a afectar el tráfico aéreo de la ciudad de Buenos Aires, a cientos de kilómetros al noreste del volcán. Cuesta creer que nuestras actividades cotidianas superen estos fenómenos naturales, pero los cálculos no dejan ninguna duda. Lo triste es que estas emisiones antropogénicas de gases a la atmósfera no tienen ningún fin en si mismas, son el resultado no deseado de nuestro estilo de vida; y es triste, porque estas emisiones no son voluntarias y tienen consecuencias no deseables para el balance energético del planeta y en definitiva para nuestra propia calidad de vida.

La construcción de las pirámides de Egipto o de la ciudad de Londres implicaron el movimiento de ingentes cantidades de materiales, que supusieron una fracción pequeña pero apreciable de los movimientos globales de materiales en el planeta. En la actualidad, el movimiento de tierra por actividades humanas supera al movimiento de tierra por agentes naturales. Lo triste es que la mayor parte de estos movimientos antropogénicos de tierra son involuntarios y tienen consecuencias negativas: mientras los movimientos intencionados suponen menos de 40 gigatoneladas de tierra al año, los movimientos no intencionados, derivados sobre todo de malas prácticas agrarias que derivan en erosión, superan las 80 gigatoneladas de tierra al año, tal como calculó Hooke en el año 2000.

Superar a la naturaleza ya no es ningún desafío. Nos hemos demostrado a nosotros mismos que somos capaces de hacerlo, podemos relajar esta obsesión ancestral. El desafío ahora es controlar este creciente poder de alterar el planeta y canalizarlo de forma que no perjudique procesos naturales clave y comprometa nuestro bienestar.