El problema de no ver las conexiones

La reunión de Durban, la COP 17, no progresa, algo que estamos acostumbrados a oír en todas las negociaciones internacionales de los últimos años que pretenden alcanzar acuerdos para atenuar el cambio climático. A medida que la postura de Europa se debilita, las posibilidades de alcanzar un acuerdo vinculante que limite las emisiones de gases con efecto invernadero se vuelven más remotas. Lo único que parece alcanzable es posponer acuerdos para 2015 (y no para 2020 como se planteaba inicialmente) y encontrar formas de ayudar a los países más vulnerables y necesitados con fondos verdes.

     Se alude a la actual crisis económica como explicación de por qué los dirigentes no se atrevan a comprometer reducciones en las emisiones de CO2. Y a todos nos parece razonable que se establezcan prioridades y que lo primero sea atajar el problema monetario y financiero que nos agobia. Sin embargo, resolver la economía sin tener en cuenta el marco ambiental en general y la crisis climática en particular es como intentar explicar los movimientos de la Tierra alrededor del Sol y de sí misma sin tener en cuenta los demás elementos del Sistema Solar.  Esta limitación colectiva a la hora de identificar las conexiones entre lo que ocurre en materia económica y nuestra actitud ante el medio ambiente, no por comprensible deja de tener consecuencias menos funestas. Aún en el supuesto de que sorteemos esta crisis con bajas moderadas en lo que concierne a las economías nacionales y regionales, lo habríamos conseguido aumentado la brecha que nos separa de un modelo económico ambientalmente sostenible. El Reino Unido parece haber comprendido esta conexión ya que en medio del escenario general de recortes ha gastado más de 600 millones de libras esterlinas en convencer a otros países para que se tomen el cambio climático en serio. No será casualidad que el informe Stern, aquel que nos muestra el gran coste económico de no hacer nada ante el cambio climático, se haya gestado en ese país.

   Los políticos responden a lo que perciben como prioridades para los ciudadanos que los votan. No obstante, los políticos juegan un importante papel a la hora de influir en esas prioridades. En este juego de interacciones entre políticos y ciudadanos, no todo es juego limpio. Los ciudadanos se muestran preocupados por el medio ambiente, la cultura y el arte, pero en realidad se mueven más por cuestiones económicas y de seguridad, mandando un mensaje dual y a veces esquizofrénico a sus dirigentes.  Los políticos por su parte o bien promueven informes científicos sobre cuestiones estratégicas o bien ahondan en las incertidumbres y el debate científico para tener luz verde en algunos de sus proyectos más conflictivos. Con el cambio climático este juego sucio por ambas partes es particularmente evidente, aunque quizá es más explícito en la clase política. Tal como muestran Doran y Zimmerman (2009), hay un acuerdo científico casi unánime sobre las cuatro claves del cambio climático (es real, tiene un origen humano, es grave y tiene solución), pero el reducido número de escépticos  es empleado con habilidad por los políticos para transmitir el mensaje erróneo de que no hay acuerdo entre los científicos.  En un reciente estudio realizado en EEUU y publicado en Nature Climate Change, Ding y colaboradores muestran que dado que más de un 20% de la población norteamericana es incapaz de leer y entender noticias científicas, amplios sectores del electorado son muy influenciables y no basan sus opiniones y decisiones en datos o información sino en percepciones. La administración Bush fue muy eficaz en propagar la idea de que no hay acuerdo entre los científicos del clima y el resultado hoy es que hay mucha gente que cree que ese acuerdo no existe. El trabajo muestra además que esta percepción influye profundamente en las prioridades que deben aplicarse con el dinero público y como consecuencia hay poco apoyo a políticas climáticas. No será casualidad que los principales problemas para alcanzar acuerdos en Durban los hayan generado los representantes de ese país.

     El enfoque del problema del cambio global por la sociedad de nuestros días es similar a la situación de unos niños pequeños que juegan al escondite en una casa llena de enchufes e interruptores. Si no vemos las conexiones y seguimos jugando a crear una sociedad del bienestar sin más leyes que la oferta y la demanda de los mercados corremos el riesgo de electrocutarnos.

_____________________________________________________________________________
Los  artículos citados son:
Doran, P. T. & Zimmerman, M. K. 2009. Examining the scientific consensus on climate change. EOS Trans.AGU 90, http://dx.doi.org./10.1029/2009EO030002

Ding Ding, EdwardW. Maibach, Xiaoquan Zha, Connie Roser-Renouf & Anthony Leiserowit. 2011. Support for climate policy and societal action are linked to perceptions about scientific agreement. Nature Climate Change 1: 462–466. doi:10.1038/nclimate1295