Opinion · Punto y seguido

El burka de Sarkozy

Supongamos que la propuesta del presidente galo de prohibir el burka en las calles francesas no es para atizar el fuego de la farsa del choque de civilizaciones, ni estigmatizar a los musulmanes, ni renovar la simpatía de la ultraderecha hacia sus políticas o haciendo un guiño a la Iglesia, ni que tampoco pretende pasar a la historia como el salvador de las mujeres oprimidas, ni mucho menos dividir los ciudadanos por su indumentaria y así tapar la brecha que se ahonda entre los ricos y los pobres. Si los inmigrantes tuvieran derecho a voto, ¿hubiera lanzado esta iniciativa?

Aunque creamos que Sarkozy está preocupado realmente por la “dignidad y libertad” de las portadoras del burka, su enfoque tiene los rasgos clásicos de la mirada de derechas: eliminar la manifestación de un problema en vez de solucionarlo e imponer un proyecto desde arriba, sin un estudio y debate previos. El burka –deformación fonética de purda, “cortina” en la lengua dari–, que cubría a las pashtunes, fue impuesto a todas las afganas cuando los talibanes, de la misma etnia, tomaron el poder. Esta “prisión móvil”, invento de mentes perversas que convierte a la mujer en un bulto sin identidad y le provoca graves enfermedades físicas y traumas psicológicos, es una de las manifestaciones más agresivas de la violencia contra la mujer. Su prohibición liberará a algunas, mientras a otras las condenará a permanecer en casa y perder el contacto con el mundo de los vivos. Sarkozy, que no reconoce el fracaso de sus políticas de integración, oculta la contribución de su país en instalar una teocracia en el Afganistán ocupado, cuyas leyes –que incluyen la del talión y la lapidación– consideran a la mujer un ser de segunda categoría. ¡Allí al presidente no le interesa separar la religión del Estado! Arrancando el burka no se eliminan los mecanismos sofisticados y complejos del dominio del sistema patriarcal sobre la mujer. Tampoco ayuda la multiculturalidad mal entendida, que justifica la telaraña de intereses de unos sobre otros y, en nombre de la libertad religiosa, deja sola a la mujer en la lucha por su liberación.

Un debate abierto y sin miedos sobre los derechos de la mujer musulmana, el desarrollo de políticas que contribuyan en su independencia económica, paralelo a una educación en igualdad, harán que ningún hombre se sienta feliz al lado de una mujer anulada.