Opinion · Punto y seguido

Crimen y castigo

Cada vez que los medios se encargan de hacer de algunos delitos noticia al borde del sensacionalismo, parte de la sociedad pide el endurecimiento de las penas para, por un lado, escarmentar a los infractores de los pactos establecidos –más allá de su justedad– y, por otro, aleccionar a los demás por si caen en la tentación de saltárselos. Sin embargo, educar en base a miedos, hacer uso del terror como instrumento de control e identificar la justicia con castigo severo sólo han servido para saciar la sed de venganza.

Bajo el nombre de preservar la paz social, los gobiernos han privado de libertad a unas diez millones de almas, incluyendo disidentes políticos, prostitutas, drogadictos e indigentes. En España hay más de 70 prisiones –otras nueve en construcción– que albergan a unos 60.000 internos. Las medidas coercitivas por sí mismas ni reparan el daño hecho, ni evitan la repetición del mismo delito por otros, ni impiden que el infractor reincida. Tampoco la pena de muerte frena a quienes, de forma premeditada o impulsiva, rompen la legalidad. ¿Acaso la silla eléctrica o la inyección letal han hecho disminuir el número de asesinatos en EEUU, que cuenta con una población correccional de siete millones de personas? ¿Acaso en Irán la lapidación ha podido cohibir a los que deciden amar sin pedir permiso?

La industria penitenciaria va en auge: cientos de millones de euros destinados a construir nuevas prisiones, nuevos puestos de trabajo carcelario y más efectivos policiales, sin contar la inversión en artilugios como cámaras de vigilancia, pulseras o sistemas de identificación. Y eso es sólo una parte de un negocio que desde la televisión, uno de las principales agentes de socialización, promociona la violencia como medio de resolver conflictos. Dibujos animados y películas que manipulan la sensibilidad del espectador y provocan fascinación hacia el agresor seductor, duro y triunfante. La oferta incluye la violencia divertida: vestirse de militar y desahogarse disparando balas-bolas de pintura.

La fábrica del crimen sofisticado ha sabido colarse de tal manera en nuestros proyectos de vida que hasta series como CSI hacen que cada vez a más estudiantes se les despierte el morbo de ser forenses o detectives… Ningún castigo es justo si no se tratan las causas que convierten a una persona en una amenaza para otra.