Opinion · Punto y seguido

Pan y sexo

La ley afgana que otorga al marido el derecho a negar el alimento a su esposa si esta rechista ante su exigencias sexuales no es más que la expresión legalizada del chantaje que sufren las mujeres dentro y fuera del matrimonio a nivel mundial. Un maltrato legal vigente en una veintena de países y practicado y silenciado en el resto. Aunque exhibida por el fanatismo religioso, la milenaria explotación sexual de la mujer resulta del monopolio y la gestión de los medios de producción y de los recursos económicos por parte de los hombres, además de la santificación de una moral discriminatoria que equipara la mujer y el sexo.

Para que la esposa cumpla con sus “obligaciones maritales”, han inculcado la perversa idea, tanto a ellos como a ellas, de que el estatus natural de la mujer es el de un ser inferior. Le aseguran que “las necesidades sexuales del hombre son mayores que las de las mujeres” y la asustan con que él “busque fuera lo que no encuentra en casa”. Como si fuera poco, la amenazan con un castigo duro en la otra vida por una divinidad que suele estar al lado de él. Así han perpetuado una humillación que hace añicos el vínculo del contacto íntimo con amor, deseo y respeto.

La condición de esposo concede a un violador el derecho a atentar impunemente contra su esposa una y otra vez, anulando su derecho y la capacidad de oponer resistencia a una violación que, para más pavor, acontece en el hogar. El matrimonio es un contrato sexual, condicionado en los sistemas patriarcales por la ley del mercado, en el que él provee los bienes de consumo y ella el placer y la descendencia. El precio de ella dependerá de su clase social, su nivel educativo, su belleza, su edad y de si es de primera mano. Un mercado donde se alquila su cuerpo, o se la vende por una dote que amortiza los cuidados recibidos, como en las tradiciones semíticas, que advierten que si los esposos se separan antes de “consumar” el matrimonio, ella debe devolver la dote. En la cultura hindú, la ofrecen gratis e incluso recompensan al que se la lleva.

Una situación agravada por la crisis, que ha dejado sin trabajo a 22 millones de mujeres, consolidando así la feminización de la pobreza y engrosando las filas de personas disponibles en la infame industria que trapichea con pan y sexo, dentro y fuera del matrimonio.