Opinion · Punto y seguido

Arabia Saudí exhibe poderío

 

Salvo noticias sobre la denigrante situación de las mujeres, que además suele ser reducida a su falta de derecho a  conducir vehículos, el mutismo acerca de uno de los Estados de mayor influencia en el destino del mundo (y no sólo por los 9 millones de barriles que exporta cada día), es absoluto. En este reino del terror, unos seis mil príncipes de la familia Saud, que consideran el país su feudo privado, poniéndole incluso su apellido, mandan a sus anchas mientras prohíben partidos políticos y sindicatos, elecciones y prensa libre, y censuran ciencia, arte y ocio. Las mujeres, con estatus de menores de edad perpetúas, carecen del carné de identidad propio, y no pueden recibir atención médica, ir a la escuela o viajar sin la autorización de un hombre de la familia. Cerca de seis millones de inmigrantes, viven y trabajan en condiciones infrahumanas de semi esclavitud. La mitad de los ejecutados, son extranjeros. Ahora, los súbditos del rey claman cambios y el fin del nepotismo de un gobierno corrupto cuyos ministros son primos y hermanos, empapados de abusos y pecados nada originales, como la trata de mujeres y niñas de Asia y África. El rey Abdallah, al que Barak Obama en un gesto sin precedente, se inclinó para besarle la mano, usa la guillotina y espada para cortar la cabeza a quien se atreva infringir sus irracionales normas, mientras se desgarra las vestiduras por  “la democracia” en Libia, financiando a los rebeldes.

La Casa Saud que promete al pueblo reformas económicas, con el fin de ahogar las demandas políticas, está sumida en una intensa lucha por la sucesión del anciano monarca de 86 años. El heredero, Sultan Bin Abdulaziz de 84 años padece cáncer y la salud del heredero en reservas, Nayef Bin Abdulaziz de 73 es delicada. Uno de los jóvenes aspirantes, el príncipe Bandar, ex embajador en Washington, y con 67 primaveras a sus espaldas, intentó en 2009 un golpe de estado.

Esta lucha, además de generacional se desarrolla en el terreno de la política exterior. Unos, en la línea del actual rey, se posicionan como panarabistas, consideran enemigos a Israel y a Irán, y se oponen a la presencia de las tropas norteamericanas en el suelo sagrado del país, mientras otros, como Bandar, defienden la orientación tradicional del país basada en la alianza con el Occidente, sobre con EEUU .

Los actuales gobernantes, revisan su pacto de “acceso preferencial al petroleo por garantías de seguridad” con la Casa Blanca. Entre la retahíla de sus quejas: Abandonar a Mubarak a su suerte, no atajar la ambición nuclear de Irán, ni resolver el problema palestino, y encima planear el repliegue de las tropas de Irak y Afganistán. Temen un aumento de la influencia iraní en el primer país y de la India en el segundo. Por lo que ha tomado la acción. Invaden Yemen y Bahréin para tenerlos bajo su control; fortalecen su alianza con un Pakistán “nuclearizado” dentro de la mayor alianza creada de los países musulmanes contra Irán (sin contar los megacontratos de armas que ha firmado con EEUU, Rusia y Alemania), y canaliza los cambios en Egipto y Siria, a través de generales afines y muchos millones de dólares.

Que planteen, con China y Rusia, des-dolarizar el mercado del petróleo, es la guinda del cambio en su política de amistad especial con EEUU, y sería un golpe al dominio de éste país sobre la economía  mundial.

Washington prefiere una Arabia débil para hacerse con su Oro Negro. Aquí nadie está a salvo: en 1973 durante la crisis energética causada por la guerra árabe-israelí, el presidente Nixon barajó un ataque militar contra el reino de Saud.

De momento, afortunadamente y a pesar de que existen planes para un escenario imprevisible, no está a la vista una guerra inminente contra éste país. Todo dependerá de la fuerza y el peso que adquiera la facción  antiestadounidense de esta monarquía,  los próximos años.