Opinion · Punto y seguido

Las horas contadas de Assad

 

Del “Assad es un reformista” de Hillary Clinton al “Assad debe marcharse” de Barak Obama han pasado cinco meses. Este cambio, que augura un trágico final del líder sirio y anuncia la injerencia ilegal de EEUU en los asuntos internos de un país soberano, se debe a la incapacidad del dirigente sirio de contener las protestas. A EEUU le preocupa un caos incontrolado en las proximidades de Israel.

El régimen baasista de Bashar, que ya en el año 2000 dio carpetazo a la Primavera de Damasco aplastando así la primera oportunidad que se le dio para darse legitimidad, once años después volvió a llamar terroristas a sus ciudadanos rebelados contra la grave crisis económica, el estado policial y las discriminaciones étnico-religiosas; luego tardó en aplicar las reformas y ahora, además, se enfrenta a bandas que reciben armas de Jordania, Irak y Turquía y que se mezclan con los manifestantes.

Obama, sumiso a las presiones del “Tea Party”, que pide la aplicación de un castigo severo (¡militar!) al aliado estratégico de Irán, y atento a una opinión pública que se opone a otra guerra, ha delegado en Turquía la coordinación del derribo de Assad, otro integrante de la lista del “Eje del Mal” de Bush -que recibió el apoyo de Hafiz, el padre de Bashar en su guerra del 1991 contra Irak. El país asiático vuelve a ser acusado de crímenes contra la humanidad y la tenencia de armas (químicas) de destrucción masiva y de planes nucleares.

Una inquietante Ankara, socio musulmán de la OTAN, que proclama como propios los asuntos del país árabe, apadrina al Consejo Nacional Sirio (CNS), la oscura oposición financiada por Arabia Saudí y promocionada por la dictadura catarí a través de Al-Jazeera. El CNS, desde la frontera de Turquía, prepara un asalto a las ciudades sirias, a la vez que estudia las posibilidades de un golpe de Estado. A pesar de que la élite militar (en su mayoría alauita-chií) sigue fiel al presidente, ya aparecen oficiales “rebeldes” dispuestos a mostrar sus dotes castrenses.

Poniendo algo de sensatez en el medio de tanta sin razón, las fuerzas progresistas sirias, que consideran que el nivel y la dimensión de las protestas son desproporcionados con respecto a los problemas existentes, invitan a la búsqueda de una solución “interna y nacional” para abortar la conspiración gestada contra su patria.

Dmitri Rogozin, embajador ruso ante la OTAN, revela que la Alianza prepara una agresión militar a Siria “con el objetivo de crear un puente para un futuro ataque a Irán”, país que ha amenazado, por su parte, con arrasar Catar si se agrede a Siria. Teherán, que ha pasado de denunciar la mano de EEUU detrás de las protestas a pedir a Damasco que atienda las «demandas legítimas» de los ciudadanos y lleve a cabo reformas urgentes, se prepara para la era post-Assad e incluso toma el té con la oposición.

Bashar no está tan solo ante el peligro como estaba Gadafi. Además de contar con la desgana europea de apoyar una aventura capitaneada por un ambicioso Tayyip Erdogan y los jeques saudíes de siniestras intenciones, goza del firme apoyo político, económico y militar de Moscú, que tiene en Siria su única base militar de todo el Mediterráneo y Oriente Medio. Pero ni siquiera la suma de ambos factores podrá salvar a Assad de ingresar en el club de los dictadores abatidos por quienes son más peligrosos que él para la democracia en Siria y la paz en la región y en el mundo.

La incertidumbre estratégica de la zona está creando el clima de un auténtico escenario bélico de proporciones escalofriantes sin que nadie ofrezca una salida política a la crisis. La ONU hace tiempo que ha muerto.