Opinion · Punto y seguido

Los invisibles refugiados afganos

“… Nosotros mismos
casi somos como rumores de crímenes que pasaron
la frontera. Cada uno
de los que vamos con los zapatos rotos entre la multitud
la ignominia mostramos que hoy mancha a nuestra tierra.
(“Sobre la denominación de emigrantes”, Bertolt Brecht)

Alrededor de 76 muertos y 360 heridos son el balance de víctimas directas de las bombas que hicieron estallar la OTAN y los talibanes durante los días 11 y 19 de abril. Y aun así, la Unión Europea (UE), que participa en esta “guerra de terror” en Afganistán, no sólo no reconoce como refugiados de guerra a quienes huyen del horror, sino que planea repatriar a 80.000 afganos a su país, a pesar de estar ocupado por decenas de miles de hombres armados de la OTAN. El país menos pacífico del mundo según el Instituto para la Economía y la Paz, Afganistán lleva en guerra desde 1979, fecha de la creación del yihadismo sunnita (que hoy se presentan como el Estado Islámico) por EEUU, Arabia Saudi y Paquistán. Un tercio de la población ha huido de sus casas y 6 millones de sus gentes erran por el mundo.

El drama callado de los afganos en cifras

La “guerra buena” de la OTAN en 2011 para “liberar a las mujeres afganas y llevar paz, pan y democracia” a la población coloca a Afganistán en el puesto número 174 de 178 países, según el Índice de Desarrollo Humano, el mismo que sitúa la esperanza de vida de este país en sólo 44 años.

Según la ONU, en 2015 cerca de 3.500 civiles fueron asesinados y alrededor de 7.400 sufrieron heridas por los ataques de la OTAN y los Talibán, un 4% más que en el 2014. Mientras los niños han sido el 25% de las víctimas —sin contar cientos de mutilados por jugar con las municiones sin explotar—, la matanza de mujeres por por parte de los enemigos de los afganos aumentó un 23%. En octubre pasado el ataque de la OTAN al hospital de Médicos Sin Fronteras en Kunduz mató a 9 empleados e hirió a otras 37 personas. Una violencia sistemática que impide el acceso a la población a la educación, salud y trabajo, y ha provocado la fuga de sus jóvenes y de capitales del país. Que las ciudades estén ocupadas por los militares de EEUU y el campo por los señores de la guerra, ha hecho que cientos de miles de agricultores hayan tenido que huir de las aldeas, hayan buscado refugio en Irán y Pakistán, paralizando la economía de subsistencia del país.

Obama mintió al prometer la salida de las tropas de Afganistán. Está aumentando el número de los soldados, equipando las 9 bases militares que ha esparcido por los cuatro costados del estratégico país ubicado en el corazón de Asia Central jugando al  “Gran Juego”, con China y Rusia.

Los países de la OTAN han perforado 322 pozos petrolíferos en la cuenca del Amo Darya, donde se encuentra la posible reserva de hasta 2 mil millones de barriles de crudo. Algún día calcularán si los beneficios de los tesoros afganos —o los 40 millones de dólares que la compañía JP Morgan Chase invirtió en las minas de oro afganas— eran mayores que la vida de sus 3000 soldados y los billones de dólares que han gastado del bolsillo de los contribuyentes en la invasión.

La ausencia de un proyecto para crear una nación de grupos tribales, la despreocupación por la vida de los ciudadanos, la eliminación de las fuerzas progresistas del país desde 1978 por parte de EEUU-Yihadista, y los gobiernos títeres de caudillos corruptos y reaccionarios han hecho imposible la reconstrucción de una sociedad destrozada por 36 años de guerra. Hoy, 21 de las 34 provincias afganas sufre una violencia que ha causado el desplazamiento de 1,2 millones de personas. Las bombas de la OTAN y de los Taliban siguen destruyendo las redes eléctricas, depósitos de combustible, depuradoras de agua, centros de salud y escuelas, llevando a casi la mitad de la población a vivir con menos de un dólar por día.

Si hoy John Kerry va a Afganistán como Pedro por su casa, su compatriota, el vicepresidente de EEUU, Spiro T. Agnew, fue recibido en 1970 con piedras y huevos en su visita por Kabul, en protesta ciudadana por apoyar a la monarquía despótica de Zahir Sha, ofreciendo a los occidentales, entre otras cosas, un mercado barato de opio y cannabis. Ahora, la mafia de la amapola amparada por las tropas de EEUU, ha convertido Afganistán en la Colombia de Asia.

Ser refugiado afgano

Según la Organización Internacional para la Migración, desde 1980 hasta 2012, los afganos eran el primer grupo en solicitar refugios y asilos del mundo. Aunque es EEUU el principal causante de su drama, 6 millones de afganos han ido a parar en Pakistán e Irán. Aquí, la “afganofobia” divulgada por parte de sus autoridades, les identifica a sus hombres con delincuentes, camellos y terroristas.

En Paquistán, el gobierno pretende expulsar la mitad de los 3 millones de refugiados afganos que acoge. La opresión y la brutalidad de la policía y los grupos islamistas que dirigen los campos de refugiados, junto con la miseria absoluta, el desempleo y la falta de seguridad, forzaron el año pasado la huida de 80.000 afganos a Europa y la India.

La matanza de 151 personas en una escuela en Pishavar en 2014, atribuida a los talibanes afganos, fue utilizada por el régimen para recuperar la pena de muerte y destruir las viviendas del barrio “Afgan Basti” en Islam Abad, dejando sin techo a miles de familias. Muchos han sido objetos de “lato-o kub” «palizas y patadas», el maltrato habitual de la policía paquistaní hacia el sector más pobre e indefenso de la sociedad paquistaní.

Su gravísima situación humanitaria en este país, podrá provocar  un gran éxodo.

En Irán, las autoridades han reconocido el derecho a refugio sólo a 950.000 de los 2,5 millones de afganos. Según la prensa de Kabul, Irán expulsa a un promedio de 25.000 afganos al mes. Cifra que incluye a las “esposas iraníes” de los hombres afganos y sus hijos nacidos en Irán, ya que la ley prohíbe la integración de las personas de esta nacionalidad en la población local, impidiendo, por ejemplo, que se casaran con mujeres iraníes, ignorando que el amor y la necesidad tienen sus propias leyes: sus hijos, entre otros tantos derechos de ciudadanía que carecen, hasta hace un año no podían ser escolarizados por falta de “papeles”. El gobierno de Hasan Rohani ha anunciado empezar a registrarles antes de tomar una decisión sobre sus destrozadas vidas. Cientos de sus jóvenes varones componen las brigadas “Fatemuyun” —creadas por Irán para combatir a los yihadistas de Daesh en Siria—, a cambio de 200 euros al mes y recibir permiso de residencia, trabajo, estudio y de conducir. Una veintena han muerto, y algunos que han regresado a Irán denuncian no haber recibido su recompensa, mientras cientos “se han colado” entre los refugiados sirios para entrar en Europa.

En la UE, los afganos representaron el 20% de los refugiados llegados en barco en 2015. La mayoría nunca ha visto el mar, ni sabe nadar. Cientos dejaron sus vidas en sus incompasivas aguas.

El 29 de agosto pasado, la policía austriaca encontró el cadáver de 71 personas en un camión hermético (para transportar pollo congelado); la mayoría eran afganos, incluidos ocho mujeres y cuatro niños. Entre los supervivientes había 24 menores. El 15 de octubre, un solicitante de asilo afgano, que se había salvado de los talibanes, fue asesinado a tiros por la policía búlgara.

La “guerra sin fin contra el terrorismo” de EEUU es hoy la principal fábrica de producir refugiados en el mundo.