Opinion · Punto y seguido

Catar: una dictadura modélica

 

En este caso no hace falta una guerra para ubicar el diminuto país del Golfo Pérsico. Los grandes deportistas pasean su nombre impreso sobre el corazón por todo el mundo. Catar «Tierra»  (frente a Bahréin que significa «Mares»), está gobernado por el jeque Mohammed Bin Thani, un peculiar sátrapa astuto y sagaz que sentado sobre la tercera reserva mundial de gas (disputada por las empresas de Estados Unidos y Francia) ha sabido utilizar el petróleo y el canal televisivo Al-Jazeera para conseguir un crecimiento económico del 18,5% y convertirse en un actor internacional.

Los pintorescos rascacielos y el brillo de los petrodólares hacen que la dictadura absolutista política-religiosa de Thani aparezca como un modelo alternativo frente al saudí, aunque compartan la vigencia de la pena de muerte, la mirada misógina hacia la mujer (incluso hay una ley que reglamenta la entrada de las solteras menores de 35 años al país….las mayores de esta edad se libran de la prohibición, ¡porque no interesan a los hombres!), y la ausencia total de libertades e instituciones democráticas como el Parlamento y los partidos. Se le aplaude porque ha roto con los  tópicos y a pesar de practicar el wahabismo ha abierto una iglesia católica…

En vez de democratizar, el Emir compra voluntades para lavar su imagen. Así, en su propaganda desaparece el 85% de la población -1,4 millones de trabajadores inmigrantes varones- que carecen de los escasos derechos de ciudadanía que disfrutan los aproximadamente 300.000 cataríes de pura cepa. Esta composición de la población hace que solo haya una mujer por cada cuatro varones. En una situación de semiesclavitud, con un sueldo de hambre y los pasaportes confiscados por el Estado, los trabajadores extranjeros son víctimas de abusos y malos tratos por parte de sus patronos que los llevan al borde del suicidio. En el año 2007 unos 20.000 trabajadores inmigrantes huyeron de sus empleadores mientras el gobierno regala la nacionalidad a los ricos y famosos de todo el mundo e inaugura una mezquita faraónica con capacidad para 42.000 fieles.

La política interna está en línea con la diplomacia. Al-Jazeera, cuyos debates plurales dinamizaron el panorama audiovisual del mundo árabe, desde la invasión de Afganistán en 2001 alimentó la farsa de la guerra contra el terror, convirtió al terrorista de ultraderecha bin Laden en un héroe y ha recaudado millones de dólares en derechos gracias a la exclusiva de sus videos. En la guerra contra Irak dividió el mundo en naciones y no en clases, como si los dirigentes iraquíes no fueran también responsables de la tragedia que todavía continúa sufriendo ese pueblo. Para el canal catarí –patrimonio de la familia real-, que ya exige el velo a las locutoras, no existen la oposición al Emir ni las protestas de Barhéin aplastadas por los tanques de Riad.

 

Catar, que alberga una base militar estadounidense, se lleva bien con todo el mundo: EEUU e Irán, Israel y Palestina, Marruecos y el Polisario… lo que no impide que participe activamente en la lucha contra la Primavera Árabe. Inyecta armas y dinero a la parte siniestra  de la oposición anti-Assad de Siria después de haber participado, junto a la OTAN, en el bombardeo de la población libia y de regalar a los rebeldes 400 millones de dólares y un canal de televisión. La injerencia de Doha en los asuntos libios es tan grande y descarada que circula la broma de que Doha es la nueva capital del país. También ha financiado al partido tunecino Nahda y medió para que el gobierno islámico mantenga buenas relaciones con Washington; abrió una oficina talibán para legitimar las negociaciones del Pentágono con el grupo terrorista; y si es cierto que financia a la banda armada somalí Shabab, que se enfrenta a los grupos antiyihadistas respaldados por EEUU, entonces ambos aliados atizan el fuego de la guerra civil y la terrible hambruna que sufren los somalíes agonizantes sobre un mar de petróleo. ¡Cómo se desperdician cientos de millones de euros en los peligrosos caprichos de un jeque!

 

Quizá el régimen catarí sea el menos malo de la zona. Pero las relaciones económicas internacionales deben utilizarse para presionar a gobiernos de  este tipo para que respeten los derechos humanos más elementales.