Opinión · Punto y seguido

Toreo: tortura hecha negocio

Desde el punto de vista meramente utilitario –fundamento de una economía de mercado–, sorprende que un país pague a sus científicos unos 35.000 euros anuales mientras algunos de sus toreros embolsen alrededor de 350.000 euros (unos 60 millones de pesetas) en una sola tarde; desde un punto de vista racional es inexplicable que sea la Administración Pública la que financie este negocio de sangre y dolor y que un pueblo civilizado tolere tal barbarie.
Miles de toros son torturados en las fiestas hasta morir, y cientos de caballos son mutilados en nombre de la tradición. Lejos de ser un rito español, la tauromaquia hunde sus raíces en el credo mitraísta, el culto al Dios solar surgido en Asia Central y practicado por las tribus guerreras hace unos 4.000 años. Una religión en la que se sacrificaba un buey en las ceremonias litúrgicas y se bebía su sangre para ser inmortalizados. El mitraísmo se extendió por el Imperio Romano, convirtiéndose, a manos de Nerón, en el credo oficial del Estado. Y mientras aquella orgía de violencia santificada se desmantelaba en sus tierras originarias por las reformas de Zaratustra –el primer antitaurino de la historia, que prohibió todo tipo de maltrato animal–, en Europa se prolongó siglos después. Las corridas de toros, herencia de aquella fe pagana, hoy son, además, una farsa. Ni arte ni bravura, sino la exhibición de la pequeñez de varios hombres armados ante un animal debilitado previamente.

Según asociaciones protectoras de animales, el suplicio del toro empieza días antes: es atado dentro de la “caja de curas”, para afeitar sus cuernos con la sierra; se le introduce algodón o estopa en la nariz y la garganta para dificultar su respiración, y se le untan las patas con productos químicos para que ardan e impidan su rápida caída. Encerrado en la oscuridad, hambriento y desesperado le sueltan al ruedo, para que su reacción a la luz le de al noble animal una apariencia feroz. El tormento continuará cuando se le claven largas espadas que le atravesarán los pulmones. ¿Que no siente dolor? Basta ver con qué insistencia intenta espantar a las ínfimas moscas que le pinchan con sus cortas trompas. Agonizando, es arrastrado hasta morir ahogado en su propia sangre. Aun así, es afortunado comparado con lo que le hacen al Toro de la Vega o al alanceado.
Bárbaras tradiciones, como lo son la ablación y la lapidación. La tauromaquia es otra manifestación de un especismo anticientífico que considera al ser humano superior y con el derecho a esclavizar a sus hermanos menores.