Opinion · Punto y seguido

Errores de Obama en Oriente Medio

Estabilizar Irak y Afganistán, reanimar el proceso de paz palestino-israelí y paralizar el programa nuclear de Irán a través del diálogo fueron los principales objetivos que se fijó Barack Obama en 2008.

Cuatro años después no ha logrado ninguno y se le acumulan, además, otros desafíos: entender lo que sucede en Libia, Egipto, Yemen y Arabia y, por otro lado, cómo manejar la situación de Siria.

Los errores de Obama, hombre que a pesar de todo no ha conseguido ser la antítesis de George W. Bush, son producto de varios factores: su rol de presidente de un imperio militarista, sus intentos de reconciliar los intereses de la élite de Estados Unidos con la estabilidad y la prosperidad en Oriente Medio y, finalmente, subestimar la capacidad de los líderes embusteros de Oriente Medio para hacer trampas.

En su discurso en El Cairo cometió un doble error: identificar a la población de los Estados musulmanes con sus dirigentes —muchos, déspotas y oscurantistas— y, desde la sede de los Hermanos Musulmanes, prometer a los líderes sátrapas buenos comienzos en vez de pedir perdón a los pueblos de Irak y Afganistán por los crímenes cometidos por Estados Unidos. La misma mirada mutilada que le llevó a inclinarse ante el rey de Arabia Saudí y apoyar a la derecha religiosa durante la Primavera Árabe.

Luego, en junio del 2009, tropezó con las protestas pacíficas en Irán contra el fraude electoral. Con sus proclamas de «Obama, Obama, ya bauna ya bama» (Obama, o estás con ellos o con nosotros), los manifestantes le advirtieron del coste de jugar en dos bandos a la vez. Pero al presidente estadounidense le asustaba un cambio sin control en este gran productor de petróleo, en medio de la crisis financiera. Falló Obama en no apoyar a los manifestantes y también en aparcar la idea del diálogo directo con el Gobierno de Irán para tratar los asuntos bilaterales. Hoy, sigue errando: aumentar la presión sobre Irán, aunque provoque rebeliones populares, llevará al poder a los militares, quienes buscarán más armas para defenderse y pondrán fin a cualquier atisbo de una apertura interna. Si Obama teme un Irán nuclear, al igual que una guerra con él, debe negociar con la República Islámica e Israel directamente.

En la primavera de Egipto, tras cambiar varias veces de postura, apoyó al Hermano Musri, amenazando al Ejército egipcio con cerrarle el grifo si no le cedía el poder al nuevo presidente. A cambio espera que Musri respete el acuerdo de Camp David y Egipto siga siendo un contrapeso al Irán chiita.

Éxito catastrófico empapado de petróleo fue su aventura en Libia: asesinato gangsteriano (con un agente francés y Hillary Clinton en el ajo) del jefe de un estado soberano, la muerte de miles de civiles durante los silenciados bombardeos de la OTAN y el regalo de armas a miles de mercenarios que han hundido el país en el caos. El crimen del embajador Stevens por  estos individuos es el resultado de «criar una serpiente en la manga».

Fulanito «tiene que irse» es ya un estribillo de sus irresponsables discursos, en los que no medita las efectos que tiene desmantelar un Estado para los ciudadanos y para una región entera. Al no entender el concepto de «lucha de clases», cree que el simple cambio de un mandatario y montar cuatro urnas conllevan a la apertura política y la mejora económica.

Obama es un Bush astuto: con el multilateralismo reparte los costos morales y económicos de sus batallas; con la estrategia de «liderar desde atrás» reduce la exposición de Estados Unidos y empleando drones se hace con el control de territorios ajenos, sin poner las botas en el suelo.

Cosecha pulgas quien no siembra soja

Los republicanos han empujado a Obama a bushizar su política exterior: así limpian el nombre de aquel ofuscado personaje, a la vez que llevan adelante su agenda política.

Sin convicciones firmes, ni carácter para defenderlas, el presidente no suele tener un plan B y pasa de una posición a la contraria sin despeinarse: Guantánamo es un ejemplo. Su carisma y su magnetismo encubren su falta de ética. Dicen que él, como Don Corleone, elije personalmente a quien hay que eliminar de las otras familias y en otros territorios .

Ante este panorama, durante su mandato los bastiones de EEUU han dejado de serlo:

Arabia le acusó de desleal y de abandonar a los tiranos en aquellas Primaveras. Así que el reino saudí ignoró la indicación de Obama para realizar reformas en Bahrein y envió tanques que aplastaron las protestas de los ciudadanos.

Pakistán, que fue su aliado en el tinglado de «lucha contra el terror», fortalece lazos con Pekín y Moscú, vengándose así de Obama, quien busca alianzas con la India para contener a China.

Irak, aún ocupado por miles de soldados y mercenarios contratados, ha puesto fin a la influencia que Estados Unidos tuvo en la era de Saddam. Ahora, próximo a Irán, Irak respalda a Bashir al Assad y compra armas a Putin. Un tiro por la culata. Obama recurre a Turquía para que restablezca el equilibrio religioso, protegiendo al sunismo en la zona.

En cuanto al intimísimo Israel, Netanyahu es el que más ha humillado al presidente de Estado Unidos. El primer ministro israelí se negó a congelar los asentamientos y negociar con los palestinos, y forzó a Obama para que no reconociera a un Estado palestino.

No es cierto que la paz en la zona dependa de la solución del conflicto entre palestinos e israelíes. Este enfoque, además, otorga demasiado peso a los implicados, incluye a quienes son ajenos al problema e impide buscar una salida a la enredada tragedia palestina.

Se ha diluido la autoridad de Estados Unidos en esta región del mundo, que busca en China y Rusia un contrapeso al poder occidental que con su parcialidad y codicia resta legitimidad a sus propuestas.

Los problemas de allí desbordan a una sola potencia. Que los presidentes de Estados Unidos dejen de hacer de Némesis y devuelvan a la ONU el papel de mediador de los conflictos.