Opinión · Punto y seguido

El regreso de Alemania a Oriente Próximo

La táctica de Barack Obama de mantener un discreto segundo plano en Oriente Próximo, sus malas relaciones con el Gobierno israelí, el odio que los pueblos de la región le profesan y el gran prestigio del que gozan los alemanes por su tecnología, ofrecen una oportunidad de oro a Alemania para recuperar su influencia política y también militar, perdidas tras la Segunda Guerra Mundial, en esta región estratégica y tensa. La “responsabilidad histórica” respecto a Israel completa las justificaciones de la presencia alemana en la zona.

En ese sentido, Washington mira a Berlín con recelo. ¡Por algo se ha negado a concederle el derecho de veto en el Concejo de Seguridad de la ONU! Mientras, le vigila.

La primera misión alemana, definida por la Canciller Angela Merkel como “una elección de dimensiones históricas” fue la de Líbano. Bajo la bandera de la ONU, Alemania envió dos fragatas y 2.400 soldados para desarmar a Hezbollah y proteger a Israel. Luego, se negó a ir a la guerra contra Irak y se abstuvo en la operación del ataque contra Libia —por los intereses de la compañía petrolera BASF en ese país, y por las elecciones locales que estaban al caer—, aunque fue la BND — los servicios secretos alemanes— quien localizó a Muamar al Gadafi, jefe del Estado libio, para que luego fuese asesinado. En el caso de Siria Merkel pisa fuerte: ha instalado dos plataformas de lanzamiento de misiles Patriot en la frontera sirio-turca, supervisadas por 170 técnicos alemanes. Será su primera participación activa en una guerra. Poner fin al servicio militar y crear un ejercito profesional le va a liberar de las posibles presiones sociales en los futuros conflictos.

Alemania, que busca en esta región petróleo y mercado para vender tecnología y sobre todo armas, afirma querer organizar un equilibrio de poder entre Irán, los árabes e Israel que garantice una paz duradera, y así corregir el error cometido por Estados Unidos.

¿Cómo lo hará? Así: vendiendo tantas armas (es el el tercer exportador del mundo detrás de Estados Unidos y Rusia) como le sea posible a Arabia Saudí, su cliente preferido, sin dejar de agitar la bandera de los “valores europeos”. Tras romper el tabú de la prohibición de la venta de armas a los países de las “zonas de tensión”, y con el lema de “tanques en vez de soldados”, Merkel vendió en 2011 unos 800 tanques Leopard a Catar y a Arabia, llevándose a cambio unos 15.000 millones de dólares. Su aliado israelí, que iba a recibir seis submarinos Delfín —¡y modificados para que lleven cabeza nuclear….y obviamente no para aplastar a las gentes de Gaza!—, se opuso a la entrega de dos de esos peces de acero a Egipto. A pesar de que han sido subvencionados por Berlín en el marco de las compensaciones por el Holocausto, el precio de esos seis delfines supera el presupuesto de 2012 destinado a las supervivientes de aquel genocidio, denuncian los pacifistas.

El ingenio alemán hace posible cerrar suculentos negocios de armas sin dañar su prioridad en política exterior, que no es otra que la paz entre palestinos e israelíes. Merkel, al contrario que Obama, ha criticado la expansión de los asentamientos judíos y ha ignorado la rabia de Netanyahu por reconocer a Palestina como Estado observador en la ONU. La canciller tampoco se despeinó al advertir a Tel Aviv de los riesgos para Israel de un ataque contra Irán ¡Al carajo los civiles iraníes que morirían en masa! Ni mu acerca del arsenal de armas de destrucción masiva de su pequeño aliado, que incluye unas 200 cabezas nucleares.

Se acercan las elecciones de Israel. Netanyahu volverá a alarmar al electorado y al mundo acerca de la amenaza inminente de Irán…. que anuncia desde 2003.

Una historia malentendida

Muchos analistas han señalado el antisemitismo como el factor que ha unido a Alemania y los países musulmanes de Oriente Medio. Se equivocan.

Antes de la fundación de la Unión Soviética en 1917, los alemanes buscaban en dichas naciones sometidas al colonialismo británico una alianza para acabar con lo que el emperador Guillermo II llamaba “la chulería de los ingleses”. Por entonces Alemania pedía a los líderes musulmanes —que consideraban al Káiser un salvador y le apodaban “Haji Guillermo Mohammad”—, lanzar una Yihad contra el imperio británico. Los demócratas de la región denunciaban entonces las intenciones expansionistas de Alemania en la zona, que de paso fortalecían la posición de los oscurantistas y fanáticos. Una vez fundada la Unión Soviética fue el anticomunismo lo que hizo regresar a los alemanes a la región, y lo hizo desde Irán, vecino de la URSS y país con el que Alemania tenía relaciones políticas desde el siglo XVIII.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los alemanes, con el objetivo de utilizar el territorio iraní para atacar a la URSS, alegaron que Irán —”la tierra de los arios”— era el hermano natural de aquellos nazis.  Hitler arrastró al rey Reza Pahlevi a su trampa chovinista, y con él a millones de iraníes que empezaron a llevar el bigote mosca en señal de tal unión genética. La derrota del fascismo mejoró aun más las relaciones entre ambos países. El Sha, que había sustituido a su padre con la venia de los aliados, hasta rescató a la acerería Krupp, la joya de la industria germana, de la bancarrota total, con los petrodólares de los ciudadanos iraníes. ¿Busca Merkel a otros reyes y jeques para que así salven la economía europea?

Quienes hoy llevan la hipocresía hasta las nubes, en 1974 pusieron la primera piedra de la central nuclear de Bushehr, y sin terminarla, siguieron cobrando sus honorarios durante décadas. Es más, según Irán, Siemens habría incrustado en 2012 diminutos artefactos explosivos dentro del equipo que le vendía para la central, para la tranquilidad de los israelíes. ¡Es comer del plato y del comedero a la vez!

Berlín sigue manteniendo buenas relaciones con la República Islámica de Irán —por su gran mercado y su peso geopolítico—, y provoca así el enfado de Barack Obama, que acusa al Bundesbank de saltarse las sanciones financieras contra Teherán. Pero Merkel, consciente de que Irán no tiene posibilidad de fabricar armas nucleares, necesita los jugosos ingresos que le proporcionan sus relaciones comerciales con ese país. En 2004 Irán fue el primer mercado de Alemania en la región. De hecho, el 30% de la tecnología que importa Irán es alemana.

Al tiempo que la sociedad alemana reduce su apoyo al Gobierno derechista de Netanyahu (que no al pueblo) por los ataques a los palestinos, Merkel lo aumenta. Cosas del trastorno post-traumático tras la Segunda Guerra y el Holocausto. Política peligrosa para la paz mundial, como denunció Günther Grass, y nociva incluso para el propio Israel, pues eso contribuirá a aislarle aún más. Esta polaridad en Alemania también se refleja en las discrepancias entre Merkel y su ministro de exteriores, Guido Westerwelle, quien —sin consultar con su jefa— anunció planes para elevar el rango del representante palestino al de embajador. La canciller no dudó ni un segundo en revocar esa decisión.

Alemania, junto a China, representa el cambio en el equilibro entre las potencias mundiales y también la nueva dinámica de Oriente Próximo, siempre llena de incertidumbre.