Opinion · Punto y seguido

Las tres crisis de Iraq (I): el pueblo contra kakistocracia

Desde el uno de octubre, el Iraq pos Saddam Husein está viviendo unas  protestas sin precedentes y más sangrientas, que empezaron en la ciudad proletaria de Basora, corazón de la industria petrolera del país, y han alcanzado las principales ciudades del estado, salvo a las zonas sunnitas, cuya población teme ser acusada por el gobierno chiita de Adil Abdul-Mahdi de simpatizar con el ISIS, grupo terrorista que sembró terror en todo el país, y la Región Autónoma Kurda que también tuvo sus grandes protestas en 2015 contra la corrupción y las políticas económicas de los clanes gobernantes.

Las autoridades ignoraron el aviso del año pasado de los vecinos de Basora, cuando a miles ocuparon las calles en protesta por los deficientes servicios públicos: cerca de 18.000 personas habían sido intoxicadas por beber agua “potable” de sus grifos. Ahora a ellos se les han unido las mujeres y los hombres desempleados con títulos universitarios, cientos de miles que sufren cortes de electricidad unas 10 horas diarias, o los que viven en chabolas mientras pisan un océano subterráneo de Oro Negro. El régimen sectario-teocrático, neoliberal, autoritario y corrupto de Bagdad (nombre persa que paradójicamente significa Jardín de Justicia), la expresión viva de la kakistocracia «el gobierno de los peores», incapaz de entender que la ciudadanía no solo puede, sino debe cuestionar sus políticas, acusa a los indignados, que le han despertado de su placido sueño, estar al servicio de los países extranjeros, justo lo que es él: “Piensa el ladrón que todos son de su condición”.  Ahora que la vía “electoral” de producir cambios no ha funcionado, el pueblo ha decidido tomar las calles. El problema es que con políticos sin preparación “mental” y experiencia real para manejar un estallido social de este calibre, será difícil evitar una mayor represión evitando una guerra civil que involucre a decenas de milicias armadas y las fuerzas militares de otros países en su suelo.

La dureza de la represión, que ha dejado al menos 250 manifestantes muertos, 8000 heridos y cientos de arrestados, no solo muestra la naturaleza de la élite gobernante y su disposición a conducir el país hacia el caos. De paso, ha impuesto el estado de sitio en varias ciudades, y ha cortado el internet, ignorando que las revoluciones 1) tienen sus leyes (como la «opresión + explotación=rebelión») y 2) que en su mayoría absoluta han sucedido antes de que naciera el WhatsApp.

Los organizadores de las protestas, al parecer, son un grupo de profesores y estudiantes universitarios, sin afiliación a los partidos políticos y organizados en «Comités de Coordinación», que lanzaron el hashtag #Nazel akhod Haki «Protestando por mis derechos» llamando a los ciudadanos a reclamar “Pan, trabajo, libertad y transparencia”, exigiendo reformas al gobierno, escondido en la “Zona Verde” fortificada de la capital cuyo acceso está prohibido a los ciudadanos. La ausencia de un liderazgo convencional en las manifestaciones, al principio confundió hasta al Partido Comunista que tardó en respaldarlas. Si bien es cierto que las redes sociales pueden encender la mecha de una frustración e ira acumuladas, movilizando a las masas de forma espontánea, pero también es cierto que sin una organización dirigida por las fuerzas progresistas es imposible que consiga sus objetivos.

A pesar de que unas potencias regionales y mundiales intenten atizar el fuego de las protestas para “acabar con la influencia de Irán”, y otras contenerlas para salvar el actual sistema de corte medieval inviable, lo que sucede en Iraq es lo mismo que está teniendo lugar en Ecuador, Chile, Egipto, Sudán, Argelia o el Líbano: rebelion popular contra la corrupción, las medidas de austeridad, y un mayor atraco al bolsillo de los ciudadanos más empobrecidos por los poderes.

Los motivos de las protestas

  • La frustración social por un sistema político sectario, en el que los ciudadanos se dividen , no por su clase social, sino por su fe religiosa, y el poder se divide en proporción del número de los creyentes de cada comunidad. Así, en detrimento de los partidos políticos, los grupos religiosos han ocupado el espacio político-social, se han apoderado de los recursos naturales, sobre todo del petróleo, y también de los medios de producción, distribuyendo una migaja de los beneficios entre sus partidarios para destinar el resto al bolsillo propio. Se han creado verdaderas organizaciones mafiosas en el seno de las administraciones públicas, favoreciendo a sus “fieles”, dejando fuera a los más desfavorecidos y vulnerables que son la mayoría de la población.
  • Una corrupción monumental: desde el 2003, diferentes administraciones del país han sido acusadas de robar hasta  450.000 millones dólares de los fondos estatales. ¡Con qué dinero iban a instalar centrales eléctricas! Según la Transparencia Internacional en 2018 Iraq ocupó en el puesto número 168 entre 180 naciones. Miles de millones se ingresan en las cuentas de personas “fantasmas”, que no existen.
  • Desempleo, cuya tasa no ha parado de aumentar, es del 23% según el gobierno, y un 40% según el Fondo Monetario Internacional. Los jóvenes critican al gobierno que se contrate la mano de obra barata de 85.000 trabajadores extranjeros, y no haya leyes que imponga cuotas a las compañías extranjeras para contratar a los lugareños. Teniendo en cuenta que, de los 38 millones de habitantes del país, 20 millones son jóvenes menores de 23 años, y miles de fábricas y talleres han cerrado por falta de ayudas del estado.
  • Pobreza: en la segunda reserva mundial de petróleo, con 112.000 millones de barriles, la pobreza afecta a cerca de la mitad de la población, sobre todo a algunas provincias del sur “petrolífera y chiita”.
  • La visión económica del régimen, con tres principales rasgos: 1. Centrada en la renta del petróleo: Iraq sigue siendo un país monoproductor cuyo 92% de su presupuesto procede de la venta de este recurso, descuidando el resto de los sectores. 2) Menospreciar la importancia de la industrialización del país. La “economía islámica”, que está basada en la compra-venta, ha creado una burguesía parasitaria compradora que vive de encarecer los productos y especulación. 3) La falta de inversión por parte del estado y también del sector privado nacional, que se debe al ansia de la burguesía reinante a llenar sus cuentas que no crear puestos de trabajo, contribuyendo a la prosperidad de la nación.

Iraq en algunos datos

  • Iraq necesita producir al menos 700.000 nuevos puestos anuales, mientras se crean unos 50.000, además precario y en el sector servicio, mientras miles de graduados universitarios, mujeres y hombres, están desempleados.
  • El índice de desarrollo humano de Iraq, que mide la esperanza de vida, la educación, la salud, etc. coloca al país en el puesto 120 entre 197; en la brecha de género la situación aún está peor: ocupa el puesto 147.
  • Hay una docena de grandes grupos armados, que han absorbido a los jóvenes desempleados y frustrados, protegiendo los intereses de los caciques de las aldeas y provincias del país, impiden la normalización de la vida social. Chantajes, asesinatos (los últimos, el matrimonio de dibujantes Sara Madani y Hussein Adel Madani, tiroteados en su casa) o secuestros, sobre todo de mujeres, son el Modus Vivendi de dichos grupos de vándalos, disfrazados de “milicias”. La inseguridad que han creado es otro motivo d falta de inversiones y actividades económicas serias.  Su poder es tal que han rechazado la oferta del gobierno de integrarse en el ejército.

El “factor religioso”

George Bush, tras desmantelar el estado “nacionalista” árabe-sunnita iraquí en 2003, gracias a sus tres mentiras para conseguir sus diez objetivos, instaló en Bagdad una teocracia chiita, y separó la región kurda-sunnita del resto del país, añadiendo a los problemas anteriores de la nación un nuevo factor: eliminó el concepto de “ciudadano” para subrayar otras identidades como “chiita, sunnita, ateo, hombre, mujer, etc.”, para que fuesen desiguales ante la ley, en cumplimiento de “divide y vencerás”: unos tendrán privilegios sobre otros. Ahora, los partidos se dividen en étnicos y religiosos (¡unos 250 registrados!), rompen la unidad de las clases trabajadoras y crean un estado con representaciones etnosectaria, y por ende un gobierno débil.

El propio régimen “chiita” cuenta con la milicia armada Hashad al Shahbi (Fuerzas de Movilización Popular), que nació en 2014 para luchar contra ISIS, y se niega a disolverse y entregar las armas. Los 150.000 hombres armados cuentan con una rama política, llamada «Movimiento Ataa» dirigido por Falih Alfayyadh, con fuertes vínculos con los Guardianes Islámicos de la República Islámica de Irán, creando un poder paralelo, y quizás más fuerte que el propio gobierno de Abdul Mahdi.

No somos sadristas ni sistanistas, ni sunitas ni chiíes. Somos iraquíes ¿Por qué nos disparas? ¡Gano 8 dólares por día, queremos vivir! ”, dijo un joven “indignado” a los medios. Una mujer así desmentía al gobierno: “Mi hijo luchó y murió asesinado en la lucha contra ISIS en Baaj en las filas de Hashad al Shahbi ¿Cómo pueden acusar a los manifestantes de ser baasistas?”

La ausencia de consignas y banderas religiosas en estas protestas es uno de los principales elementos a destacar. Sin embargo, las fuerzas religiosas siguen intentando poner su sello en ellas para no ser excluidos del poder social, entre ellas:

  1. El líder chiita, ayatolá Ali al-Sistani, de 89 años y de origen iraní. A diferencia de sus homólogos que gobiernan Irán, él sigue fiel a uno de los fundamentos del chiismo: apartarse del poder hasta la llegada de Mahdi, el duodécimo santo que despareció a la edad de ocho años en el año 874, ocultándose para reaparecer como redentor al final de los tiempos. Por lo que considera una desviación instalar una “teocracia chiita”. De hecho, en el propio Irán es la primera vez en su historia que el clérigo islámico toma el poder. Sistani no pide la renuncia del gobierno de Abdul Mahdi, sino que realice las reformas que exige el pueblo e insta a la “no violencia” a los manifestantes y a las fuerzas de seguridad (¡muy equidistantes, cuando los muertos los ha puesto el pueblo!).
  2. Muqtada al-Sadr, un personaje oportunista de derechas, que gracias a la baja participación en las elecciones del 2018 consiguió dos tercios de los escaños, propone la dimisión del gobierno por corrupto, mientras sus ministros habían formado parte de él.
  3. Los ayatolás y el ejército de los Guardianes Islámicos de Irán, que se oponen a ambos clérigos, han evitado la caída del primer ministro, quien barajó su renuncia, pero después de hablar con las autoridades de Teherán ha decidido “resistir”.

Que la ciudad obrera y “chiita” de Basora haya iniciado las protestas contra el régimen capitalista “chiita” del país, muestra la falacia de las “guerras religiosas” y hasta qué punto el factor económico determina los levantamientos populares, a pesar de la milenaria habilidad de las élites en manipular los sentimientos religioso de los creyentes.

Después de cuatro décadas de guerra contra sus vecinos, sufrir las sanciones de la ONU, dos invasiones de decenas de países lideradas por EEUU a su territorio, la ocupación extranjera y lucha contra la banda terrorista “Estado Islámico”, que arrasó el país ante la ”pasividad” de cientos de miles de soldados de EEUU, los iraquíes difícilmente podrán cambiar su destino, maldecido por su geografía, que además de estar empapado de petróleo y gas, les ubica en el mismísimo corazón de Oriente Próximo.