Punto y seguido

La covid-19 pone a prueba los milenarios ritos funerarios

Las restricciones impuestas por la mayoría de los países del mundo para impedir la propagación del coronavirus han transformado las celebraciones de la despedida final de los seres queridos, generando una profunda angustia y dolor en parientes y amigos. Obviamente, hay una gran diferencia entre la ausencia voluntaria a un funeral (para protegerse del impacto de la pérdida, quizás), y la forzada, sobre todo si se trata de una muerte inesperada.

Desde hace miles de años, los sofisticados ritos colectivos de la muerte han cumplido funciones como asimilar la siempre enigmática desaparición de una vida; permitir la transición de una relación física a otra emocional; convertir el dolor en duelo exorcizando la angustia para recuperar la normalidad; ser testigo del dolor del otro, ofrecerle apoyo, consuelo y mostrarle que no está solo, pues "el dolor compartido duele menos", y, cómo no, reflexionar sobre nuestra finitud y lo efímero que es la vida. 

Algunos gobiernos han autorizado la asistencia de un número determinado de familiares a la despedida y otros, al considerar al fallecido "material peligroso", la han prohibido de forma tajante. La familia vestida del riguroso luto ha sido reemplazada por personas desconocidas disfrazadas de extraterrestres.

Los crímenes de la covid-19, al igual que la propia vida, no son "democráticos": las fosas comunes y las incineraciones grupales que van llenando el paisaje de muerte, devoran los cuerpos infectados con menos fortuna, de la gente sin recursos y por ende sin poder, y el sistema agrede incluso a su propio fundamento: el individualismo y la individualidad. Ya ni son una mercancía, no ha cobrado por darles este desolado fin, por lo que no está obligado a darles un trato socialmente respetuoso. Nadie les llora, ni les llama por su nombre, ni relata una anécdota compartida de su vida.

Pero ¡no se alarmen!, la muerte siempre ha tenido esta enorme capacidad de adaptarse a la realidad, el problema reside en los todavía vivos: el asalto de esta extraña e inesperada fase de la sociedad mercantilista nos ha cogido absolutamente desprevenidos. 

Morir en Oriente Próximo

El tratamiento del cadáver ha estado determinado por las posibilidades geográficas del hábitat. Las identidades construidas de un grupo frente al otro, siendo un elemento más para diferenciarse (junto con la vestimenta, alimentos prohibidos y permitidos, festejos, etc.), o cuestiones económicas, y en esta compleja región, también hay mil y una forma de pasar a la "otra" y no siempre mejor vida.

1.     Los antiguos habitantes del centro desértico de Irán, rodeado de sierras cubiertas de nieve, depositaban los cadáveres de los suyos en la "Torre del silencio" ubicada en la cresta de las montañas y lejos de los poblados, donde los cuerpos eran eliminados por los buitres. Las torres estaban compuestas por tres círculos, -símbolos del culto a la diosa solar, Mithra-, asignados a los hombres, mujeres y niños. Después de ascender sus almas al cielo, los huesos eran guardados en un ostot.hekai (osario) ubicado en el medio del edificio.

La razón se debía a que el subsuelo guardaba grandes cantidades de agua generada del deshielo de la nieve acumulada, cuyo consumo era organizada por el sistema de qanat ("canal" es la deformación fonética de esta palabra). Esta práctica zoroástrica, que prohibía contaminar la tierra, el agua y el fuego con los restos mortales, fue prohibida por los invasores árabes a Irán en el siglo VII, quienes impusieron su fórmula de enterrar a los muertos, sin tener en cuenta las singularidades medioambientales de las tierras conquistadas.

Miles de fieles de este credo se refugiaron en la India creando la comunidad Parsi, salvando sus vidas y también su forma de vivir, convirtiéndola en dogma de fe: ellos tampoco adaptaron su ritual del fin de la vida al nuevo hábitat, donde la abundancia de los bosques facilita la incineración de los cuerpos inertes. Los Parsis aborrecen la practica hinduista: el fuego es el representante de la diosa solar en la tierra, es dadora de vida y a los muertos hay que dejarles ascender al cielo. La "fiesta del fuego", que tiene lugar días antes del Nourzu, la llegada de la primavera y el año nuevo iraní, y en la que toda la familia debe saltar sobre el fuego, es la herencia de aquel culto, al igual que los son la "cremá" y el "San Juan" en España.

2.     Entre los pueblos de los desiertos planos, el recurso es la propia tierra. Dice Jacob en Génesis 37:35, sobre la muerte de su hijo José: "Descenderé enlutado a mi hijo hasta el scha-'ál", que era un mundo subterráneo desolado donde acabarían tanto los justos como los pecadores, los reyes y los pobres. Aun así, los antiguos israelitas también recurrieron a la incineración: en el Ge Hinnom (Valle de Hinom), cerca de la antigua Jerusalén, incineraban los cadáveres de animales y de las personas desobedientes: fue el "infierno" en la tierra que dio lugar a la imaginaria hoguera organizada por su Dios en la "otra vida" con el fin de castigar a los "antisistema". El Gehena de la Biblia y del Corán existió realmente, sino no hubiera sido imposible inventarlo mentalmente.

Por ello, el judaísmo y el islam consideran que la incineración del cuerpo de sus seres queridos es una ofensa y una humillación, y ni el coronavirus ha podido cambiar esta creencia de sus fieles. Además, se preguntarían que si son incinerados, ¿cómo pueden resucitarse?

El Gobierno británico tuvo que retroceder ante las presiones de ambas comunidades y modificó su proyecto de ley de emergencia que exigía cremaciones obligatorias de los fallecidos por el virus.

Algunos judíos fallecidos en extranjero, que pedían ser enterrados en la Tierra Santa, pueden ser entregados a la tierra provisionalmente, hasta que los vuelos se reanuden.

En Israel, donde el COVID ha transformado hasta la política del país, los judíos no pueden cumplir con shiva, la reunión de luto de siete días ni recitar la oración para los difuntos, el kadish, que requiere la presencia física de diez personas. Tampoco colocar piedras pequeñas sobre las tumbas, tradición de origen desconocida que también se practica en la región persa de Irán, donde se transmite la idea de que el sitio está siendo vigilado por el propio Dios, advirtiendo a los profanadores.

En algunos hospitales israelíes han colocan el cuerpo del fallecido en una cabina de vidrio, para que reciba el último adiós. Luego será enterrados sin el ataúd, pues, en Oriente Próximo no abundan árboles.

3.      Para los fieles del Islam, religión también marcada por los recursos del hábitat donde nació, el paso a la "otra vida" empieza por purificar el cuerpo con el agua. En caso de que no haya acceso a este líquido, se le puede limpiar con la propia tierra; luego se le envuelve en una especie de sábana blanca, un "sudario", posiblemente una influencia del zoroastrismo: Sadré es el nombre avéstico de la camisa blanca, larga y sin costuras con la que bautizan a los iniciados cuando cumplen quince años.

Luego se recibe a decenas, a veces cientos, de parientes y conocidos en el domicilio del difunto o en la mezquita, y se les ofrece comida especial para tal acontecimiento: fruta, dulces y té, cogiendo fuerza para ir hacia el cementerio local y depositar el cuerpo en la tierra antes de un nuevo amanecer del sol: regla que en un entorno de altas temperaturas, y por el temor a la descomposición, tenía sentido, pero que se ha convertido en un dogma del rito funerario islámica, independientemente de la estación del tiempo o la zona geográfica donde viven. 

En las tierras del islam no hace falta contratar a ninguna plañidera: los desgarradores llantos de los familiares ya en el domicilio son suficientemente altos para anunciar la desgracia al público. Ellos no entienden por qué en Occidente la gente contiene su dolor ante una gran pérdida. La despedida puede durar tres días, y el difunto además es recordado en una ceremonia el séptimo día, el cuarenta y al año de su marcha. Un funeral supone un cuantioso gasto para la familia que lo soporta para salvar su "dignidad", concepto muy relacionada con el estatus económico de las personas.

La situación actual, con la muerte solitaria de los pacientes, y el duelo solitario de los parientes, pueden aumentar la tasa del suicidios, advierten los expertos en Irán, país con una descomunal contagio y muerte provocados por el virus. Recomiendan que los canales de televisión transmitan programas de humor y películas divertidas, previniendo una depresión colectiva.

Las declaraciones contradictorias de los líderes religiosos y políticos respecto a la parte "suprimible" de la tradición funeraria ha confundido a los creyentes: el gran ayatolá Yousef Sanei cree que no es necesario seguir las reglas religiosas si existe el peligro de propagar el virus, como es bañar el cuerpo, pero el ayatolá Shabiri Zanjani cree que es un paso ineludible para que el difunto fuese recibido por los ángeles.

En la víspera del Nouruz, el año nuevo iraní, las familias no pudieron cumplir con la milenaria ceremonia de limpiar las tumbas, ponerles flores y velas, y así dar la bienvenida a las almas que han bajado a la Tierra por la ocasión. Algunas familias piden que se retrasen los enterramientos de sus fallecidos hasta conocer los resultados de la prueba para saber si han muerto del coronavirus: si no es así, podrán enterrar al difunto en el cementerio que quieran. Lo mismo sucede en Iraq, donde ha habido casos de falsificación de los certificados de muerte, sobornos, y otras picarescas. El Gobierno, ha tenido que ceder antes las presiones del clérigo y de los parientes, autorizándoles enterrar a sus difuntos en los campos santos de siempre.

"¿Acaso no hemos hecho de la tierra un lugar de acogimiento tanto para vivos como para muertos?", (Corán, 77:25-26), pero, el ritual fúnebre del islam no es el mismo para todos: los mártires, -asesinados en el camino de Dios-, no son lavados, y se irán con la ropa puesta, porque están vivos (Corán 2:154), aunque no significa que puedan encarnarse en otros cuerpos.

Cosa que sí creen los Yarsanés («Compañeros» de Dios), conocidos popularmente como Asrar magú («Herméticos, en persa). Cuentan con un millón de adeptos entre kurdos, azerbaiyanos y árabes, y practican una fe sincrética, suma de credos gnósticos preislámicos como el zoroastrismo, el sufismo y el babismo. En su escatología, el cuerpo es un vehículo para transportar al alma en su viaje hacia la perfección, que empieza por su integración en los objetos inanimados para pasar a las plantas, los animales y terminar en el cuerpo de un ser humano. Un viaje transmigratorio que puede durar 1001 reencarnaciones, equivalente a 50.000 años cósmicos.

Los izadíes (mal llamados "yazidíes"), acusados de adorar al demonio, también creen en la trasmigración de almas: no lloran al "muerto", y cada primer miércoles del mes acuden a los cementerios con sus instrumentos de música y tocan para alegrar el alma de los enterrados. Este pueblo que ha sufrido genocidios, en la celebración de Eyd-e-Mordé "la fiesta del muerto" recuerdan que el fin fisiológico de la persona es el inicio de su trascendencia hacia una nueva fase de un ciclo infinito donde las almas se reencarnan en otros cuerpos.

Algunos estados islámicos están fletando aviones para repatriar el cadáver de los musulmanes (pudientes) muertos por el virus. Los creyentes progresistas de todas las religiones deben aprovechar estos duros momentos para cuestionar creencias arcaicas, y casi siempre supremacistas que separan a los seres humanos: si no pueden ser enterrados pared a pared de la tumba de personas de otros credos o de ninguno, ¿cómo se pretende construir un mundo de paz entre los seres vivos?